porque no hablará por su propia cuenta,
sino que hablará todo lo que oyere,
y os hará saber las cosas que habrán de venir. (Jn 16,13)
En la aurora asoma la belleza de la creación. Todavía no abrimos ni la consciencia y ya el hálito de la belleza se atreve a inundar el alba y la tiñe de gracia. La noche apura aún los últimos desmanes del ahínco y la tempestad, descansando desnudos en nuestro frágil pensamiento, y ya la armonía empuja los amaneceres desterrando el caos de nuestros anhelos.
La luz tímida anuncia que ya está aquí. Ya se cuela entre los vanos y las rendijas que hay en nuestra ambición oscura y tibia.
Aparece de nuevo la belleza, como cada día, anunciando la creación, una flamante creación para cada hombre; un diseño abierto de libertad para que iluminemos un día único con la paleta de la verdad revelada en Jesucristo, suma belleza; o al contrario, lo emborronemos con el ansia desmedida de decidir el bien y el mal.
Hay que leer despacio…, porque el tiempo es vacío en la eternidad. Y ver en la mirada la luz que nos desnuda y nos acerca a la verdad…, y una verdad original que reproduce la nueva estética rescatada por el espíritu… en los brazos que nos acunan.
Cada día es la única belleza, porque Dios se muestra y se hace ver y se topa con nuestro tiempo finito y carnal para que le descubramos en nuestra condición, en nuestra gris permanencia. “Mi gracia te basta” y extiende los brazos abiertos en su hijo Jesucristo, para mostrarnos la verdadera belleza, la que se desangra por ti, la que rompe el velo de la ley para manifestar el amor de Dios y la gratuidad, la que rezuma por el sufrimiento el óleo del Espíritu Santo, la que amanece cada mañana con la bendición de la vida…, apenas, con un pábilo de luz que ilumina nuestra historia. “ …Pedid el Espíritu Santo”, pues el discernimiento no se gana, ni se merece, ni se traspasa. Solo se regala. ¿A quién…? A quien lo implora, a quien le urge, a quien no puede respirar, a quien se ahoga en su voluntad, a quien la razón y la lógica no le responden, a quien lo suplica con necesidad, a quien descubre la belleza en Dios…
Pues la belleza del Espíritu Santo, alivia nuestra fealdad; suaviza la tosquedad de nuestros anhelos; resquebraja el humor acre de nuestra vanidad; sofoca el ardor de nuestros deseos; apacigua nuestros bajos instintos; reprime nuestra ira; sostiene nuestro ánimo; endulza nuestra amargura; alienta nuestra fe; enjuaga nuestras lágrimas; aventa nuestras dudas; infunde sabiduría y discernimiento.
¡Ven, Espíritu Santo. Envíanos un rayo de tu luz!
Jorge Santana Dumas

6 comentarios
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Uyyyy cuanto le necesitamos, Pedro después de ser investido del Espíritu Santo se volvió valiente, al punto de morir por su maestro, Juan paso de ser llamado hijo del trueno, a ser el discípulo amado, cariñoso, apacible…A veces es necesario ir al Aposento Alto y pasar varios días ahí para llenarnos de su Espíritu.