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Home»Artículos-Revistas»BuenaNueva 42»Salmo 40 – El Señor se inclinó y escuchó mi grito
BuenaNueva 42

Salmo 40 – El Señor se inclinó y escuchó mi grito

By BuenaNueva3 de octubre de 2013No hay comentarios8 Mins de lectura
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Yo esperaba con ansia al Señor,
él se inclinó y escuchó mi grito:
me levantó de la fosa fatal,
de la charca fangosa;
afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos;
me puso en la boca un cántico nuevo,
un himno a nuestro Dios.
Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos
y confiaron en el Señor.

Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el señor,
y no acude a los idólatras,
que se extravían con engaños.
Cuántas maravillas has hecho,
Señor, Dios mío,
cuántos planes a favor nuestro;
nadie se te puede comparar.
Intento proclamarlas, decirlas,
pero superan todo número.

Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy
—como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en mis entrañas».

He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea:
no he cerrado los labios, Señor,
tú lo sabes.
No me he guardado en el pecho
tu justicia,
he contado tu felicidad y tu salvación,
no he negado tu misericordia y tu lealtad
ante la gran asamblea.

Tú, Señor, no me cierres tus entrañas;
que tu misericordia y tu lealtad
me guarden siempre,
porque me cercan desgracias sin cuento.
Se me echan encima mis culpas,
y no puedo ver;
son más que los pelos de mi cabeza,
y me falta el valor.

Señor, dígnate librarme;
Señor, date prisa en socorrerme.
Queden confundidos y avergonzados
los que intentan quitarme la vida;
retrocedan y queden aturdidos
los que desean mi daño.

Vuelvan atrás avergonzados
los que se burlan de mí.
Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor».
los que desean tu salvación.

Yo soy pobre y desgraciado,
pero el Señor se cuida de mí;
tú eres mi auxilio y mi liberación,
Dios mío, no tardes.

Un pueblo de diez mil habitantes veía mi entrega altruista, sin regateo de esfuerzos como popular gestor de actividades recreativas durante un lustro. Como simulando un perfil TDAH (trastorno por déficit de atención/hiperactividad), cualquier cosa era buena para no pensar en mi fracaso en los estudios de Arquitectura. Aquel joven, que era yo, estaba solo. Y estaba vacío.

Aquel alumno brillante de bachillerato y de halagüeño futuro se había tornado medio hippy y descarado, ante el desencanto de propios y conocidos. Con veinticinco años había dejado atrás el grupo del miércoles, el Movimiento Junior, la Jace, la Hoac y los libros recomendados por los jóvenes comunistas de El Puerto, que me habían hecho negar a Dios como realidad objetiva. Y el encuentro con Jesucristo a los doce años en el colegio salesiano estaría en el desván, con las cosas olvidadas.

me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa

Yo no esperaba ni en Dios ni en nada; tenía la sensación de ir cayendo por una espiral de activismo rutinario que no resolvía mi insatisfacción. Nunca me pasó por la cabeza pensar que Dios estuviera detrás de todo aquello. Estaba tan ocupado en tantas cosas que me era muy difícil abordar mi mundo interior, escuchar los profundos anhelos de mi corazón. Pariendo iniciativas y propuestas, cuya realización se quedaba casi siempre a medias, me había convencido de que, en la vida, se trataba de aprovechar los buenos ratos y tratar de sobrellevar lo adverso.

—Entonces, Cándido, ¿nos apuntamos al grupo de trabajo de análisis de barrios?

—¿Cómo voy yo a resolverle los problemas a la gente —me contestó—, si mi problema profundo no está resuelto?

Entonces me di cuenta que a mí me pasaba lo mismo: huía de un historial hostil, de una hecatombe existencial. Asqueado por las consecuencias de mis decisiones equivocadas, humillado por el progreso profesional de mis compañeros y sin fuerzas para orientar mi vida hacia alguna dirección, era una hoja blandida por un viento de inmediateces. Mis sufrimientos y angustias eran un grito latente, perenne del que no era consciente. Dios sí sabía lo que me ocurría. Y “Él se inclinó y escuchó mi grito… afianzó mis pies sobre roca, y aseguró mis pasos”.

nadie se te puede comparar

Un día me pidieron pintar unos decorados para una representación teatral de Semana Santa. A aquel santo cura no se le podía negar nada. Acto seguido me invitó a unas charlas a las que me rogó que fuera para que no faltara público. ¿Quiénes eran aquellas dos chicas a las que acompañaban dos chicos y un pureta? Solo aguanté dos de aquellas charlas. Pero el cura volvió a mi casa y me reanimó.

