«Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa vais a tener? ¿No hacen eso mismo también los publicanos? Y si no saludáis más que a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de particular? ¿No hacen eso mismo también los gentiles? Vosotros, pues, sed perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial (San Mateo 5, 43-48).
COMENTARIO
Después de hablar del pecado como algo existencial y no sólo legal, hoy hablamos de las leyes y preceptos que Dios dio a Israel, que no sólo eran normas, sino sabiduría, cultura y santidad, que puso a Israel muy por encima de las naciones circundantes, haciéndolo no sólo diferente de todos los pueblos, sino verdaderamente superior en todo, física, social y moralmente.
Una desproporción aún mayor, hay entre la santidad cristiana y cualquier otra sobre la tierra. La perfección de Dios es tan inalcanzable para la mente y la voluntad humanas, como lo es Dios mismo. Sólo conocemos de Dios lo que Él nos ha querido revelar directamente o a través de sus obras. Del mismo modo, nuestra participación en el ser y los dones que de Él recibimos, nunca podrán compararse con el ser de Dios o sus atributos. Los antiguos recibieron el imperativo de ser santos porque Dios es santo, y nosotros de ser perfectos, porque ha tenido a bien darnos de su naturaleza. La perfección de aquellos no podía igualarse a la nuestra, porque lo que ellos conocieron de Dios no es comparable a lo que a nosotros nos ha sido concedido en Cristo: el Espíritu Santo que, de hecho, hemos recibido, para ser hijos, participando de su naturaleza. Por eso dice Jesús: “Si vuestra justicia no es superior a la de los escribas y fariseos, no entraréis en el Reino de los cielos”; al que se le dio mucho se le pedirá más.
En el libro del Eclesiástico leemos: “el Altísimo odia a los pecadores, y dará a los malvados el castigo que merecen” (Eclo 12, 6). Y también san Pablo dice: “Ni impuros, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni homosexuales, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni ultrajadores, ni explotadores heredarán el Reino de Dios.” (1Co 6, 9-10) Pero añade: “Y tales fuisteis algunos de vosotros.” En el don de este amor gratuito del Espíritu Santo, hemos sido llamados a una nueva vida y a una nueva justicia en el amor, que responde a la gracia y la misericordia recibidas. “Habéis sido lavados, habéis sido santificados, habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios.”
Podemos entender lo de “sed perfectos”, diciendo: sed perfectos con los demás, como yo lo soy con vosotros: “amaos como yo os he amado”. El amor, en efecto, es la perfección del Hijo que especifica el Evangelio, y estamos llamados a que sea también la nuestra, si recibiendo el Espíritu Santo, Él derrama en nuestros corazones el amor de Dios. “Para que seáis hijos de vuestro Padre celestial”.
La perfección del Padre celestial que hace salir su sol sobre buenos y malos y manda la lluvia también sobre los pecadores, es reproducida en el Hijo, que se entrega por todos, y es preceptiva en sus discípulos, para que el mundo la reciba por el amor: “Quien a vosotros reciba, a mí me recibe, y quien me reciba a mí, recibe a Aquel que me ha enviado.”
