En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre. Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le va a dar una piedra?;y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre del cielo dará cosas buenas a los que le piden!» (San Mateo 7, 7-11).
COMENTARIO
Hoy la Iglesia —si no me equivoco— celebra no solo la eucaristía correspondiente a la vigésimo séptima semana, sino que concurren otras dos fiestas: «Témporas de acción de gracias y de petición» y la fiesta de santa María Faustina Kowalska. Aunque partiremos del Evangelio de la fiesta de «Témporas» haré referencia a los otros dos evangelios que están impregnados del mismo espíritu. En primer lugar me gustaría dar un pincelada anecdótica sobre esta fiesta de las Témporas. A los españoles nos encanta importar costumbres de los americanos como Halloween, Papá Noel, Black Friday y últimamente hasta el Baby shower. Algunos, desde su ignorancia, reclaman la celebración del famoso Thanksgiving day. La fiesta de las Témporas es celebrada en la Iglesia —según los Padres más antiguos— probablemente desde antes del siglo V. Se celebraba varias veces al año, en las diferentes estaciones con el motivo de dar gracias a Dios por todo lo recibido y vivido. Como quiera que era una fiesta romana, proveniente por tanto del Papa, los americanos —en su mayoría protestantes— instauraron en los comienzos del siglo XV, la famosa fiesta del Thanksgiving day; pero no es un invento americano, sino la continuación de la fiesta católica de las «Témporas de acción de gracias» en un nuevo formato para desvincularse de «Roma». En fin, después de este «chascarrillo», pasemos a lo importante.
Esta palabra se encuentra dentro del sermón de la montaña. Mateo —que se dirige a judíos convertidos—, que en cierto modo ya han experimentado la gracia y el encuentro con Jesucristo, son catequizados con esta palabra de gracia que no es un mandato nuevo, sino la visión, el pensamiento que tiene Cristo sobre el decálogo entregado a su pueblo a través de Moisés. Los fariseos toman la ley y la trabajan como si fuera plastilina para poder «bandearla» de alguna forma; sin embargo, Jesús la presenta como el poder que Dios ha dado al hombre para alcanzar una forma de vivir sorprendente —totalmente contraria a la del mundo—, pero que le introduce directamente en el «Reino de los cielos» anunciado por el Mesías en su mensaje. A mí esta palabra, —junto a los otros dos evangelios de las otras celebraciones, donde uno nos narra el famoso texto de «Marta y María» (Lc 10,38-42) y el otro (la fiesta de santa Faustina) que relata el famoso «Himno de júbilo» con el que Jesús agradece al Padre la acogida por lo pobres del Reino de los cielos: «Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra… y se las has revelado a los pequeños» (Mt 11,25-30)— me lleva a preguntarme sobre mi relación con Dios. Yo soy muy pesado, pero el problema base —al menos el mío— es saber si Dios está fuera o dentro de mí; si la historia la llevo YO —y, por tanto, la relación con Dios es farisaica, hipócrita, lejos de un corazón sencillo— o busco en ella la voluntad de Dios, dejando que Él me dirija hacia ese Reino de los cielos. El soberbio, el que vive pegado a lo temporal, busca en el mundo la felicidad, pide al mundo respuestas y llama a la puerta de los ídolos mendigando cosas materiales, suerte, éxito, poder, etc. Pero no encuentra, nadie le contesta, nadie le responde. En el evangelio de las hermanas, Jesús dice que María ha elegido la mejor parte. Del mismo modo Jesús llama bienaventurados a los «pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos». María y todos los que ceden a Dios el protagonismo saben dónde buscar, a quién pedir y a qué puerta llamar, ya que van tras una sola cosa: Dios (la perla preciosa, el tesoro en el campo, la felicidad), porque como dice el salmo 34 «Gustad y ved qué bueno es el Señor» porque el justo es testigo de que: «Cuando uno grita, el Señor lo escucha y lo libra de sus angustias».

10 comentarios
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