En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera” (San Mateo 11, 28-30).
COMENTARIO
Otra vez se nos mira Jesús lleno de misericordia y comprensión hacia nosotros. Él sabe bien de dónde vienen nuestro cansancio y nuestro agobio: son fruto de nuestros pecados, como dice San Agustín. Puede que nosotros pensemos que en ocasiones estamos cansados y agobiados por determinadas circunstancias externas o por la acción de los demás. Pero el verdadero peso que soportamos viene de nuestros pecados y, por tanto, de la falta de humildad, que además impide que nos veamos como realmente somos. Ciertamente reconocerse pecador y aceptar que Jesús nos ha amado en esa circunstancia a veces requiere una sencillez y humildad que no tenemos. Por eso Jesús, que nos conoce profundamente, nos persuade con su invitación a aprender de Él, que es “manso y humilde de corazón”. Y nos muestra el fruto de volverse a Él: el alivio y el descanso del alma. Cuántas veces, tras la Confesión, hecha con genuino arrepentimiento, hemos encontrado ese dulce fruto del que nos habla Jesús. Si hemos transitado ese camino de la humildad, aunque sea de manera imperfecta o fragmentaria, sabemos ya que Jesús nos brinda un yugo llevadero y una carga ligera llenos de su amor y descanso para que nosotros también podamos hacer lo mismo con nuestro prójimo.
