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Jorge Santana

El misterio oculto del tapiz

By Jorge Santana17 de septiembre de 2013No hay comentarios4 Mins de lectura
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Levantan y enrollan mi vida como una tienda de pastores. Como un tejedor, devanaba yo mi vida, y me cortan la trama». Día y noche me estás acabando, sollozo hasta el amanecer. Me quiebras los huesos como un león, día y noche me estás acabando. (Is 38,12s)

Pasa la historia como pluma flotando sobre las espuelas, y también a veces la sangre mana entre la esquirla hendida en la carne viva, como el aguijón emponzoñado del curare de la envidia o de la lujuria o tal vez de la codicia… ¡Qué más da! El que atenta contra ella da la vuelta al tapiz y se divisa la trama burda y grosera, oscura e indefinida donde no se puede descansar. La verdadera historia es en la que se puede descansar, mirar atrás y ver el océano transparente como soporta la tormenta rugiendo sobre la esperanza; o ver la claridad de la noche cerrada o la lluvia torrencial en el páramo yermo, infértil…, y así llega el rumor de la brisa en la barbarie, el pábilo tierno elevándose sublime desde la incomprensión y la duda.

La historia es el nudo complejo y enredado que da miedo desenlazar, una maraña de cabos entrelazados y confusos que agota la mirada; hunde la hebra en el ulterior espacio donde da grima acceder. ¡No movedlo, no miradlo, no entendedlo! Casi mejor seguir caminando sin rumbo definido, con el hálito de claridad de la ínfima mecha que nos alumbra solo dos pasos, o como mucho tres. Esa es la confusión de la trama, el misterio oculto del tapiz, el enigma sin desentrañar de un estampado que nos desvela la incertidumbre, el miedo y la turbación. Porque tal vez nuestra incidencia negativa en el transcurso de la enredada historia sea definitivamente decisiva, trascendental, y por eso nos da miedo tirar del cabo, destapar la lata, abrir la ventana… ¡Está tan liada! ¡Cómo desanudar la maraña! Un enorme ovillo de bramante, una soga sin devanar, confusa y lacerante.

Se tira del cabo de los sentidos pero el embrollo se aprieta más, se tensa el de los afectos, luego el del bienestar, el de la fortuna, el del prestigio y el éxito, el del poder y la opulencia, por si acaso el del humanismo y la filosofía…, pero al tirar de cualquiera de ellos se constriñe aún más el enredo. La historia se va urdiendo sobre un mar de dudas y conflictos que van debilitando la paz; apoyando el dolor sobre la herida, la esquirla abriendo la llaga y nublando el rayo de luz que día a día amanece de lo alto para alumbrar las sienes perturbadas por el delito e iluminar los túneles oscuros de las fantasías que se refugian en los enjambres abismales de la mente. Y se busca otra salida sobre el cieno y la mugre, a pesar de que hiede y nos enfanga como salidos de una porqueriza de bajos instintos; otro cabo suelto que, al estirarlo, limpie, clarifique y desanude la compleja urdimbre de la historia que se nos viene encima y nos aplasta.

Hasta que damos con el buen cabo, uno que lleva escrito la humildad entre sus greñas, sus crines son vulgares, de un blanco pálido y sucio, su trama deshilachada y su hilo roto cuelga torcido de la madeja enmarañada. ¿Seremos capaces de tirar de él? ¿Será esa maroma tosca la que desanude la historia y aparezca una vía recta, un itinerario diáfano y luminoso?

Sí, esa cuerda es Cristo aplastado contra el madero; sangrando por sus llagas y limpiando con esas gotas un suelo sucio y enlodado. Agarramos fuertemente esos ensangrentados pies y nos asimos a ellos como si fuera la última oportunidad de abrir el cielo, la historia, la trama…, y es entonces cuando aparece el anverso del tapiz de la historia, un diseño inteligente, un dibujo perfecto, una belleza oculta se revela ahora en todo su esplendor, una verdad apartada por el misterio aparece limpia y nítida porque el humo de Satanás había polucionado y oscurecido el resplandeciente paisaje y lo había convertido en una noche negra de invierno en la tundra, donde daba miedo entrar.

Ahora sí, ahora se puede descansar, ahora se puede recostar sobre ese tapiz, con la mirada sujeta en el cielo.

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