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Ramon Domínguez

La noche está cayendo

By BuenaNueva19 de junio de 20155 comentarios14 Mins de lectura
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Desde el inicio de los días de los hombres hay entablada una guerra no declarada, pero no por ello menos despiadada, entre el Dragón y la Mujeri. Una lucha que se prolongará sin pausa hasta el fin de la historia. El primer asalto lo ganó el Dragón al sembrar la duda en el corazón del hombre e inducirlo a rebelarse contra su Hacedor. Sin embargo, de aquella primera derrota surge inmediatamente una promesa de victoria final, pues ha sido establecida una enemistad perpetua entre la Mujer y el Dragón y entre las descendencias de ambos; una lucha desigual, puesto que mientras el Dragón y su descendencia intentan morder el talón de la Mujer para seguir difundiendo la duda que lleva a la desobediencia, la Mujer acabará aplastándole la cabeza al Dragón. En esta lucha no está sola la Mujer sino que su descendencia, el Cordero de Dios combate a su lado. Tenemos, pues, los tres protagonistas del drama: el Cordero, la Mujer y el Dragón con sus respectivos aliados: la descendencia de la Mujer y las bestias controladas y al servicio de los designios del Dragón.

A lo largo de la historia el Dragón se ha servido de innumerables bestias, utilizadas para sus fines y desechadas cuando ya no sirven a sus propósitos. Las bestias tienen un ciclo vital, pues son realidades humanas. Las últimas nos han tocado de cerca, como han sido el nazismo y el comunismo, que en su tiempo parecía que lo tenían todo a su favor y pocos osaban enfrentarse a ellas; pero cayeron cuando el Señor de la historia lo dispuso. Pues en esta lucha, el Dragón parece tenerlo todo a su favor. Hoy lo estamos viendo de nuevo. La nueva bestia, a la que aún no le podemos dar un nombre determinado –puede ser llamada relativismo, laicismo radical, ideología de género y otras muchas cosas, pues es todo eso a la vez–, tiene el control sobre el poder económico del mundo, domina la política de la mayoría de los gobiernos, se ha instalado en las organizaciones mundiales y está ganando la batalla de la propaganda, hasta el punto que ha logrado prácticamente cambiar el agua, consiguiendo en pocos decenios trastornar la conciencia de las gentes alterando los parámetros de sus pensamientos. Lo que la gente consideraba correcto hace treinta, veinte o menos de diez años atrás, hoy en día el sutil proselitismo de los medios de comunicación, el cine, la televisión, las redes sociales, casi han conseguido deformar el pensamiento de la gente hasta llegar a la máxima perversión de considerar el mal como bien y el bien como mal.

Como recientemente publicaba Mario Arroyo en Buenanueva, es muy inquietante la deriva cada vez más radical e intolerante que va tomando secularismo contemporáneo. Muchas personas revestidas de poder intentan desde sus puestos eliminar todo vestigio de cristianismo en la sociedad, y las jóvenes generaciones están asumiendo acrítica y espontáneamente, el nuevo modelo del mundo en el que la religión ya no tiene cabida, y los que todavía la sostienen, la viven, muchas veces, reservada y vergonzosamente. Todos aquellos que buscan lucrarse con la nueva ideología, como las farmacéuticas que obtienen enormes beneficios con la comercialización de las píldoras contraceptivas o abortivas, las multinacionales que difunden los preservativos, las clínicas abortistas que se lucran con su macabro negocio, los lobbys homosexuales y todos los interesados en imponer la ideología de turno, se confabulan para atacar a la Iglesia presentándola como impositiva, enemiga de la libertad y reaccionaria. Cuando la Iglesia expone sus argumentos, se esfuerzan por difundir la falsa idea de que se trata de cuestiones particulares internas que en nada conciernen a los no creyentes. No se analizan los argumentos, simplemente se les desprestigia sin más, ya que la ideología que defienden no se sostiene en absoluto, por lo que utilizan la táctica de desprestigiar al adversario. Así ha sido siempre en todas las ideologías habidas y así es en la actual.

Hoy día se está imponiendo en el mundo una nueva ideología; es decir, un pensamiento único basado en una sola idea que se toma como un absoluto sin discusión posible, ya que, por sí misma, la idea es absurda. Pongamos como ejemplo el nazismo y su idea de la supremacía de la raza aria. No es posible el diálogo puesto que la premisa no se somete a discusión; la idea no se discute, se impone por la fuerza, y no puede ser de otro modo ya que carece de la fuerza de la razón. El resultado de esta y de todas las ideologías ya lo sabemos: muerte y destrucción y abolición de la dignidad del ser humano. Exactamente igual sucede con la ideología que hoy se nos quiere imponer; cuando la idea se encuentra en contradicción con el modo de pensar de las gentes, no se cambia la idea, se procura modificar el pensamiento de la gente; cuando choca contra las leyes establecidas, no se muda la idea, se reforman las leyes para adaptarlas a la idea; cuando se estrella contra la misma naturaleza del hombre, se altera la naturaleza para que permanezca la idea, pero la idea permanece inmutable, sin moverse ni un ápice porque esto supondría asumir su falsedad. Esta es la fuerza de la ideología, basada en la mentira, de lo que no hay que extrañarse ya que su padre es el señor de la Mentira, el mentiroso desde siempre.

