“En aquel tiempo, al entrar Jesús en Cafarnaún, un centurión se le acercó rogándole: “Señor, tengo en casa un criado que está en cama paralítico, y sufre mucho”. Jesús le contestó: “Voy a curarlo” (San Mateo 8, 5-11).
COMENTARIO
Hemos comenzado el tiempo litúrgico de Adviento. Unas semanas en las que la Iglesia quiere prepararnos para la venida de Dios a la tierra; para el nacimiento como hombre de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, Jesucristo, Dios y hombre verdadero.
El centurión nos enseña a acercarnos a Jesús y hablarle con toda claridad y con toda confianza. Manifiesta al Señor la enfermedad de su criado, pero no le pide que vaya a su casa a sanarlo y, a la vez, tiene la esperanza de que lo sanará. El Señor, sin embargo, se adelanta a su deseo y le tranquiliza: “Voy a curarlo”.
El centurión se sorprende de la inmediata respuesta del Señor, reconoce que no merece que Jesús vaya a su casa y, con toda humildad le manifiesta su fe, y le dice:
“Señor, no soy digno de entres bajo mi techo. Basta que lo digas de palabra, y mi criado quedará sano”.
El centurión abre su corazón y expresa a Jesús que cree en Él; que está convencido de que puede curar a su criado, y basta que lo diga para que el criado se ponga en pie y vuelva a su vida normal.
Nos estamos preparando para recibir a Jesús en Navidad. El Señor va a llegar pidiéndonos acogerle en nuestro corazón, en nuestra casa. Va a nacer en un pesebre y en las afueras de Belén, en espera de que le ofrezcamos el calor de nuestra alma y de nuestro hogar, la luz de nuestra Fe, el fuego de nuestra Caridad, de nuestro amor.
¿Cómo nos prepararemos para recibir a Cristo con los brazos abiertos y con un beso de bienvenida?
El Señor viene a dar su Vida para redimirnos de nuestros pecados y para que podamos vivir con verdaderos hijos de nuestro Padre Dios. Viene a decirnos que “tanto ama Dios al mundo que lo envía a Él, su Hijo unigénito” (cfr. Jn. 3, 16).
Le prepararemos un rincón acogedor en nuestra alma pidiendo, arrepentidos y con el deseo de no volver a pecar, perdón por nuestros pecados, acercándonos al sacramento de la Confesión, de la Penitencia, para reconciliarnos con Dios, para renovar nuestra esperanza en Él, y para asentar la Fe en Él, Dios y hombre verdadero.
“Al oírlo, Jesús quedó admirado y dijo a los que le seguían: En verdad os digo que en Israel no he encontrado en nadie tanta fe”.
¿Hemos pensado en la alegría que le damos a Jesús cuando le pedimos perdón de nuestros pecados acudiendo al confesor a quien Él le ha dado el poder de perdonarnos? Y, si nos ponen como penitencia rezar un Padrenuestro, pidamos al Señor que nos conceda la gracia de perdonar siempre todas las ofensas que nos puedan hacer, y de rezar por quienes nos ofenden, para que el Señor les de la gracia de que se arrepientan y acudan a pedir perdón al sacramento de la Confesión, de la Penitencia.
Ante la fe del centurión, el Señor abre su corazón y anuncia el milagro de la conversión de personas de todo el mundo, que se unirán a la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica, a lo largo de los siglos.
“Os digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos”.
Que la Virgen María, Reina de la Fe, Madre de la Esperanza nos acompañe siempre en el caminar de nuestra vida. Y nos ayude a renovar nuestra Fe en su hijo Jesucristo, Dios y hombre verdadero, y en las verdades de la Fe y de la Moral que la Iglesia fundada por Jesucristo, y guiada por el Espíritu Santo, ha ido reafirmando a lo largo de los siglos.
