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BuenaNueva 50

La Viña del Señor

By BuenaNueva22 de diciembre de 2014Actualizado:23 de diciembre de 2014No hay comentarios8 Mins de lectura
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La historia del hombre, desde el momento en que —engañado— se apartó de la voluntad de Dios, ha estado marcada por el constante empeño de Dios en reconducir al ser humano a su verdadera vocación: la comunión de amor entre Dios y su criatura. Pero en esta historia de salvación, Dios no ha actuado por separado ni independientemente del hombre, porque ya se sabe que la comunión de amor es cosa de dos y supone la libre iniciativa de uno y la libre acogida de parte del otro.

Por eso el Señor se escogió un pueblo que estuviera dispuesto a entrar en su compañía y cooperara con Él en su obra de salvación. Primero lo fue enamorando haciéndose presente en la historia de sus antepasados, los patriarcas hebreos; luego los preservó de la aniquilación rescatándolos de la esclavitud en la que estaban sometidos en el país de la muerte y, después de mostrarles su poder y su misericordia, cuando les abrió el mar y les alimentó en el desierto sin tener en cuenta sus murmuraciones, los condujo a la montaña del Sinaí y allí estableció una alianza de amor entre Él y el nuevo pueblo que se había forjado: una verdadera alianza matrimonial, un pacto conyugal por el que “yo seré tu Dios —YHWH— y tú serás mi pueblo Israel”.

De este modo, Israel, que no era más que un puñado de esclavos sin futuro, condenados al exterminio por el asesinato de sus hijos recién nacidos, fue establecido por Dios como el pueblo de la Alianza: un pueblo de sacerdotes, de profetas y de reyes consagrados al Señor para extender por el mundo la luz admirable de la Torá. Dios se escogió una esposa que compartiera con Él su pasión por el mundo y le ayudara en su obra de salvación. Es esta Alianza conyugal lo que da razón de ser a este pueblo, pues sin ella no es nada.

el pueblo de la Alianza

Israel es plenamente consciente, como constantemente se lo estarán recordando los profetas y su propia historia, de que su supervivencia como pueblo depende de su fidelidad a esta Alianza. Pero Israel no se mantuvo fiel a su único esposo, sino que marchó buscando y sirviendo a los baales —los dioses de los pueblos paganos— de los que esperaba inútilmente el sustento y la vida.

A pesar de ello, el Señor se mantuvo fiel, pues como dirá más tarde San Pablo: “Si le negamos, también él nos negará; si somos infieles, él permanece fiel, pues no puede negarse a sí mismo” (2Tm 2,12b-13). Dios es amor y no puede dejar de amar, pero el amor implica también la corrección de las desviaciones del amor, y, por otro lado, el adulterio produce mal y dolor, sobre todo cuando uno muerde la mano que le alimenta y desprecia al que ciertamente le ama, abandonando a Aquel que es para ir detrás de lo que no es.

La situación que experimenta el Israel infiel la describe bellamente el profeta Isaías en su canción por la viña: “Voy a cantar a mi amigo la canción de su amor por su viña. Una viña tenía mi amigo en un fértil otero. La cavó y despedregó, y la plantó de cepa exquisita. Edificó una torre en medio de ella, y además excavó en ella un lagar. Y esperó que diese uvas, pero dio agraces… ¿Qué más se puede hacer ya a mi viña, que no se lo haya hecho yo? Ahora, pues, voy a haceros saber, lo que hago yo a mi viña: quitar su seto, y será quemada; desportillar su cerca, y será pisoteada. Haré de ella un erial que ni se pode ni se escarde, crecerá la zarza y el espino, y a las nubes prohibiré llover sobre ella” (Is 5,1-6).

Esta palabra fue cumplida porque, a pesar de los reiterados reclamos de los profetas, el pueblo elegido hizo oídos sordos y se empecinó en seguir por la senda de la idolatría. Pero la naturaleza de este pueblo es ser el pueblo de la Alianza. Esto es lo que le constituye en su “ser”; si reniega de ella se destruye a sí mismo, deja de ser pueblo y retorna al lugar del que procede: la esclavitud. La historia deuteronomista explica de este modo el aparente absurdo de un pueblo escogido y establecido por Dios, que se desvanece en la nada porque ha desestimado su vocación. El libro del Deuteronomio lo explica de este modo: por haber descuidado poner en práctica las palabras de la ley volverá a Egipto. “Y allí os ofreceréis en venta a vuestros enemigos como esclavos y esclavas, pero no habrá ni comprador” (cf Dt 28,58-68). Este pueblo ya no sirve para nada, ni siquiera como esclavo. Palabra que nos recuerda aquellas otras del Evangelio: “Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué se la salará?” (Mt 5,13).

