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Evangelio

La Sirofenicia

By Jesús Bayarri8 de febrero de 2024No hay comentarios4 Mins de lectura
Reflexion, evangelio, hoy
Comentario al evangelio de hoy Jueves
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Y partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, sino que, en seguida, habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. Esta mujer era griega, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. Él le decía: «Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.» Pero ella le respondió: «Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños.» Él, entonces, le dijo: «Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija.» Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido (San Marcos 7, 24-30).

COMENTARIO

Aparece la fe como protagonista de esta palabra, pero la fe de los gentiles, que contrasta con la incredulidad de los “judíos”, que rechazan el “pan” de los hijos, tirándolo al suelo, donde lo comen los “perritos”. Las profecías de la llamada universal a todos los hombres al conocimiento de Dios, se cumplen con la llegada de Cristo. Él, es la casa que Dios se ha construido con un corazón de hombre “para todos los pueblos”.

Para san Pablo, el endurecimiento de Israel no es sino un paso intermedio por el cual los gentiles tendrán acceso al Santuario de Dios por la fe en Cristo. Es la fe lo que les sienta a la mesa y les hace partícipes del “pan de los hijos”: “Os digo que los sentaré a mi mesa y yendo de uno al otro les serviré.” “Por eso os digo que vendrán de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob, mientras vosotros os quedaréis fuera”. En el camino de búsqueda de las ovejas perdidas, Cristo se apiada de los “perritos”.

La fe no hace acepción de personas, naciones, ni lenguas. El amor sale en su busca anulando la distancia que nos apartó del Paraíso, para introducirnos en el único rebaño del Pastor eterno, al que el lobo no puede arrebatar sus corderos.

Hoy Cristo va a la región de Tiro y Sidón en busca de una oveja, para encontrar la fe de una mujer pagana y plantar la semilla del Reino allende las fronteras de Israel. Qué misteriosos son una vez más los caminos de la gracia, y que irrastreables para encontrar un corazón abierto a su clemencia.

Las sobras de los niños sacian a los “perritos” que las saben apreciar en su superabundancia de vida y de consuelo, hasta hacer de ellos “hijos”. La fe y la humildad de la madre obtienen para la hija la garantía de la curación, como testimonio para la apertura de la salvación en Cristo, que conduce al conocimiento de Dios.

Nos es desconocida la llamada que ha motivado en la mujer la súplica, y ha propiciado el encuentro con Cristo y la consecuente profesión de fe que expulsa al diablo. La iniciación cristiana de la niña seguirá un proceso inverso al de la madre, como suele suceder con los hijos de padres cristianos. La gratuidad del amor de Dios tiene sus propios caminos, pero todos concurren en la salvación del hombre que los acoge.

Así nos busca a nosotros hoy el Señor haciéndose cercano a nuestra lejanía, para darnos la naturaleza de hijos y sentarnos a su mesa, nutriéndonos de lo sabroso de su casa y abrevándonos en el torrente de sus delicias. Cuerpo y sangre de Cristo que nos introducen en el misterio de su muerte y nos alcanzan su resurrección. Memorial de vida eterna y sacramento de nuestra fe para la vida del mundo. ¡Eucaristía!

Si hoy nosotros estamos sentados a la mesa del Reino y comemos del Pan que nos sacia y da la Vida Eterna, es por acoger el don gratuito de la fe de nuestra madre la Iglesia, que nos hace hijos, y como en el caso de la samaritana y de la sirofenicia, también nosotros somos invitados a proclamar nuestra fe en Cristo a quienes el Señor ponga junto a nosotros.

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