En aquel tiempo, Jesús se puso a enseñar otra vez junto al mar. Acudió un gentío tan enorme, que tuvo que subirse a una barca y, ya en el mar, se sentó; y el gentío se quedó en tierra junto al mar.
Les enseñaba muchas cosas con parábolas y les decía instruyéndolos: «Escuchad: salió el sembrador a sembrar; al sembrar, algo cayó al borde del camino, vinieron los pájaros y se lo comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, donde apenas tenía tierra; como la tierra no era profunda, brotó enseguida; pero en cuanto salió el sol, se abrasó y, por falta de raíz, se secó. Otra parte cayó entre abrojos; los abrojos crecieron, la ahogaron y no dio grano. El resto cayó en tierra buena; nació, creció y dio grano; y la cosecha fue del treinta o del sesenta o del ciento por uno».
Y añadió: «El que tenga oídos para oír, que oiga».
Cuando se quedó a solas, los que lo rodeaban y los Doce le preguntaban el sentido de las parábolas.
Él les dijo: «A vosotros se os ha dado el misterio del reino de Dios; en cambio a los de fuera todo se les presenta en parábolas, para que «por más que miren, no vean, por más que oigan, no entiendan, no sea que se conviertan y sean perdonados»».
Y añadió: «¿No entendéis esta parábola? ¿Pues cómo vais a conocer todas las demás? El sembrador siembra la palabra. Hay unos que están al borde del camino donde se siembra la palabra; pero en cuanto la escuchan, viene Satanás y se lleva la palabra sembrada en ellos. Hay otros que reciben la semilla como terreno pedregoso; son los que al escuchar la palabra enseguida la acogen con alegría, pero no tienen raíces, son inconstantes, y cuando viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumben. Hay otros que reciben la semilla entre abrojos; estos son los que escuchan la palabra, pero los afanes de la vida, la seducción de las riquezas y el deseo de todo lo demás los invaden, ahogan la palabra, y se queda estéril. Los otros son los que reciben la semilla en tierra buena; escuchan la palabra, la aceptan y dan una cosecha del treinta o del sesenta o del ciento por uno» (San Lucas 8, 4-15).
COMENTARIO
Jesús habla en parábolas. Los evangelios nos han transmitido cuarenta y tres parábolas de Jesús. Algunas hablan de un rey o de un príncipe (Mateo 18, 23-35; 22, 1-14; Lucas 19, 12-27). Todas las otras hacen referencia a la vida rural. La primera y la más larga es la del sembrador, seguida de una explicación alegórica (Marcos 4, 3-30 y paralelos) ¿Cuál es su objetivo? La escucha de la palabra de Dios, ciertamente, pero también el establecimiento del «Reino» (v. 26-29). Es un indicio: para Jesús, estas historias no son en primer lugar (o no solamente) intermedios o pedagogía, sino el camino hacia el Reino de Dios.[1]
Es decir, se sirve de la cotidianeidad para enseñarnos en qué consiste el Reino de los Cielos.
Salió un sembrador a sembrar. «Para hablar de salvación, se recuerda aquí la experiencia de cada año que se renueva en el mundo agrícola: el momento difícil y fatigoso de la siembra, y la alegría tremenda de la recogida. Una siembra que se acompaña con las lágrimas, porque se tira lo que todavía se podría convertir en pan, exponiéndose a una espera llena de inseguridades: campesino trabaja, prepara el terreno, esparce la semilla, pero, como tan bien ilustra la parábola del sembrador, no sabe dónde caerá esta semilla, si los pájaros se la comerán, si echará raíces, si se convertirá en espiga. Esparcir la semilla es un gesto de confianza y de esperanza; es necesario el trabajo del hombre, pero luego se entra en una espera impotente, sabiendo que muchos factores serán determinantes para el buen resultado de la recogida y que el riesgo de un fracaso está siempre presente. […] En la cosecha todo se transforma, el llanto termina, deja su lugar a gritos de alegría exultante». (Benedicto XVI, Audiencia general del miércoles 12 de octubre de 2011).
La siembra es siempre un proyecto de futuro: el riesgo del fracaso siempre está presente. No hay ninguna seguridad, pero sembramos para cosechar.
La simiente es la misma. Toda ella tiene la potencialidad de multiplicarse. Cada uno de sus granos. Que arraigue o no, no depende de ella, sino de la tierra en donde se deposita.
Lo primero que vemos aquí es la generosidad del sembrador: lleva su simiente por todo el campo. No es pacato. quiere sembrar hasta las lindes. Siembra en los caminos, entre los abrojos, en terreno pedregoso: ¿es que tiene esperanza de cosechar entre tanta aspereza?
Esta parábola incluye, excepcionalmente, su propia explicación, que habitualmente la hemos interpretados como clases de personas:
Todos, explica, escuchan la Palabra, a todos ellos les llega: pero unos que han escuchado, no la han tomado en cuenta y Satanás se la arrebata; otros son inconstantes: no profundiza la Palabra en su corazón y ante las dificultades y la persecución, la pierden; otros la acogen, dice el texto, con alegría, pero el amor al dinero (y todo lo que eso significa) ahoga la palabra y se pierde la simiente sembrada. Y por último quienes reciben la Palabra y la ponen por obra y entonces da fruto, mucho fruto.
¿Puede que no se trate de tipos de personas (unos malos y otros buenos) sino de cada uno de nosotros, que somos, al tiempo, inconstantes, perezosos, apegados a la mundanidad, pendientes de nosotros mismos, obsesionados con tener razón, incapaces de devolver bien por mal y también que podemos recibir una palabra de conversión que nos capacite para dar ese fruto que busca Jesús en los hombres?
Dios, nuestro Padre, ha querido abrirnos el Reino de los Cielos, ha sembrado su palabra y nos la la presenta cuando somos camino, cuando somos terreno pedregoso, o terreno plagado de zarzas y abrojos; y también cuando, sobrecogidos, somos esa tierra que acoge la palabra en nuestro corazón.
Hoy quiera el Señor que de nuevo esta parábola amplíe nuestras lindes de tierra buena, para que podamos dar ese fruto de Vida Eterna.
[1] https://es.la-croix.com/biblia/las-parabolas-agricolas-del-evangelio