linaje escogido, sacerdocio real, nación santa

La imagen de la viña la retoma el evangelista San Juan señalando que es el Padre celestial el viñador encargado de cultivarla. También San Pedro nos recuerda en su primera carta la elección de la Iglesia como esposa de Cristo, pues al igual que Israel: “Vosotros sois linaje elegido, sacerdocio real, nación santa, pueblo adquirido, para anunciar las alabanzas de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a su luz admirable, vosotros que en un tiempo no erais pueblo y que ahora sois Pueblo de Dios, de los que antes no tuvo compasión , pero ahora son compadecidos” (1 Pe 2,9-10).

Cristo se ha buscado una esposa salida de su costado, para que le ayude en su misión de restablecer la comunión de Dios con el hombre, como había hecho antaño con el pueblo de Israel. Pero, ¿qué pasa cuando el nuevo pueblo de Dios, dejando de lado el contrato matrimonial, se vuelve hacia otros amantes? ¿Qué ocurre cuando abandonando la Verdad se deja llevar por ideologías aparentes y vacías que, incapaces de dar vida, son sembradoras de muerte?

No podemos perder la radicalidad y conformarnos con una luz mortecina y una sal insípida que de nada sirve al mundo. Al cristiano hay que pedirle, y hoy más que nunca, actos heroicos, a no ser que nos resignemos a amortiguar la luz y dejemos que la sal se deteriore para quedarnos en un mundo en penumbra, insípido y corrompido. La advertencia es clara: “se os quitará el Reino de Dios para dárselo a un pueblo que rinda sus frutos” (Mt 22,43).

Tenemos ejemplos recientes, en el triste espectáculo que está ofreciendo la Iglesia Anglicana, una iglesia en disolución e irrelevante, porque si predica lo que dice el mundo, ¿para qué sirve? En otro orden de cosas, tenemos también el fruto no previsto de lallamada “teología de la liberación” que, a pesar de su enorme buena voluntad, no ha sabido dar al hombre lo que verdaderamente necesita, encerrándolo en un mundo de inmanencia. Como resultado, millones de personas han sido arrojadas a los brazos de las sectas que dan solo apariencia, pero que han sabido tocar la fibra de la trascendencia para la que el ser humano ha sido “programado”.

el bien vencerá

¿Y qué pasa en el mundo occidental; antaño foco de civilización y democracia por sus raíces judeocristianas? La Palabra de Dios es perenne y siempre actual; lo acaecido a Israel no es cosa del pasado, puede volver a suceder en algunos sectores de la Iglesia, a nivel personal o de grupos y de carismas, que no permanecen fieles a su vocación original.

¿Qué puede pasar en el mundo“cristiano occidental” cuando reniega de sus principios cristianos, rechaza a Dios y se pone a servir al nuevo y antiguo baal del dinero? La razón de ser del pueblo cristiano es la de iluminar y salar el mundo. Si deja de cumplir dicha misión de nada sirve, sino para ser arrojado al camino y ser pisoteado por la gente.

Esto está sucediendo en el antiguo pueblo “cristiano” de occidente, que asombró al mundo con el esplendor de la luz de Cristo; ahora que abandona la luz de la verdad para gobernarse por el desconcierto de la opinión, reniega de su misión y se destruye a sí mismo. Se preparan días de mucho dolor en España, Europa y el mundo entero, porque el hombre ha abandonado la Sabiduría y se ha ido tras sus locas apetencias siguiendo sus caprichos.

¿Hará falta un nuevo “destierro” que purifique al pueblo de Dios de sus idolatrías, abandone a sus amantes y le haga retornar a su verdadero esposo? Es posible, y el instrumento esté, tal vez, preparándose en el mundo islámico. Pero no hemos de olvidar que la primera y la última palabra es de salvación, y que todo contribuye para bien de aquellos a los que el Señor ama.

Ramón Domínguez
Director de la extensión dominicana del Pontificio Instituto de Juan PabloII
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