Llamó otra vez a la gente y les dijo: «Oídme todos y entended. Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Quien tenga oídos para oír, que oiga.»
Y cuando, apartándose de la gente, entró en casa, sus discípulos le preguntaban sobre la parábola.
Él les dijo: «¿Conque también vosotros estáis sin inteligencia? ¿No comprendéis que todo lo que de fuera entra en el hombre no puede contaminarle, pues no entra en su corazón, sino en el vientre y va a parar al excusado?» – así declaraba puros todos los alimentos -. Y decía: «Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas: fornicaciones, robos, asesinatos, adulterios, avaricias, maldades, fraude, libertinaje, envidia, injuria, insolencia, insensatez. Todas estas perversidades salen de dentro y contaminan al hombre» (San Marcos 7, 14-23).
COMENTARIO
Jesucristo, la «Palabra de Dios» hecha carne, es la verdad y, como tal, no pone paños calientes frente a una religiosidad centrada en lo externo, en las apariencias y en el cumplimiento. En su discurso a sus discípulos deja claro que el mal no es algo externo al hombre, no es una cuestión de circunstancias externas, sino que brota del interior del hombre.
Esto rompe absolutamente con el buenismo moderno imperante, dejando claro, y con nombre, que el pecado existe y nace en el corazón del hombre.
“El pecado es una falta contra la razón, la verdad y la recta conciencia; es una ofensa a Dios.” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1849)
Esta aparente dureza no viene a aplastarnos, sino que nos ayuda a no escondernos en excusas exteriores y nos hace conscientes de que algo en nosotros necesita conversión.
Es frecuente hoy la idea de que el bien y el mal son móviles, que podemos ajustarlos a nuestro criterio y que dependen de la intención, del consenso o del contexto; sin embargo, Jesús lo deja claro: hay actos y actitudes que hacen impuro al hombre, independientemente de cómo este los justifique ante sí mismo y ante los demás.
San Juan Pablo II lo expresó con contundencia en “Veritatis Splendor nº 81”:
“Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos irremediablemente malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona: «En cuanto a los actos que son por sí mismos pecados (cum iam opera ipsa peccata sunt) —dice san Agustín—, como el robo, la fornicación, la blasfemia u otros actos semejantes, ¿quién osará afirmar que cumpliéndolos por motivos buenos (bonis causis) ya no serían pecados o —conclusión más absurda aún— que serían pecados justificados?»
Es importante que tengamos claro que el relativismo no nos justifica ni nos libera, sino que nos desorienta, apartándonos del camino de la conversión. No hay que olvidar que el mal es real, pero tampoco que la gracia también lo es.
Jesucristo rompe el esquema moralista de los fariseos, centrado en mantener una imagen correcta y en un cumplimiento externo que los llevaba a sentirse por encima de los demás, una actitud nada alejada de la sociedad actual, y de siempre.
Jesús aclara en el Evangelio: «Yo no he venido a abolir la Ley, sino a cumplirla». No justifica el incumplimiento, sino que aumenta la exigencia y aclara la necesidad de tener un corazón «puro».
Evagrio Póntico, uno de los grandes maestros del discernimiento, nos enseña, frente al buenismo actual, dos hechos importantes:
- “No está en nuestro poder que surjan los pensamientos, pero sí consentirlos o rechazarlos.”
- “La acedia es la debilidad del alma que irrumpe cuando no se vive según la naturaleza ni se enfrenta noblemente la tentación. En efecto, la tentación es para un alma noble lo que el alimento es para un cuerpo vigoroso.”
(Sobre los ocho espíritus del mal)
Esta lucha por la pureza de corazón enfrenta continuamente al cristiano a un «combate espiritual», del que es responsable y en el que la existencia del demonio le obliga a una vigilancia interior constante y a apoyarse en la gracia del Espíritu Santo recibido, manteniendo su unión con Cristo para salir vencedor: somos responsables, pero no estamos solos.
Este es el punto clave. Si consideramos este pasaje solo como acusación, no sería Evangelio, es decir, Buena Noticia: *no todo vale, pero todo puede ser redimido.
Como san Agustín escribió: «Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti».
Si el pecado nace en el corazón, la raíz del mal está en nosotros, no en las circunstancias. Pero sabemos, porque lo hemos visto y tenemos experiencia de ello, que el corazón puede ser transformado, que la gracia de Dios puede «convertir nuestro corazón de piedra en un corazón de carne», haciéndonos hombres nuevos que den testimonio al mundo de la vida eterna que nace de hacer carne, en esta generación, su voluntad.
Esta es la conversión que se nos pide: no una perfección moral, sino adherirnos a la voluntad de Dios ajustando nuestro corazón a sus Bienaventuranzas. Conversión no es auto-perfección moral, sino apertura a una obra que Dios quiere hacer en mí.
Esta conversión no es una idea abstracta, sino que se concreta en nuestra historia de cada día y nos invita a considerar de forma constante y realista nuestra vida. Para convertirnos necesitamos dejar de pensar que, en el fondo, somos buenos, que nuestras acciones «no son para tanto». Convertirse es ponerse en manos del Padre que nos ama, seguir al Hijo que nos salva y dejarnos transformar por el Espíritu Santo que hemos recibido y que los sacramentos nos ayudan a mantener en nosotros.
Cojamos la luz del Evangelio para enfrentarnos a los pecados que nos hemos acostumbrado a justificar, a esos recovecos de nuestro corazón en los que no dejamos entrar la luz de la verdad por ignorancia, miedo o vergüenza.
Abramos la puerta a la misericordia de Dios Padre, que no nos engaña y nos dice la verdad; acojamos a Jesucristo, el Hijo, que se encarna en nuestra historia para cargar con nuestro pecado y mostrarnos el camino; y dejemos que el Espíritu Santo, que transforma el corazón y nos da la fuerza para vivir como hombres nuevos, nos guie.
