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Evangelio

La cercanía a Jesús

By BuenaNueva12 de agosto de 20141 comentario5 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy, Martes
Comentario al evangelio de hoy Martes
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«En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: “¿Quién es el más importante en el reino de los cielos?”. Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: “Os aseguro que, si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ése es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí. Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en el cielo el rostro de mi Padre celestial. ¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en el monte y va en busca de la perdida? y si la encuentra, os aseguro que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado. Lo mismo vuestro Padre del cielo: no quiere que se pierda ni uno de estos pequeños”». (Mt 18,1-5. 10.12-14)


Te preguntaron, Señor, por el más grande, y tú pusiste en medio al niño más pequeño de los que por allí correteaban. ¡Que gracia tienes, Jesús de los niños del Reino! ¿Qué tenía aquel niño para que lo eligieras? Nada especial, seguro, aunque para nosotros ya siempre será especial. Simplemente, era un niño. Después habrá explicaciones psicológicas, conclusiones conductuales, simplistas o complejas, según entienda cada uno la niñez. Todos hemos sido niños, y a pesar de eso, tardaríamos mucho en ponernos de acuerdo sobre lo esencial de esa etapa tan querida, necesaria para ser grande, y para entrar siquiera en el Reino de los cielos. La razón que tú das, Maestro y puerta del Reino, es la esencia buscada por todos: «sus ángeles están viendo siempre, en el cielo, el rostro de mi Padre celestial». ¡Nuestro Padre! No hay nada más grande que eso. Nuestros ángeles de niño lo hacen siempre, como si tal cosa. ¡Qué bueno es conocer al ángel de los niños!

Pero el Evangelio que leemos hoy no entra en notas esenciales de la infancia. Lo que pone de relieve Mateo es la cercanía de Jesús. Al niño lo coge de la mano, lo pone en medio, incluso lo abraza o lo sienta sobre sus  rodillas, según Marcos y Lucas. Fuera de cualquier otra consideración, esa es la cualidad que propone la Iglesia en esta lectura. Estar cerca de Jesús, acudir admirado y sin rechistar a su llamada, es ser alguien en el Reino. Por eso hoy incluso se suprime el párrafo terrible que habla de las consecuencias de escandalizar a los niños y los pequeños que creen en Él. Lo que hoy se resalta es la cercanía humana de Jesús en la confianza de la piedad sencilla. Ese es el camino de la grandeza en el Reino. Y por eso también se le agrega la parábola de la «oveja perdida» y dichosa que acabó en los hombros del pastor. Más cerca, protegida, acariciada y festejada que ninguna otra de aquel rebaño.

Uno a veces, cuando se pierde, además del miedo y el arrepentimiento por el cruel atrevimiento de marcharse, tiene como motivo de oración constante, cual balido de pánico, la esperanza imperiosa de ser objeto del rescate. Que el pastor lo busque, lo suba a sus hombros, y sentir su corazón “unilatido” al nuestro, acelerados por la alegría del encuentro. Eso viéndolo desde el punto de vista de la oveja perdida, está bonito, pero otra cosa pensaría el resto del rebaño —si pudiesen pensar las ovejas— o el mismo pastor antes del reencuentro.

El tamaño y logro personal en el reino —que preocupaba a los discípulos y los encrespaba a unos con otros— no viene dado sino por la cercanía a Jesús. Es el mensaje de hoy. Ni Pedro, ni Juan, ni Santiago ni Judas, ni nadie que se mida a los demás para saber si es más grande, podrá serlo en verdad. Un pequeño niño, que nada pretendía, ni se comparaba con nadie, les ganó a todos en tamaño, porque no tuvo miedo de acercarse a Jesús. Ni siquiera sabría que era aquello del Reino de los cielos, o que allí se podría ser muy grande. Sintió la cálida Voz que lo llamaba por su nombre y fue. Sintió las manos seguras, sin temblor alguno, que lo bendecían y abrazaban, y no necesitó más. Si percibió algo fuera de aquel acogimiento fueron las chispas de envidia, quizás santa y arrepentida, o en alguna lágrima disimulada de los rudos pescadores.

En el otro ejemplo de cercanía, las noventa y nueve ovejas que habían quedado solas, aterrorizadas por los aullidos de la noche, quizás le agradecieron a la perdida loca que volviese al redil, porque trajo consigo al pastor, alegre y sonriente en medio de su lana. Incluso pasaría por la ovejil cabeza de alguna otra escaparse al día siguiente para ser tratada así. Pero el peligro de los lobos es siempre real. El pastor podía haber vuelto solo, y solo con una piel y unos huesos bruñidos por los lobos.

Alegrar al Pastor y a los hermanos es un gran regalo. Es lo que quiere el Padre. ¡Benditos sean sus hombros de hombre!

Manuel Requena

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1 comentario

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