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Evangelio

La luz de la vida

By BuenaNueva17 de octubre de 2012No hay comentarios5 Mins de lectura
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«En aquel tiempo, dijo Jesús: “Ay de vosotros, fariseos, que pagáis el diezmo de la hierbabuena, de la ruda y de toda clase de legumbres, mientras pasáis por alto el derecho y el amor de Dios! Esto habría que practicar, sin descuidar aquello. ¡Ay de vosotros, fariseos, que os encantan los asientos de honor en las sinagogas y las reverencias por la calle! ¡Ay de vosotros, que sois como tumbas sin señal, que la gente pisa sin saberlo!”. Un maestro de la Ley intervino y le dijo: “Maestro, diciendo eso nos ofendes también a nosotros”. Jesús replicó: “¡Ay de vosotros también, maestros de la Ley, que abrumáis a la gente con cargas insoportables, mientras vosotros no las tocáis ni con un dedo!”.  (Lc 11,42-46)


Ayer los fariseos tuvieron que coger los paraguas para recibir el chaparrón que les echó encima el Señor —los llamó “necios”—. Hoy esos paraguas no los protegen contra los chuzos de punta que les caen encima. Bien conocido es el capítulo 23 del evangelio de San Mateo con sus siete invectivas o maldiciones contra ellos; San Marcos no les dedica muchos párrafos y San Lucas está en medio, recogiendo también la “ira” del Señor con los fariseos, sin morderse la lengua.

Tres son las imprecaciones que les dirige el Señor con sus respectivos ayes: por preciarse de pagar el diezmo hasta de las cosas más insignificantes, mientras se saltan a la torera el amor de Dios; por el afán de sobresalir buscando siempre el primer puesto, y por convertirse, sin darse cuenta, como en tumbas perdidas por las que se deambula sin saber lo que hay debajo: triste final el de gente así.

Un doctor de la Ley se dio también por aludido y le protesta al Señor, que se encara también con ellos, en un cuarto “¡Ay de vosotros!”, como detentores de una Torá insoportable con la que atosigan a la gente, mientras ellos hacen honor a la ley del embudo. Un quinto “¡Ay!” (que no figura en el texto de hoy), sigue desenmascarando a los doctores de la Ley, equiparando su hipocresía a la de los fariseos, por edificar mausoleos a los profetas que mataron “vuestros padres” (versículo 47).

Es una denuncia frontal, sin componendas ni respetos humanos, sin miedo a perder la cara; es más, a sabiendas de que perdería incluso la vida.

Mi experiencia me dice que muchas veces hemos paladeado con cierto regusto estas maldiciones del Señor contra los representantes oficiales de la religión y de la Ley mosaica, porque alimentaban ese sentimiento de revancha/venganza contra todos ellos “porque se lo tenían bien merecido”, sobre todo si pensamos en el odio contra Jesús de que hicieron gala en su pasión y muerte: ¡Por fin ha habido alguien que les ha cantado las cuarenta y les ha puesto en su sitio! Hemos justificado así nuestros ocultos sentimientos de odio hacia aquellas gentes —y, en definitiva, hacia todos aquellos que consideramos hipócritas y meros cumplidores externos de lo mandado—, viendo como Jesucristo se muestra “duro” con el látigo en la mano arrojando a los vendedores del templo o apostrofando a los fariseos y demás. Y más refinados eran los de la casta aristocrática, aquellos precisamente que no se atrevieron a entrar en el pretorio (en el juicio político contra Jesús) por no contaminarse (ver Jn 18,28), cuando su corazón ya estaba corrompido: no les entraba en la mollera que lo que mancha al hombre no es lo de fuera, sino lo que sale de su interior (ver Mt 15,10ss).

Y, sin embargo, no hemos caído en la cuenta de que en nuestro propio corazón anida tantas veces la misma hipocresía y la misma conducta de simple cumplimiento externo de leyes y preceptos, a los que les falta la mira puesta en el amor de Dios, a Dios y al prójimo. Hemos cogido el “Ama y haz lo que quieras” de San Agustín, convirtiéndolo en hacer lo que uno quiere, sin que aflore ese amor de Dios y al prójimo. El evangelio de hoy lo dice claramente: “esto es lo que había que practicar sin descuidar aquello” (pagar el diezmo de minucias), es decir, amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas y al prójimo como a sí mismo. Nos hemos identificado con el publicano de la parábola, ciegos para ver que somos como el fariseo de la misma. Tenemos una fácil diana para ver dónde se dirigen las invectivas del Señor: basta hacer un sencillo examen de conciencia sobre el primer y segundo mandamientos de la Ley de Dios para comprobar que, por mucho que hayamos sido muy cumplidores de los demás, de poco nos sirve si fallan esos cimientos. Que es algo parecido a lo que le ocurrió al joven rico (ver Mc 10,17-30): “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8).

El Señor, que por medio de San Pablo, nos enseña que “si os indignáis, no lleguéis a pecar” (Ef 4,26), sigue amando a los vendedores que azota para arrojarlos del templo, poniendo de relieve así la fealdad de su pecado, por “convertir en un mercado la casa de mi Padre” (Jn 2,16). Esta es la diferencia cuando lo azotan a él en su pasión, donde se pone de manifiesto el rencor y el odio contra Jesucristo. Algo parecido nos puede pasar a nosotros en esas actitudes internas de revancha/venganza que decíamos antes, si no amamos al pecador con el pretexto de odiar su pecado, olvidando, además, que el justo es el primero que empieza por acusarse a sí mismo, para desalojar de su alma no solo las obras de cualquier hipocresía, sino hasta su sombra.

Jesús Esteban Barranco

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