Últimamente no deja de oírse la expresión “muerte digna”, que sirve para definir, así de simple y por lo llano, cómo un ser humano liquida a otro. Lo ha dicho hace poco el Cardenal Carles: unos no nacerán —por las decenas de miles de abortos anuales— y otros no morirán —por lo que se avecina con la eutanasia—, sino que a unos y a otros les quitarán la vida, los matarán. Por eso, la muerte de la que esta gente habla nunca será digna, ya que de por sí —la realidad cruda y desnuda— la muerte es indigna, indigna como ella sola; y solo puede ser digna cuando sea una santa muerte. Tal vez se han cansado de llamar a la eutanasia, que de por sí es un homicidio puro y duro, muerte dulce, con cuyo eufemismo venían diciendo lo mismo que dicen hoy con lo de la “muerte digna”. Alguien, desde las riendas del poder, está abriendo camino de modo que no haya quien pare este carro, de la misma manera que, planteado hace décadas el divorcio para algunos casos con tintes de “normalitos”, hemos desembocado en el divorcio a la carta o el divorcio exprés; o de la misma manera que, dando rienda suelta al pansexualismo, se ha llegado a la anulación del concepto de matrimonio, concediendo “papeles jurídicos” a cualquier praxis de relaciones humanas a gusto del consumidor. Lo grave en este caso es que se pierdan los papeles y que, como en el caso del aborto, se siga discutiendo sobre plazos para abortar, mientras en España, por ejemplo, a lo largo de las últimas dos décadas y media, se habla de unos dos millones de niños, cuya participación en el banquete de la vida ha sido truncada olímpicamente en virtud del artículo 33: la raíz del problema no está en los plazos, sino en el “No matarás”; y si, como digo, ya no hay quien pare este carro, lo mismito ocurrirá con la eutanasia: vaya usted a saber dentro de cuántos meses en qué manos de legisladores progres y nazis habremos caído para que definan los parámetros de cómo, cuándo, dónde… —y sin un porqué auténtico—, podemos cargarnos al otro, olvidando presuntuosamente que nunca hay por qué, es decir, razón o base para ello, arrogándose en ambos casos —aborto y eutanasia— un derecho que no está en manos de nadie y precede a todo código, derecho que nadie puede detentar sin ofensa de lesa humanidad (y, para los creyentes, de lesa Majestad divina). El Eclesiastés, un autor poco sospechoso de ortodoxia a ultranza, ya lo proclamaba en su tiempo: “No hay señorío sobre el día de la muerte” (Qo 8,8). A los clásicos, como Ulises, les chiflaban los cantos melodiosos e irresistibles de las sirenas o los silbidos en los bosques de las sílfides, más cercanas a nosotros en el tiempo… A mí, cuando era niño, me agradaban los pitidos del silbato del afilador callejero de cuchillos y tijeras —que todavía se oyen de vez en cuando, aunque muchos de ellos ya no sean gallegos como en un tiempo—; pero hoy han surgido los silbos de nuevas serpientes viperinas que vuelven a encantar a las gentes: son esos tristes afiladores de guadañas segadoras de vidas, que venden tan gratis su producto, por una honra pionera de ser de los primeritos en el “ranking” de los homicidas para implantar la dichosa —¿dichosa? — muerte digna, lo que no dejará de ser (aunque nos lo vendan como una proeza del progreso) un baldón de la raza humana, cuyo mejor elogio para los tales sería aquel de “más les valdría no haber nacido ellos” (Mc 14,21). Con la venta de sus guadañas —que forman parte del atuendo que la Parca luce con tanta desfachatez como desvergüenza—, con su hoja bien afilada y a punto, y sus silbidos estridentes, pretenden adelantar la obra de la sabia natura para, con tantas toneladas de estúpida ciencia, poner fin a nuestras vidas, cosa que con unos miligramos de sabiduría viene haciendo la madre naturaleza desde el principio de los tiempos. También al Señor quisieron abreviar su vida en el patíbulo de la cruz ofreciéndole un brebaje que Él serena y dignamente, sí, dignamente rechazó. Prefirió el ajenjo de la cruz a la supuesta dulzura que aquel amargo potingue podría haberle proporcionado para afrontar una muerte dulce. Pero ¿es que nadie va a decir que ya está bien de tanta “muerte digna”, cuando de lo que se trata es de una “vida digna”? ¿Alguien nos puede explicar qué diferencia hay entre la aplicación de aquel brutal garrote vil, o el más antiguo y extendido porrazo con una quijada o una estaca, o la horca, el fusilamiento, la silla eléctrica o, seamos, más “civilizados”, entre una indolora inyección letal para ejecutar a un joven convicto del corredor de la muerte y la aplicación de cualquiera otra pócima o mejunje a un anciano que lleva en el corredor de la vida muchos años? Que no me digan que es la edad, como si ésta fuera un agravante de delito, o que el otro es un criminal confeso, como si el médico —¿médico de verdad o mecánico de jeringas?— que le pone la maldita inyección a nuestro anciano, no dejara de ser un criminal inconfeso; o que nuestro viejecito o viejecita ya no valen para nada, son un peso para los demás, la familia o la sociedad, y que, encima, cuesta un pastón mantenerlos con vida: ¡acabáramos!, con el dios dinero hemos topado; ya no son rentables y es mejor eliminarlos, para ellos y para nosotros, con el burdo pretexto de evitarles sufrimientos a ellos, a sus familias y a quienes los cuidan. Y seguro que los sabios demógrafos de hoy tienen óptimas fórmulas matemáticas para justificar económicamente estas medidas. Y así, con semejante patraña, todos nos hemos engañado tan ricamente y hemos aquietado nuestras conciencias, aunque la sangre de los inocentes siga clamando al cielo, como en el episodio de Caín y Abel: “¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo” (Gn 4,10). En nombre del más falso de los progresos nos inventamos un nuevo instrumento jurídico, económico y médico, un “destructor” de vidas, para promover a nuestro antojo la darwiniana selección natural según nuestros intereses fundados en el egoísmo: en el mundo animal, el fuerte se impone al débil, que muere en pro del más resistente; o sea, que el pez grande se sigue comiendo al pez chico, que es lo que en nombre del progreso se pretende establecer aplicado a la especie humana. Y así, podrá ocurrir, por esa regla de tres, que mañana me cargo a mi hermano pequeño porque es patizambo y tuerto y no puede trabajar, aunque esté en la flor de la vida, o a mi vecino que es de una etnia que no me gusta un pelo y, encima, me da la murga todo el día, o a ese compañero de trabajo que es de esa raza que no me cae bien, o…