En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que os dé a beber un vaso de agua porque sois de Cristo, en verdad os digo que no se quedará sin recompensa. El que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te induce a pecar, córtatela: más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos a la «gehenna», al fuego que no se apaga.
Y, si tu pie te induce a pecar, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies a la “gehenna”.
Y, si tu ojo te induce a pecar, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos a la “gehenna”, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
Todos serán salados a fuego. Buena es la sal; pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salaréis? Tened sal entre vosotros y vivid en paz unos con otros» (San Marcos 9, 41-50).
COMENTARIO
Cuidado con escandalizar a esos pequeñuelos que creen, porque son de Cristo. Cuando recibas a los que anuncian el evangelio, recíbelos como al mismo Cristo, porque son de Cristo.
Si tu mano o tu pie te son ocasión de pecado, córtatelos porque eres de Cristo. Porque ¿para qué te ha dado Dios las manos y los pies si no es para caminar y llevar a Cristo a los pobres y a los pequeños? Y si tus ojos te son ocasión de pecado, sácatelos, porque Dios te ha dado los ojos para que veas la belleza de sus obras, y no para que ensucies la belleza de su creación y sus criaturas. Porque Dios nos ha creado para el cielo, no para el infierno, y si tus manos, pies y ojos te llevan al fuego eterno, arrójalos fuera de ti. Dios nos ha dado los ojos para tenerlos puestos en Cristo, y las manos y los pies para hacer las obras de Cristo.
¿Qué manos, qué pies, que ojos tenemos que cortar? No los de tu cuerpo, sino los de tu corazón. Porque es en tu corazón donde tiene lugar cada día la gran batalla contra tus enemigos: el mundo, el demonio y la carne. Enemigos que combaten contra ti para que no seas de Cristo.
Y dejas de ser de Cristo cuando dejas de ser sal: la sal que da sentido y sabor a la historia, a la tuya y a la de los que te rodean. Porque si dejas de ser sal, si dejas de salar la historia estarás escandalizando a esos pequeñuelos que Dios ha puesto cerca de ti.
