En aquel tiempo, decía Jesús a uno de los principales fariseos que le había invitado: Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos ni a tus parientes ni a los vecinos ricos: porque corresponderán invitándote y quedarás pagado.
Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; dichoso tú, porque no pueden pagarte; te pagarán cuando resuciten los justos (San Lucas 14, 12-14).
COMENTARIO
«Pobres, lisiados, cojos y ciegos». El Antiguo Testamento presenta estas discapacidades como defectos (Dt 15, 21): «Si tiene alguna tara, si es cojo o ciego o con algún otro defecto grave, no lo sacrificarás a Yahveh tu Dios» (referido a los primogénitos de los animales). Y en 2 Sa 5, 8 leemos lo que dijo David después de haber conquistado Jerusalén: «Y dijo David aquel día: «Todo el que quiera atacar a los jebuseos que suba por el canal…, en cuanto a los ciegos y a los cojos, David los aborrece.» Por eso se dice: «Ni cojo ni ciego entrarán en la Casa.».
El ciego, el cojo, el lisiado, como el leproso, son signos de tara, que lleva consigo el rechazo social y también el religioso. Hay decretada una exclusión hacia ellos.
Cuando Juan el Bautista manda recado a Jesús que le diga si Él es el Mesías “o debemos esperar a otro”, Jesús le responde: «Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y se anuncia a los pobres la Buena Nueva; ¡y dichoso aquel que no halle escándalo en mí!» (Mt 11, 4-6). Es decir, le contesta señalando cuáles son los signos que ha de hacer el Mesías (si no creéis en mí, creed por lo menos en mis obras), profetizados por Isaías: «Decid a los de corazón intranquilo: ¡Animo, no temáis! Mirad que vuestro Dios viene vengador; es la recompensa de Dios, él vendrá y os salvará. Entonces se despegarán los ojos de los ciegos, y las orejas de los sordos se abrirán. Entonces saltará el cojo como ciervo, y la lengua del mudo lanzará gritos de júbilo» (Is 35, 4-6).
Acerquémonos ahora al texto que se nos propone hoy: “Cuando des una cena…”, empieza diciendo Jesús a un fariseo que lo había invitado. No nos dice quién es ni el grado de intimidad que tenía este personaje con Jesús. Quizá le estaba explorando o estaba impresionado por su obra y por su doctrina, pero Jesús come con él. Lo cual significa ya un cierto grado de intimidad. En este contexto, aparece esta invitación, que es un poco contradictoria. No invites a tus parientes ni a tus vecinos ricos, porque te lo devolverán y ya estarás pagado. Invita a quienes no pueden pagarte.
Y aquí se produce un salto: haz lo que hago yo, es lo que hace Jesús con nosotros, que somos pobres (aunque nos creamos que tenemos muchas riquezas), ciegos (incapaces de ver el amor de Dios en tantas situaciones), cojos (incluso paralíticos, encerrados en nosotros mismos y atados a una camilla), mudos (imposibilitados para alabar a Dios, que esa es la misión del cristiano).
Este evangelio es una invitación a dejarnos penetrar por el espíritu de Jesús, para que hagamos sus mismas obras, las obras mesiánicas, que esa es la misión del Cristo total, de la Iglesia: invitar a un banquete mesiánico a todos los hombres, que somos ciegos, cojos, mudos, pobres, incapaces de darnos la vida. Y la invitación es a un banquete mesiánico, a la vida eterna.
