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Evangelio

PRESENTARSE ANTE EL DIOS PRESENTE

By Manuel Requena29 de diciembre de 2023No hay comentarios6 Mins de lectura
Comentario al evangelio de hoy Viernes
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Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos,  según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones , conforme a lo que se dice en la Ley del Señor.

Y he aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: «Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»

Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: «Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción – ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma! – a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones» (San Lucas 2, 22-35).

COMENTARIO

Si el nacimiento de Jesús fue en lo oculto, hoy lo vemos presentado públicamente en el Templo, el mejor y más apropiado lugar para dar a conocer la Luz del Amor, aunque cuando llega con sus padres ningún líder religioso salga a recibirlo oficialmente, no están para pobres. Solo dos humildes ancianos sin títulos, pero con el corazón de par en par, son los escogidos por Dios para reconocer en aquel Niño, acompañado por una pareja pobre de judíos devotos y cumplidores, que había llegado “la consolación y la liberación” de Israel. Y la eterna gente sencilla que da sentido a todo, para enjugar la soledad de José y María.

Simeón vio porque sus ojos no los empañaron ni el cansancio ni el desánimo y, aunque había sabios y doctores orando en el templo, solo ante Simeón y Ana se reveló (apokalupsis) el misterio sagrado, lo escondido a través del Espíritu Santo. No los venció ni la tibieza ni la rutina. Supieron buscar y soñar atentos a los signos.

 Seguramente en su sencillez no cultivaron su fe, no llenaron de bellas y profundas frases sus oraciones, ni sus expresiones serían demasiado cultas. Pero su fe llegó como un rayo a los oídos y el corazón de Dios, que la entendió, la acogió y la premió compartiendo presencia con María y José. A Jesús no lo vamos a encontrar en una religión satisfecha de sí misma, sin dudas ni roce con el dolor de los débiles.

Habría pasado desapercibida la presentación de aquel niño—aparentemente uno más—, sin las manifestaciones de aquellos dos “profetas” que siguieron otra estrella parecida a la de los Magos que los guio a Jesús. No fue casualidad, sino el Espíritu haciendo visible y patente el plan del Padre. Aquella familia se plegó al ritual de tradición judía, no haciendo nada que indicara su desprecio por la ley antigua. Jesús no vino a sustituir la ley, sino a completarla. Desarrolló, aclaró y allanó el camino que ya empezó en el Antiguo Testamento.

Llama la atención la sólida y tierna figura de Simeón. ¿Profeta, mensajero de Dios, iluminado? Pero sí justo, piadoso, paciente y lleno de Espíritu Santo. Uno de los primeros discípulos de Jesús, junto a pastores y Magos.

Vivir en un mundo materialista donde lo rentable y eficaz son los indicios visibles que la humanidad reconoce, hace que no interese el misterio de lo sagrado. Lo que la ciencia no pueda demostrar, se aparta y ni se cuestiona. El progreso ha aniquilado el misterio, haciendo del hombre un ser sumiso y amorfo que sigue pautas vitales en cuya selección él no participa.

¿Es Jesús para mí “Luz” y lo digo? ¿Mis obras contradicen mis palabras? Si vivo en una piedad cómoda, dulzona, rutinaria y mi palabra lejos de abrir puertas es un discurso vacío porque estoy inmerso en la “enfermedad del yo”, incapaz de reconocer a Jesús en el que llega a mí, no seré su espejo. La Presentación fue la fiesta del encuentro, la esperanza y la Luz que al fin da destellos y resplandor a la vida que nos espera. Si somos espejos de su Luz que alumbra a las naciones, el amor de Dios purifica el tiempo y el templo, y nos hace ser ¡hijos de Dios! Si el Hijo único de Dios, fue como cualquier hijo de vecino en su presentación al Templo, ¡cualquier hombre puede ser como Él! Es la esencia del Evangelio.

Hoy no entendemos bien qué valor tiene ser un ‘hombre justo y piadoso’ como Simeón, en esta sociedad utilitaria.  Pero el anciano nos da unas pautas del camino que fundamentan la razón de ser de un hombre: escuchar a Dios, esperar toda la vida la consolación del pueblo, y ser amigos del Espíritu, moviéndose cuando él manda moverse. Así llegaremos como él a ver al Cristo de Dios en los brazos de María y José. Y después ya podemos irnos o quedarnos en Paz.

El canto de alegría de Simeón que suena a despedida, lo cantamos todos los día en Completas del Oficio Divino, y es como un homenaje a la edad madura que espera a Dios en el Espíritu. Simeón, un hombre que no parecía nada en la historia de Israel, encarnaba en soledad y silencio, la esperanza del pueblo, viniendo a ser llave para ver al que era luz de las Naciones. Así le llegó su hora y así se fue en paz.

Hay en el Evangelio de hoy otros muchos personajes piadosos, casi invisibles pero necesarios, como S. José, o algo folclóricos como Ana la de Fanuel. Y arropándolo todo, está el pueblo sencillo, la gente que tiene la razón de su piedad como semilla y fruto. Para ellos fue la venida de Jesús, cuando se manifiesta como admiración ante el fenómeno luminoso del alma que produce la Palabra: “Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de Él”. Solo se admiran los admirables, y no es siempre un gozo porque a veces  esa admiración   “atraviesa el alma”.

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