En aquel tiempo, dijo Jesús a la gente: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega.»
Dijo también: «¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.»
Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado (San Marcos 4, 26-34).
COMENTARIO
Es bonito descubrir en el Evangelio una nueva vertiente de la Palabra de Dios, al menos “nueva” para mí, y en este caso, el Espíritu Santo me ha permitido detenerme en la frase “sin que él sepa cómo”.
Cualquier cristiano o cristiana que viva cada día el camino de la fe observa, muchas veces atónito la forma en la que interiormente su alma cambia y este cambio va impregnando sus pensamientos, palabras y acciones.
Se hace cierta esa frase de San Pablo, “La Palabra es viva y eficaz, permanece siempre operante”( 1Ts 2,13). Esa forma en la que la Palabra opera en nosotros, permite que nos transformemos y convirtamos en seres nuevos, creados por la mano de Dios.
Si ese cambio, que nos permite ser mejores, surgiera de nosotros, podríamos caer en la tentación de la soberbia y atribuir a nuestros méritos dicha transformación; por eso Dios que todo lo hace bien, trabaja en nuestra alma, sin que nosotros sepamos cómo y, cuando nos queremos dar cuenta, somos nuevos seres humanos que levantamos los ojos a Dios y le damos gracias por lo que descubrimos en nuestro interior, atónitos.
Esa es la belleza del camino de la fe, que somos “siervos inútiles” como leemos en San Lucas, 17:10, inútiles porque no está en nuestra mano hacernos discípulos del Señor. Nosotros solamente podemos hacernos pequeños, ponernos a sus pies, y dejarnos transformar por su Palabra contenida en el Evangelio: caminar ese sendero y aguardar a que Dios haga su obra.
En lo que a nosotros se refiere, nuestra labor es, como el hombre del Evangelio de hoy, “echar la simiente en a la tierra”, cada día, sin desfallecer, alimentados por la Palabra de Dios, poniendo nuestra confianza en su Promesa y esperar, al levantarnos para ver cómo esa semilla germina y crece, haciendo nacer un nuevo Discípulo.
