En aquel tiempo, los magistrados hacían muecas a Jesús diciendo: «A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido».
Se burlaban de él también los soldados, que se acercaban y le ofrecían vinagre, diciendo: «Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo».
Había también por encima de él un letrero: «Este es el rey de los judíos».
Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo: «¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros».
Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía: «¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, este no ha hecho nada malo».
Y decía: «Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino».
Jesús le dijo: «En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso» (San Lucas 23, 35-43)
COMENTARIO
“Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza y el honor. A Él la gloria y el poder, por los siglos de los siglos”
El Papa Pío XI, con la encíclica Quas Primas de 11 de diciembre de 1925, instituyó la fiesta de Cristo Rey, después de recordar su primera encíclica en la que examinaba los males latentes en la sociedad de entonces, señaló: “este cúmulo de males había invadido la tierra, porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado, sino también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz verdadera entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador” (n. 24).
Al concluir el año litúrgico, la Iglesia quiere celebrar una gran fiesta, reconociendo la realeza de Cristo: Cristo Rey de la Iglesia, de todos los cristianos, de todas las familias de todos los hombres. Rey que no viene a ser servido, sino a servir (cfr. Mt 20, 28) y a dar su vida, su Amor, para redimirnos de nuestros males y pecados, y a acompañarnos en nuestros sufrimientos.
“Hermanos: Demos gracias a Dios Padre, que os ha hecho capaces de compartir la herencia del pueblo santo en la luz. Él nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor, por cuya sangre hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”.
Cristo es el Verbo eterno, el Hijo de Dios Padre, Dios y hombre verdadero, “por quien todo fue hecho”, como proclamamos en el Credo al confesar, como católicos, nuestra Fe.
Han pasado cien años, y los “males latentes en la sociedad” siguen siendo muy semejantes. Tantas personas que no tratan a Cristo como verdadero Dios y hombre; que se alejan de sus mandamientos, que no renuevan su Fe al recibirlo en la Eucaristía; que no le manifiestan el arrepentimiento de sus pecados y ni siquiera le piden perdón en el sacramento de la Confesión.
En la mente del papa Pío XI al instituir esta fiesta había un claro propósito apostólico, una invitación a todos los católicos para que diéramos un claro testimonio de nuestra Fe. “Mientras más se niegue a Cristo y se repudie su autoridad en la vida pública, tanto más urgente es que los fieles proclamen su realeza con pública y solemne profesión de fe.” (Quas primas, n. 25).
Y el camino para dar ese testimonio nos lo da el Buen Ladrón, que acompañó a Cristo en el Calvario, como nos recuerda el Evangelio de hoy. En medio de las voces que se levantaban contra Cristo –“Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”, que repetían fariseos, escribas, sacerdotes del templo-, se alzó también la voz de uno de los malhechores crucificados con Él:
“¿No eres tú el Mesías? ¡Sálvate a Ti mismo y a nosotros!”.
Y el buen ladrón le contestó:
“¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio este no ha hecho nada malo”.
Y quizá, después de contemplar a Cristo en la Cruz, la gracia de Dios le abrió los ojos para dirigirse a Cristo viendo en Él al Rey del universo, de todo lo creado, al Rey que ya había sembrado en su corazón el Reino del Amor de Dios, la semilla de la Redención del pecado que estaba viviendo con su sangre derramada clavado en la Cruz: un “reino de santidad y de gracia, de justicia y de paz, de amor y de verdad”.
“Y decía: “Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino”.
El buen ladrón pidió como hombre pecador que ya había dejado entrar a Cristo en su alma.
“Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero ¿qué responderíamos, si Él preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que Él reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así, hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey” (san Josemaría Escrivá).
Y el Crucificado le respondió como Rey Eterno, Salvador y Redentor.
“En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Acompañemos a la Virgen Santísima al pie de la Cruz. Ella nos enseñará a contemplar a Cristo Crucificado y, descubriendo su Amor Redentor, abramos nuestra alma a su Gracia, y así reinará en nuestras inteligencias y vivamos de su Verdad; dispongamos nuestra voluntad y obedezcamos sus mandamientos; agrandemos nuestro corazón y vivamos en su Amor; ofrezcámosle nuestros cuerpos viviendo en castidad y modestia (cfr. Quas primas, 33).