De nuevo a aquel santo hombre no le pude negar nada. Uno de aquellos chicos me preguntó un día, durante la charla: “¿Quién es Dios para ti?”. Yo le contesté en la línea de lo que estaba escuchando: “Un Sujeto que me ama”. Uno de aquellos días escribieron la palabra kerygma en la pizarra y, al final, tuvo que salir el pureta —que resultó ser cura— a dar la charla, porque los demás se sentaban apenas empezaban. Y terminó el ciclo de charlas con una convivencia. Aquello era distinto, nadie me exigía nada.

Me fui del convento donde tenía lugar la convivencia, porque había quedado con una chica, que, al final, no se presentó. Y regresé al convento por la misma tapia por la que había saltado al salir. Era domingo por la tarde, estaban formando una comunidad y eligiendo a un responsable. Las renuncias sucesivas de los elegidos se detuvieron en una chica que se llama María Teresa, porque, si no, me hubiera tocado a mí.

“Muchos, al verlo, quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor”. Ni poner mis ojos frente a la Gioconda, ni el parque Güell, ni deambular a mis anchas por las salas del Rijksmuseum produjeron en mí la sensación de estar siendo reconstruido pieza a pieza por dentro, que experimentaba en aquellas celebraciones de la comunidad, en un barrio, de un pueblo, de una isla, de las Canarias.

A medida que experimentaba mi incapacidad para llevar mi vida, Dios iba dándome aquellas cosas que otrora yo anhelaba.

cuántas maravillas has hecho, Señor, Dios mío

Dios nos ha dado ocho hijos —dos en el cielo— a María Teresa y a mí. ¿Quién mandó a María del Mar para que me animara a reanudar estudios? ¿Cómo se puede estudiar Bellas Artes en una facultad ubicada en una isla mientras trabajas como funcionario en otra isla a media hora de avión? ¿Quién me abrió las aulas para poder pintar por las noches y no perder el trabajo? ¿Quién nos sostenía, a mí en los estudios y a mi mujer con los niños?

Respuesta: La Palabra de Dios, la Eucaristía y la comunidad. ¡Y gratis…!

“Aquí estoy —como está escrito en mi libro— para hacer tu voluntad. Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en mis entrañas”. ¿Cómo puede una esposa soportar a un tipo caprichoso, implacable y mal pensado como yo? Mi suegra no ha cambiado; es la misma mujer a la que no podía dirigirle la palabra en los primeros momentos. ¿Cómo es que ahora nos sentamos juntos a ver fútbol y le doy una palmadita en la espalda cuando va por el pasillo?

¿Quién impulsó a José Roque a arrastrarme a preparar las oposiciones? ¿Cómo fue a caer el “Sistema Cónico”, mi tema favorito, en las pruebas?

—¿Cómo es que no te jubilas ya, compañero?

—Estoy muy contento aquí —contesto— dando clase.

—Hay que ver cómo has perseverado en la comunidad, Pepe.

—No, Cristóbal —le contesté—, ha sido el Señor quien ha perseverado en mí. ¡Es el Señor quien lo ha hecho!

“Me puso en la boca un cántico nuevo, un himno a nuestro Dios”. Yo, salvando las distancias, tengo motivos para cantar también el Magníficat. Porque yo no soy, Él es. Vi a Benedicto XVI en Cuatro Vientos, a Juan Pablo II en Polonia y en el verano de 1977 le di un abrazo a Kiko Argüello en el Meliá Castilla de Madrid. Serían las cuatro de la tarde… y llevaba él una chaqueta negra de pana.

“Yo soy pobre y desgraciado, pero el Señor se cuida de mí”. Yo tenía un plan para cada uno de mis hijos. Parece ser que Dios tiene otro diseño. Yo estoy en este mundo para rezar, como Abrahán por Sodoma. ¡Qué trabajo de poda tengo con los pecados capitales, esas malas hierbas que crecen en el jardín de mi persona!

No pienso arrancar ninguna hoja del block de mi vida.

José Francisco del Rosario

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