Al oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando.
Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo: «Soy yo, no temáis».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio adonde iban (San Juan 6, 16-21).
COMENTARIO
Este milagro de Jesús caminando sobre las aguas se relata, además de en este pasaje que comentamos, en el evangelio según san Mateo (Mt 14, 22-33) y en el de san Marcos (Mc 6, 45-52). En los tres evangelios, el milagro se produce inmediatamente después de otro: la multiplicación de los panes y de los peces. Este es uno de los signos mesiánicos. Igual que Yahvéh mandó el maná, el pan del cielo que alimentó a los israelitas durante su peregrinar por el desierto, el Mesías alimenta al pueblo en descampado. Y el pueblo, conocedor de la Escritura, le busca para hacerle rey, pero Él se escabulló para aislarse y orar y mandó a sus discípulos a la otra orilla del mar.
Hay, no obstante, matices diferentes en los tres relatos:
En el pasaje de san Mateo, Pedro le dijo que si era él, le mandara ir caminando sobre las aguas, y lo hizo, pero al verse sobre las aguas tuvo miedo y al hundirse, Jesús lo salvó recriminándole que dudara por su poca fe.
En el pasaje de Marcos, el mar estaba encrespado y Jesús mandó que la tempestad se calmase.
En este de Juan, vieron a Jesús caminando sobre las aguas y se asustaron.
En los tres paralelos aparece claro en este otro signo mesiánico (relacionado con las aguas del mar Rojo, en donde fue bautizado el pueblo de Israel y liberado de la esclavitud del faraón) cuál es la misión del Mesías, de Jesús: caminar sobre las aguas de la muerte y ofrecer al hombre, cuya vida está sometida a los avatares del sufrimiento, de la tempestad, de la turbulencia, ofrecernos su presencia en medio de ellos: “Soy yo, no temáis”.
Y con él de la mano, cerca de nosotros, afrontamos las dificultades de la vida, los sinsabores del sufrimiento, nuestra ansia de eternidad… «Soy yo, no temas. Ven, Pedro, camina por donde no hay ni sendas ni caminos, ni seguridades, pero no te fijes en ti, mírame, confía, ten fe».
Y nos preguntamos tantas veces si su presencia no es un sueño, o un fantasma, o una alucinación… No temas, soy yo, nos vuelve a repetir. Porque su presencia, su cercanía calma todas nuestras ansias y cura nuestro corazón. Y se abren los ojos de los ciegos, y vemos un rastro suyo en medio de las aguas, un camino que nos lleva a la otra orilla, a nuestra patria, que es el cielo.