El objeto de la ideología es el de imponerse en el mundo e instaurar una nueva sociedad según sus criterios. Se trata de un intento tan antiguo como la humanidad del que se hace eco la Escritura con el relato de la Torre de Babel. Allí los hombres realizaron tres acciones acordes con lo que habían asumido: abandonaron el oriente, se establecieron en Senaar y edificaron una torre para alcanzar el cielo. Aquí se describe soberbiamente todo intento del hombre de suplantar a Dios para crear un “paraíso en la tierra”. Abandonaron a Dios adorando las obras de sus manos; pero si Dios no está ya más, no queda sino esta tierra y es en ella en donde se asienta, pero lo que se aposenta acaba por podrirse y, por otra parte, el hombre no ha sido hecho para la tierra sino que lleva consigo una llamada a la eternidad, y por la nostalgia de lo eterno quiere labrarse la felicidad por sus propios medios, intentando construir una torre que llegue al cielo. Vano intento porque la felicidad no es producto que se pueda elaborar sino don gratuito de lo alto; por eso la torre se queda a medio construir ya que no es posible la comunión cuando Dios está ausente y cada cual habla su propio lenguaje, por lo que no hay más remedio que dispersarse cada cual por su lado. A esto conducen los intentos humanos si Dios es dejado al margen; ya conocemos el resultado de los que han intentado “construir un paraíso en la tierra”, y el nuevo intento sigue por el mismo camino.

Toda ideología unilateral acaba inevitablemente en la dictadura porque al carecer de legitimidad racional y de autoridad moral, para imponerse ha de recurrir a la violencia y ha de procurar copar todas las instancias posibles para controlar las conciencias. Hemos hablado ya de la propaganda, que se encuentra en sus manos; pero ha de copar también la educación en todos los niveles, desde la infancia hasta la edad adulta. Conocemos la intromisión de los estados en el campo educativo arrebatando el legítimo derecho que tienen los padres en la educación de los hijos. Los ejemplos se podrían multiplicar, pero se refleja en los programas educativos de los que están desapareciendo paulatinamente los contenidos de carácter humanista, para centrarse en los meramente técnicos, pues a la ideología no le interesan personas formadas sino técnicos sumisos a sus dictados. Pero no sólo eso, sino que descaradamente se introducen en todos los niveles, contenidos claramente ideológicos, de los que no se permite ni a padres ni a alumnos de discrepar. El objetivo es muy claro: instaurar en pocos años una nueva sociedad arrumbando la revelación judeocristiana que ha forjado hasta el presente al mundo occidental.

Hablamos de la educación, pero la intromisión ideológica se produce en todos los ámbitos, tanto en la vida social como en la privada. Se procura acabar con todo aquello que pudiera estar en oposición con la ideología, y puesto que la familia sigue siendo la institución más querida y valorada, en la que todavía están presentes los valores de la gratuidad, la acogida al débil y el amor, entre otros, valores que contradicen los de la ideología, se procura por todos los medios acabar con ella. No es de extrañar, por tanto, todas las medidas que se han tomado contra la familia, como la revolución sexual, el divorcio exprés, el fomento de la relación de pareja ocasional, el mal llamado “matrimonio homosexual”, etc. El intento es acabar con ella para instaurar una nueva realidad, en la que el hombre, unos pocos: los líderes, los expertos y los que saben de estas cosas, dominen sobre las masas incautas que se pliegan por que se han dejado engañar o por miedo ante el poder de la nueva bestia. Siempre ha sido así, no hay nada nuevo bajo el sol.

Estamos entrando en una férrea dictadura, sólo que solapada de democracia, libertad y progreso; lo que la convierte en especialmente peligrosa. En ella lo primero que desaparece es la verdad, todo se camufla y disimula. Cambia el lenguaje que se torna expresamente ambiguo y confuso, se alteran las definiciones de las cosas para dejarla nebulosas e indefinidas. Todo marca del Maligno que siempre es turbio y confuso, contrariamente al lenguaje evangélico, pues como dice el mismo Señor: “que vuestro lenguaje sea ‘sí, sí; no, no’, que lo que pasa de aquí viene del Maligno”. Se constriñen las libertadas, comenzando por la libertad de expresión, pues mientras se proclama a voz en grito para aquello que favorece al sistema, se coarta a quienes piensan contra el sistema, de forma que empieza a estar prohibido o resulta de dudoso gusto, el hablar de cuestiones que afectan a la defensa de la vida humana, de los ataques que sufre el valor y la dignidad de la persona. Y no digamos del lobby homosexual que amenaza con las fobias a los que disienten de sus planteamientos mientras que ellos se arrogan el derecho de decir lo que les venga en gana. Se nos está arrebatando la libertad. No se permite discutir racionalmente sobre determinadas cuestiones como el aborto o la homosexualidad; no se discute, porque no resistiría una discusión honrada, se acude a la simple descalificación del oponente, imponiendo la intolerancia en nombre de la tolerancia.

