En aquel tiempo los escribas que habían bajado de Jerusalén decían: “Tiene dentro a Belzebú y expulsa a los demonios con el poder del jefe de los demonios” Él los invitó a acercarse y les hablaba en parábolas. “¿Cómo va a echar Satanás a Satanás? Un reino divido internamente no puede subsistir; una familia dividida no puede subsistir. Si Satanás se rebela contra sí mismo, para hacerse la guerra, no puede subsistir, está perdido. Nadie puede meterse en casa de un hombre forzudo para arramblar con su ajuar, si primero no lo ata; entonces podrá arramblar con la casa. En verdad os digo, todo se le podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”. Se refería a los que decían que tenía dentro un espíritu inmundo (San Marcos 3, 22-30).
COMENTARIO
Estos escribas se creen sabios y en su soberbia creen conocer el bien por sí mismos. Sólo conocen racionalmente las Escrituras, pero no conocen el corazón del Autor de la Escritura; sólo conocen la ley pero no el Amor. Estos escribas tienen lo que un filósofo francés llama la fe de los demonios: también los demonios saben que Dios existe, pero le odian.
Odio es lo que tienen estos escribas a Jesús de Nazaret, al Hijo de Dios encarnado. ¿Y por qué le odian? Porque como decía un personaje de Dostoievski: si Dios no existe todo me está permitido. Si Dios no se encarna, si no entra en mi historia, yo puedo hacer lo que quiera, dice el malvado en su corazón.
Hay un rechazo malvado a que Dios entre en nuestra vida, en la historia, en nuestros planes: ¿por qué no se queda allí arriba en el cielo y nos deja en paz? Que Dios haga lo que yo le pida y basta, dice el corazón del corrupto para el que la religión es un negocio y un comercio.
El odio a la Encarnación es el odio al Espíritu Santo. Si rechazamos la obra del Espíritu Santo, si nos escandaliza la Encarnación, somos fácil presa del Maligno, nuestro enemigo, que está atado y bien atado por Dios, y no puede hacernos mal si no nos acercamos a su terreno cuando nos tienta. Es como ese hombre forzudo al que ha atado Jesucristo, es como un perro rabioso atado con una cadena fuera de nuestro alcance. Pero somos libres.
Más Dios entra en la historia, está esperando a nuestra puerta: mira que estoy a la puerta y llamo y al que me abra cenaré con él. Cristo se ha hecho hombre por amor. Tanto nos ama que ha dado su vida por nosotros para que recibamos gratis el Espíritu Santo que nos hace hijos adoptivos del Padre.
