A Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y la felicitaban. A los ocho días fueron a circuncidar al niño, y lo llamaban Zacarías, como su padre. La madre intervino diciendo: “¡No! Se va a llamar Juan”. Le replicaron: “Ninguno de tus parientes se llama así”. Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre”. Todos se quedaron extrañados. Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios. Los vecinos quedaron sobrecogidos, y corrió la noticia por toda la montaña de Judea. Y todos los que lo oían reflexionaban diciendo: “¿Qué va a ser este niño?”. Porque la mano del Señor estaba con él. El niño iba creciendo y su carácter se afianzaba; vivió en el desierto hasta que se presentó a Israel.” (Lc 1, 57-66.80)
Parió Isabel, y se manifiesta en ella la misericordia de Dios que la libra de la afrenta de la esterilidad, y así lo reconocen sus amigos y parientes que la felicitaban porque, “…el Señor le había hecho una gran misericordia”. El anuncio del Bautista a Zacarías, su padre, en el altar del incienso del templo de Jerusalén, no deja dudas al respecto, “Estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno…Irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías” (Lucas 1, 15 y 17), pero ante la incredulidad del anciano sacerdote sobre el milagroso evento natalicio, el secreto queda guardado con su mudez y sordera del padre hasta el día en que todo aquello sucediera, y la reclusión de la madre durante los cinco primeros meses del embarazo (Lucas 1,24), qué duda cabe, que a la espera de la visita de su prima, María, que debía ser la primera en saberlo después del anuncio de su maternidad gloriosa y de la Encarnación del Hijo de Dios en su seno virginal.
En el largo camino generacional de los ancestros de Jesucristo, su Enviado, de su Madre, la virgen María de Nazaret, y en la madre de su Precursor, Isabel, el Padre Eterno hace un espléndido derroche de su poder y de su misericordia, que a todos nos sobrecoge y nos emociona, pues también Sara, la mujer de Abrahán, y Raquel, la esposa de Jacob, eran estériles y fueron bendecidas con la fecundidad. Y en todas ellas se manifiesta la alegría de su maternidad, del triunfo de la feminidad afrentada, así en Sara: “Dios me hizo reír; todo el que lo oiga, reirá conmigo” (Génesis 21, 6); y el comentario de Raquel cuando concibió a José: “Dios, ha quitado mi afrenta”; (Génesis 30, 23); Y lo que dijo Isabel: “Esto es lo que ha hecho para mí el Señor, cuando se ha fijado en mí para quitar mi oprobio entre la gente” (Lucas 1, 25); y María en el Magnificat: “Proclama mi alma la grandeza del Señor…”.
Y es María la que pone el broche de oro a todo este proceso en el que se cumplen los planes de Dios para la salvación de los hombres, es ella la que da el sí definitivo cuando responde al Ángel: “Hágase en mí según tu palabra”.

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