La noche está cayendo sobre el mundo, se impone la barbarie. Como decía el cardenal Parolín comentando el reciente referéndum de Irlanda sobre el matrimonio homosexual: “se trata de una derrota de la humanidad”. Le esperan al hombre de comienzos de este nuevo milenio momentos de grandes sufrimientos y va a haber mucho dolor hasta que, en el momento determinado por el Señor de la historia, caiga la bestia aplastada por el peso de su propia maldad. Sólo entonces, cuando se haya tocado fondo, podrá ser salvado el resto que quede, no será la primera vez, ya ha pasado otras muchas veces. No entendemos el lenguaje de la historia y estamos condenados a repetirlo constantemente.

En el final del evangelio de S. Mateo Jesús proclama que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Y yo me pregunto, ¿dónde se manifiesta este poder? Porque lo que vemos en apariencia es todo lo contrario. El príncipe de este mundo ocupa casi todo el espacio. Por lo que escrutando el sentido de este poder de Cristo nos encontramos con diversos pasajes de la Escritura que lo definen. Me centraré en sólo tres. La gente, oyendo hablar a Jesús comenta: “éste habla con autoridad y no como nuestros escribas”. Jesús tiene autoridad, que no coincide exactamente con el poder, porque la autoridad se impone por la convicción de la persona que la posee y la gente la reconoce por lo que se adhiere abierta y libremente a dicha persona y, en ese sentido tiene poder; el poder, en cambio, se puede forzar e imponer por la fuerza y el temor por lo que crea súbditos temerosos y siervos rastreros. Este no es el poder de Cristo sino el del anticristo. En otro lugar, Jesús demuestra su poder de perdonar pecados curando a un paralítico, y aquí encontramos otro rasgo del poder de Cristo: el perdón de los pecados. Su poder no es opresor ni reivindicativo sino misericordioso, puesto que no castiga ni fuerza, sino que mira la debilidad del hombre y usa con él de misericordia. Nada que ver con el poder del príncipe de este mundo que se manifiesta en el dominio opresor de los tiranos. Un tercer rasgo lo encontramos en el discurso del buen pastor, en el que Jesús afirma de sí mismo: “yo doy mi vida por mis ovejas porque tengo poder para darla y poder para recuperarla de nuevo”. El poder de Cristo está en su entrega total a los demás, es un poder de servicio no de dominación, tal como ya lo había indicado pues “yo no he venido a ser servido sino a servir”. Cristo tiene el poder de dar la vida, es el máximo poder puesto que procede del amor, pues el amor es el dador de vida y la energía de la que todo procede. El poder de este mundo no puede en absoluta dar vida, sino que la quita. No es un poder de progreso, de libertad, de vida; sino de barbarie, de opresión y de muerte.

El poder de este mundo parece ocupar todo el espacio, pero aunque parezca que el enemigo lo llena todo, conviene esperar porque la mentira puede imponerse por un tiempo pero, tarde o temprano acaba siendo vencida por la verdad, ya que la oscuridad no dura para siempre, y la verdad se manifiesta con el tiempo y el tiempo es sólo de Dios.

Es verdad que estamos entrando en las sombras, es cierto que se avecinan tiempos duros para la humanidad, es inequívoco que hemos de pasar por la frustración y el dolor, pero no hemos de temer, porque la verdad, como la de Cristo acaba venciendo a la muerte. El creyente tiene la misma misión de Cristo, ha de pasar por la misma pasión de Cristo y va a gozar de la misma gloria de Cristo. El libro del Apocalipsis nos detalla la teología de la historia. En ella hay luchas, dolor y sufrimiento, pero la última palabra es del Señor de la historia que todo lo conduce hacia la plenitud de la Jerusalén celeste. En este sentido tiene validez la profecía del difunto Francis George, el que fuera arzobispo de Chicago: “Yo espero morir en cama, pero mi sucesor morirá en prisión y su sucesor morirá mártir en una plaza pública. Su sucesor recogerá los restos de una sociedad en ruinas y lentamente ayudará a reconstruir la civilización, como ha hecho la Iglesia tantas veces a lo largo de la historia”. Es, tal vez, el futuro inmediato que nos espera, pero aunque haya luchas en el mundo, el vencedor del mundo está con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Tal como lo identifica el Apocalipsis, el Dragón se refiere a la Serpiente antigua, el Acusador, el Diablo; mientras que la Mujer es signo de la criatura humana cuya cabeza es el primer Adán. Al hablar de la Mujer nos referimos por tanto a la humanidad en general y a la humanidad que intenta permanecer fiel a su Creador en particular.

Ramón Domínguez.   

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