Jesús les contestó: «Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como os he dicho, me habéis visto y no creéis. Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré afuera, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día» (San Juan 6, 35-40).
COMENTARIO
El Papa Francisco –en el 2025-, al comentar el Evangelio de este día, hacía la siguiente reflexión: “No basta encontrar a Jesús para creer en Él, no basta leer la Biblia, el Evangelio, eso es importante, ¿eh?, pero no basta. No basta ni siquiera asistir a un milagro, como el de la multiplicación de los panes. Muchas personas estuvieron en estrecho contacto con Jesús y no le creyeron, es más, también lo despreciaron y condenaron. Y yo me pregunto: ¿por qué, esto? ¿No fueron atraídos por el Padre? No, esto sucedió porque su corazón estaba cerrado a la acción del Espíritu de Dios. Y si tú tienes el corazón cerrado, la fe no entra. Dios Padre siempre nos atrae hacia Jesús. Somos nosotros quienes abrimos nuestro corazón o cerramos”.
En el desarrollo de esta catequesis sobre la Eucaristía que el evangelista Juan explica a partir del milagro de la multiplicación del pan (Jn 6, 26-58), nos encontramos con estas dos afirmaciones que nos desvelan cuál es la voluntad de Dios, como Padre, encomendada a Jesús: “Que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día. Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día” (vv. 39-40). ¿Cuál es entonces la voluntad del Padre? Es que nadie se pierda, que todos lleguen a la fe en su Hijo, y por esa fe, tengan vida eterna. Dios no quiere condenar, sino salvar. No quiere destruir, sino levantar. No quiere castigar, sino resucitar.
Esta es una voluntad llena de ternura y misericordia. No una exigencia severa, sino una oferta de amor. El Padre nos ha dado a su Hijo, y quien cree en Él, entra en la vida eterna ya desde ahora. Esa vida eterna no empieza después de la muerte, comienza cuando nos abrimos a Cristo, cuando le entregamos nuestro corazón, cuando lo seguimos con fidelidad.
Pero esta voluntad de Dios requiere nuestra respuesta libre. No es automática. Dios nos llama, pero no nos obliga. Nos atrae, pero espera nuestro “sí”. Por eso, cada día es una oportunidad para acoger a Jesús, para creer en Él, para dejarnos salvar.
Hoy, hermanos, el Evangelio nos consuela y nos anima: estamos en manos de un Padre que no quiere perder a ninguno de sus hijos. Que esta certeza nos llene de esperanza y gratitud. Vivamos cada día buscando hacer su voluntad: creer en Jesús, amarlo y anunciarlo, sabiendo que al final, nos espera la resurrección y la vida eterna. En efecto, Dios no quiere que ninguno se pierda. Su voluntad es que todos tengan vida eterna. No vida solamente biológica o material (“no solo de pan vive el hombre”), sino un vida plena, luminosa, eterna, que comienza aquí en la fe y se plenifica en la resurrección. Esta voluntad está expresada también en otro pasaje muy conocido: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no muera, sino que tenga vida eterna” (Jn, 3, 16).
Aquí vemos que el amor del Padre es el origen de todo. No nos salvamos por nuestros méritos, sino porque Dios nos ama primero. Y ese amor se manifiesta en Jesucristo, el Hijo enviado para darnos la vida. Y Jesús nos insiste: esta voluntad no es de condena, sino de salvación: “Dios no envío a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él” (3, 17). Este es un mensaje fundamental para nuestro corazón: Dios quiere salvarnos. Dios quiere darnos vida. Dios quiere nuestra alegría eterna.
Ahora bien, ¿cómo respondemos nosotros a esa voluntad? Jesús nos da la clave: “Esta es la obra de Dios: que creáis en el que Él ha enviado” (6, 29). Creer en Jesús. Esa es nuestra parte. Pero no se trata solo de creer con la cabeza, sino con el corazón. Una fe viva que se traduce en vida cristiana: escuchar su Palabra, vivir sus mandamientos, recibir los sacramentos, amar como Él nos amó.
Y aún más: si queremos cumplir la voluntad del Padre, no basta con creer de palabra. Jesús lo dice con fuerza: “No todo el que me diga: ´Señor, Señor entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los Cielos” (Mt 7,21). Y esa voluntad se resume en el amor: “Este es mi mandamiento: que os améis los unos a los otros como yo os he amado” (15, 12).
Así, pues, podemos resumir la voluntad del Padre en tres palabras: Fe: creer en Jesús, el Hijo enviado; Vida: acogerla vida eterna que Él nos da; Amor: vivir como hijos, amando como Cristo nos amó.
Hermanos, esta es la voluntad del Padre: que vivamos en comunión con su Hijo, que creamos en Él, y que así entremos ya desde ahora en la vida eterna. Y esa voluntad es un camino de alegría, de libertad y de plenitud. No tengamos miedo de seguirla.
