En aquel tiempo, Jesús entró en Jericó e iba atravesando la ciudad.
En esto, un hombre llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de ver quién era Jesús, pero no lo lograba a causa del gentío, porque era pequeño de estatura. Corriendo más adelante, se subió a un sicomoro para verlo, porque tenía que pasar por allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y le dijo: «Zaqueo, date prisa y baja, porque es necesario que hoy me quede en tu casa».
Él se dio prisa en bajar y lo recibió muy contento.
Al ver esto, todos murmuraban diciendo: «Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador».
Pero Zaqueo, de pie, dijo al Señor: «Mira, Señor, la mitad de mis bienes se la doy a los pobres; y si he defraudado a alguno, le restituyo cuatro veces más».
Jesús le dijo: «Hoy ha sido la salvación de esta casa, pues también este es hijo de Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que estaba perdido» (San Lucas 19, 1-10).
COMENTARIO
En este mes de noviembre, dedicado a los fieles difuntos, todos sentimos o podemos fomentar este sentimiento: la cercanía del cielo y de que hay que llegar allí, que la vida terrena se acaba y que mejor meta que puede existir.
En esta línea, el pasaje del Evangelio que hoy comentamos nos llena de esperanza, ya que estamos ante un pecador, Zaqueo, que, busca a Jesús, y pone medios en parte originales; como subirse a un árbol para ver pasar al Señor. Siendo, como era, un hombre rico y conocido, tuvo que superar respetos humanos. Pero ¡como le compensó! Se encontró con os ojos misericordiosos de Jesús, y su vida dio un total vuelco.
Cada uno de nosotros, también somos un poco o un mucho “Zaqueo”, no vivimos del todo, o nos cuesta a veces mucho encarrilarnos en nuestra vida cristiana, con sus exigencias y su ayuda. Hoy es la ocasión de recordar lo que recoge el profeta Ezequiel (Ez 34,16): “Buscaré a la oveja perdida, tomaré a la descarriada, curaré a la herida y sanaré a la enferma”. Y así lo vive nuestro Redentor.; lo comprobamos hoy. En efecto, ante el movimiento de curiosidad de Zaqueo, Jesús le responde llamándole por su nombre y aceptándolo junto a Él. Y es claro el maravilloso resultado, un desprendimiento de lo que estorba y oscurece el camino y un encuentro maravilloso con Cristo. No hay una alegría más grande que la salvación.
Vamos a mirar y a contemplar a ese Jesús que nos ama, nos perdona, nos redime, nos salva.

3 comentarios
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