En aquel tiempo. Jesús reunió a los Doce y les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el Reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles: No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco llevéis túnica de repuesto.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguien no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, para probar su culpa.
Ellos se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Nueva y curando en todas partes (San Lucas 9, 1-6).
COMENTARIO
Siempre me ha impresionado la “elección” de Judas Iscariote como apóstol, personalmente hecha por Jesús. Realmente lo eligió de entre muchos discípulos para ser uno de los doce.
El pasaje sapiencial, de Proverbios 30, que la liturgia propone como primera lectura hoy, contiene una advertencia muy seria: “La palabra de Dios es acendrada, él es escudo para los que se refugian en él. No añadas nada a sus palabras, porque te replicará y quedaras por mentiroso”.
Consecuentemente, no quiero añadir nada a la palabra de Dios, que ya es acendrada, es decir, sin ceniza, oro puro, por así decir. Limpia, completamente.
Pero lo cierto es que Judas Iscariote no es excluido de ninguno de las facultades formidables conferidos por Jesús a los doce; “poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades”. La expresión no puede ser más omnicomprensiva: de una parte “poder y autoridad” y de otra “toda clase” de demonios. Y la capacidad de curar enfermedades.
Tampoco nos consta que estas atribuciones resultasen un fracaso, por lo que es lícito suponer que las aplicaron, y las aplicaron con éxito. Lo que redundaría, necesariamente, en reconocer y admirar el poder de Jesús, que no solamente lo detenta sino que lo comparte generosamente. Los apóstoles, los doce, incluido Judas, debieron quedar estupefactos del poder taumatúrgico que Jesús les había comunicado. Que ciertamente estaba vinculado a la misión: anunciar el Reino de Dios, también denominado Buena Nueva, evangelio.
Quiérese decir que también Judas, comprobó por sí mismo y en compañía de los demás apóstoles, el poder de Jesús frente a toda clase de demonios. Porqué algunos son especialmente resistentes, y otros muy difíciles de detectar. Se puede sostener que Judas expulsó “toda clase de demonios”.
El Señor, al mandarlos a la Misión, sin pan ni dinero, le quitó a Judas la tentación de hacer valer cierto poderío. Más tarde, era él el que llevaba la bolsa. Si les prohibió llevar dinero era, presumiblemente, porque ello era factible. La recomendación no se pierde en el vacío. Podemos pensar, coloquialmente: “desprenderos del dinero – que tenéis o manejáis – antes de emprender la Misión. Ya os acogerán o rechazarán, pero vosotros no llevéis nada”.
Ellos, incluido Judas, obedecieron y fueron de aldea en aldea anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes. Se insinúa así que las curaciones no necesariamente ocurrían en las aldeas, sino también por los caminos, o en cualquier situación.
La pregunta es poliédrica, ante la confianza defraudada, abandono y traición. ¿Cómo es que Judas no se exorcizó a sí mismo? ¿Cómo no pidió a otro u otros apóstoles que le librasen del maligno? ¿Cómo pudo olvidar los milagros que por su mediación ocurrieron, mientras evangelizaba? ¿Es posible reconocer en otros alguna operación que se considera imposible sobre uno mismo? ¿Acaso algún demonio o enfermedad se le resistió?
Lo cierto es que el Evangelio no diferencia comportamientos dispares; todos hicieron lo que les había mandado el Maestro y en las condiciones que les había prescrito. Judas, era uno más, en todo ello.
La respuesta, creo, la da el propio Jesús, en otro pasaje. Y, por cierto, que en él tampoco se discrimina a Judas, quien recibe la misma reprensión.
“Muchos me dirán aquel Día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre y en tu nombre expulsamos demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros? Y entonces les declararé: ¡Jamás os conocí; “apartaos de mí, agentes de iniquidad!”. (Mt 7, 22-23).
Jesús es tajante, y no se ablanda por la reiteración de que todo (profetizar, expulsar demonios y hacer milagros) lo habían hecho “en su nombre”. Nada de todo ello les vale para impedir la sentencia; “apartaos de mí agentes de iniquidad”.
Hay aquí un aviso muy serio para todos, pero especialmente para los investidos en autoridad por y para el Señor. Como a las vírgenes necias, ese Día, nos puede venir encima el terrible “no os conozco” (Mt 25.12). El haber estado entendiendo, ocupados, en las cosas eclesiásticas y sagradas, no es garantía de nada. Ahí está Judas, repuesto en el control de la bolsa del dinero, para demostrar que no vale lo hecho con otros o para otros, por fuerte que sea, ni el haber sido enviado a predicar: “Velad, pues, porque no sabéis ni el día ni la hora” (Mt 25, 13)

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