Dijo Jesús a sus Apóstoles: Id y proclamad que el Reino de los Cielos está cerca.
Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No llevéis oro, ni plata, ni calderilla en vuestras fajas; ni alforja para el camino, ni dos túnicas, ni sandalias, ni bastón; porque el obrero merece su sustento.
«En la ciudad o pueblo en que entréis, informaos de quién hay allí de confianza y quedaos en su casa hasta que salgáis. Al entrar en la casa, saludadla. Si la casa es digna, la paz que le deseáis vendrá a ella; más si no es digna, la paz volverá a vosotros.
Y si no se os recibe ni se escuchan vuestras palabras, salid de la casa o de la ciudad aquella sacudiendo el polvo de vuestros pies.
Yo os aseguro: el día del Juicio habrá menos rigor para la tierra de Sodoma y Gomorra que para aquella ciudad
(San Mateo 10,7-15).
COMENTARIO
En insólita aventura se convirtió el mandato de Jesús para unos maduros marineros acostumbrados a navegar, y no a caminar por tierra. Así empezaron a entender la complejidad de su bonita llamada para ser pescadores de hombres. Ellos, dejándolo todo le siguieron, pero nunca será fácil salir del propio mundo para entrar al de Dios que lo exige todo.
Antes de ver el fruto de su tarea, tuvieron que recorrer, con su típico andar bamboleante de marinos, los caminos de la tierra, sin más cosa sustancial en su equipaje que una noticia: “el Reino de los cielos está cerca”. Está aquí con nosotros, gritarían, porque tras nuestra pobreza material, prendido a la palabra de la Paz que os salva, que cura y da sentido a los caminos del hombre, está Él, el Señor del cielo y de la tierra, el dueño del mar y la montaña que nos ha enviado. Su don es gratis. Sólo tenéis que abrir el corazón y dejar que se aposente la luz que nos regala y produce su Paz.
Aún resuena el mismo mensaje miles de veces en nuestras plazas y templos, pero queda como planeando sobre lo que vemos más inmediato que son guerras, luchas personales, enfermedades raras, y hasta protestas de la misma tierra en temblores y cambios de clima. ¿El Reino de la Paz está cerca? Si creyéramos este anuncio que aún está fresco, como recién salido de la boca de Jesús, se produciría en todo nuestro entorno y nuestro mundo una forma nueva de vivir, porque Él transforma la vida. ¿Quién le iba a decir a un pescador curtido, que si aceptaba la llamada y salía de la mar, que era su mundo humano, podría llegar a “curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, y expulsar demonios? ¡Y además gratis!, para que nadie dudase de la procedencia del regalo de aquella especie de seguridad social primaria. A ellos en cambio, sin cobrar nada, cumplir el encargo les salió caro, porque terminarían pagando el precio de su propia vida, como el Maestro. Pero al fin, el Reino de la Paz ya sería desde entonces una opción real en la vida humana para siempre.
Tener la Paz de Dios en nuestra casa, con nosotros, parece la cumbre de toda la obra de Jesús. Es el regalo constante de su saludo antes y después de la resurrección, “Mi Paz os dejo, mi Paz os doy…” Y aún hoy es la más visible enseña en los signos de su Iglesia. El saludo de su Paz seguimos teniéndolo como estado de conciencia necesario para encontrar a Dios en su Palabra. ¡Es como el alma de la fe! Conocemos la presencia del Reino, porque su Paz es ‘tangible’ para el que cree. No es la paz del mundo, ni la tranquilidad complaciente, sino la brújula que marca el camino de Dios, aunque haya olas enormes y montañas.
El saludo de la Paz conlleva además una presencia interior necesaria y suficiente para “curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios”, que, en la tesitura espiritual en que se mueve la vida de la Iglesia, es la realidad de presencia que se busca en todos sus actos y sacramentos.
La escucha de la Palabra será instrumento y llave de la Paz. Si no hay escucha y aceptación, la Paz volverá a su lugar de origen, dando paso libre a la guerra, la enfermedad, y la lepra del corazón, que se adueñarán del mundo dejándolo peor que aquellas legendarias Sodoma y Gomorra. No necesita mucha prueba ni esfuerzo el que quiera verlo, con solo abrir los ojos, se ven hoy.
Para el que tiene ojos de ver “la dignidad” de los hombres de Dios, tampoco se le esconde que el Reino sigue cerca, a nuestro alcance, y que sigue siendo el gran patrimonio de la humanidad porque contiene la paz, más allá incluso de una religión concreta. Jesús le dió un toque muy particular a su Paz que la hace eterna, porque empieza aquí, pero supera el tiempo y el espacio con su Resurrección. Su Paz viene del Padre y lleva al Padre, y por esa grandeza, su rechazo tiene un castigo terrible, peor que el de Sodoma, y es dejar al hombre solo, yendo tras sus caprichos, apetencias y antojos. El hombre sin la paz de Dios es el peor castigo para el hombre, como decía el filósofo: “el hombre es un lobo para el hombre”. Por eso el anuncio de la Iglesia es absolutamente necesario para la vida humana digna.
