En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:
– «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz; no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará.
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. (Mateo 10, 34-11, 1)
En el Evangelio de hoy, Jesús nos formula una pregunta: “¿Me amas? ¿qué haces tú por Mi?” Jesús no nos pregunta como a extraños, como a asalariados, sino como amigos con quienes quiere compartir todo lo que tiene. Él sabe para qué hemos sido creados, cómo funcionamos, cuáles son los deseos más profundos de nuestro corazón. Hemos sido creados por y para el amor. Eso quiere decir que nuestra felicidad, en esta tierra y en la vida futura, depende, no de cuánto tenemos, sino de cuánto amamos. El Amor es lo que da peso, valor y profundidad a nuestra persona.
Ahora bien, con un poco de experiencia, vemos que amar no es nada fácil. No es fácil olvidarse de uno mismo y estar pendiente de los demás. No nos sale natural. Lo que sí nos sale de forma natural es buscar nuestros propios intereses–a nuestra manera– y no los del Señor–a Su manera–. Si pretendemos ser felices y amar, no basta con buscar la Voluntad del Señor. Hay que hacer discernimiento para ver cómo quiere que la hagamos. Por ello nos dice Jesús: “El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mi; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mi no es digno de mi.” Entonces, ¿cómo hacernos dignos del Señor? Teniendo un corazón abierto y sencillo, un corazón de niño que deje que Su Padre le enseñe cómo amar. ¿No hemos de amar a nuestros padres? ¿a nuestros hijos? Sí, por supuesto, pero de no de forma natural, egoísta, sino de forma sobrenatural, divina. El Amor, decía San Juan Pablo II, es lo contrario a utilizar. Utilizamos a los demás cuando buscamos que nos satisfagan, que nos busquen, que nos den seguridad, que nos sirvan, que hagan lo que queremos. En una palabra, que los busquemos para nosotros mismos y para servir nuestros propios intereses, y no para el Señor. Amar es buscar el bien de la otra persona, independientemente de lo que requiera de mí. Y el bien de la otra persona es la salvación de su alma. Eso requiere que me haga la guerra a mi forma egoísta de amar. Por ello nos dice el Señor: “el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mi. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mi, la encontrará.” ¡Cuánto nos falta aprender a los padres! ¡Cuánto nos falta aprender a los hijos! El problema es que no lo buscamos todo en Él, sino que, como no nos fiamos, buscamos nuestra felicidad por nuestra cuenta. Buscamos amar a nuestra manera. En eso consiste el pecado: en buscarnos nuestras necesidades fuera de Dios.
Jesús nos invita hoy a ser más dóciles. Acude a la Eucarística, haz oración, estate pendiente de las necesidades de los demás, y deja que Dios sea Dios en tu vida. Déjate sorprender por Tu Padre, que todo lo puede y que es infinitamente Bueno. Deja que Él te enseñe a amar de veras y te sorprenderás del amor que sale de ti para los demás. Jesús te espera para llenarte y darte la vida que tu corazón anhela. “¿Me amas? ¿qué haces tú por Mi?”

3 comentarios
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