Como lo oyen (o lo leen): Job ha resucitado. Esta vez se ha encarnado en un ciudadano israelí que, según dice la prensa, ha presentado una petición ante el tribunal de primera instancia de Haifa solicitando una orden de alejamiento para Dios (Elohim). Dice el infausto ciudadano –que atiende al nombre de David Shushan, de 64 años– que el demandado ha estado tratándole con mucha dureza y no muy bien durante los tres últimos años, lo que le ha llevado a protestar muchas veces ante la policía. El tribunal, huelga decir, ha desestimado la demanda, señalando que no es competente y remitiendo al demandante a otras instancias (se supone que a un tribunal rabínico), no sin antes dejar constancia de que el demandado no hizo acto de presencia.
Esto, que puede parecer una broma (aunque es rigurosamente cierto), es algo con ciertas similitudes a lo que leemos en el libro de Job. En efecto, también esta trágica figura bíblica habría deseado –o al menos imaginado– llevar a juicio a Dios, aunque parece que, en un rapto de realismo –o de pesimismo–, no confíe mucho en esa posibilidad.
«Respondió Job: “Sé muy bien que es así: que el mortal no es justo ante Dios. Si quiere pleitear con él, de mil razones no le rebatirá ni una […]Aunque tuviera yo razón, no respondería, tendría que suplicar a mi adversario; aunque lo citara y me respondiera, no creo que me hiciera caso […] No es un hombre como yo para decirle: ‘Vayamos juntos a juicio’. Si al menos hubiera un mediador, que pusiera su mano entre los dos, que retirara su vara de mi espalda para librarme del terror que me atenaza, entonces hablaría sin temerle, pues creo que no soy culpable”» (Job 9,1-3.15- 16.32-35).
Antes de sonreírnos con la noticia del pobre ciudadano israelí, parémonos un momento y acordémonos de Job, que de una manera magistral le viene a decir a Dios: «¿Qué he hecho yo para merecer esto?». Y esto también es Palabra de Dios.
Pedro Barrado.
