El arzobispo Rino Fisichella, Presidente del Consejo Pontificio para la Nueva Evangelización, creado también por el Papa Benedicto XVI, encargado de la organización de este año, hace un balance positivo en la clausura, que tuvo lugar el pasado domingo. Inaugurado el 11 de octubre de 2012, en pleno Sínodo de los Obispos del mundo sobre la nueva evangelización, en el Vaticano, según el arzobispo italiano este año será recordado por un evento sin precedentes, que lo dice todo: la adoración del sacramento de la Eucaristía, que presidió el Papa Francisco en el Vaticano el 2 de junio, a la que se unieron católicos de todos los países del mundo.
«El Papa ha dicho en varias ocasiones que la evangelización se hace de rodillas -explica monseñor Fisichella-. Creo que la adoración es el momento en el que redescubrimos la fe. Ese momento que vivimos en el Año de la fe quedará grabado en la memoria como el momento en el que Jesús fue verdaderamente el corazón del mundo, utilizando una expresión del título de un libro de Hans Urs von Balthasar. En todas las latitudes, desde el norte hasta el sur, de Oriente a Occidente, en las islas, en los pueblos más perdidos y en las grandes ciudades, ya fuera noche profunda o día radiante, durante una hora estuvimos todos juntos alrededor de Jesús».
«Ha sido un acontecimiento que ha interpelado las conciencias. Pero ahora no hay que dormirse en los laureles. Tenemos que lograr que los frutos espirituales de este año continúen en el tiempo, y sean un trampolín para la nueva evangelización. El Año de la fe sólo ha sido un momento en este proceso. El entusiasmo nacido de esta iniciativa ahora debe ser cultivado y madurado en las diferentes comunidades para suscitar ese espíritu que necesitamos en el camino de nueva evangelización».
Pero monseñor Fisichella reconoce que la participación de dos Papas en este año se convertirá en el recuerdo indeleble que deja: «Benedicto XVI había intuido la necesidad, en este momento, de llevar a la Iglesia por un camino de renovado entusiasmo para celebrar y vivir la fe. El Papa Francisco, con su ejemplo y testimonio personal, nos indica el camino sobre el que tenemos que avanzar: el que lleva a la cultura del encuentro para salir de nosotros mismos y encontrar a los demás. La fe nos hace responsables de los demás. Este Papa nos dice que la fe es luz para la vida de las personas. Y nos enseña que la conciencia de Dios, como centro de nuestra vida, y el redescubrimiento del Evangelio como guía de nuestra existencia, son llamamientos fuertes que tienen que orientar el camino de la nueva evangelización».
Salvatore Martinez, Presidente en Italia de la Renovación en el Espíritu, realidad surgida de la Renovación Carismática Católica, sintetiza las palabras de monseñor Fisichella con esta imagen: Benedicto XVI ha sido una roca de verdad; Francisco, una caricia de misericordia.
Según Martínez, el Año de la fe «ha superado la imaginación». Y añade: «Es un año que nace de una realidad evidente: la fe se ha debilitado, a veces resulta aguada, por tanto, hace falta robustecer la fe, dar inteligencia a la fe, comprender a través de la fe cómo el hombre puede hoy encontrar en el Evangelio, en la Iglesia, una forma de redención, de humanización».
Benedicto XVI experimentó esta necesidad, inauguró el Año de la fe, pero, «de repente, el paso de Benedicto XVI se detuvo, se detuvo para que el de la Iglesia fuera todavía más rápido, más firme», añade. «Esta imagen dramática muestra la grandeza de ese Papa. El Papa Francisco es signo de esta gran entrega al mundo, un Evangelio nuevo, una Iglesia cada vez más cercana, que los hombres y mujeres comprenden sorprendentemente, pues se dio un gran acto de amor, de sacrificio en esa renuncia, que en realidad ha sido un acto de entrega».
Monseñor José Mitsuaki Takami confirma que eso que se ha vivido en Roma, también lo ha experimentado Japón. Este empuje misionero se puede ver en el efecto Francisco.
«Creo que también aquí, en Japón, se ha dado el efecto Francisco -reconoce al hablar del Año de la fe-: muchos cristianos han quedado tocados por sus palabras y actitud. Nos ha estimulado mucho en nuestra fe: se habla mucho de él, la gente lo ama». El Año de la fe, reconoce, ha unido como nunca Japón con Roma.

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