En aquel tiempo, dijo uno de entre la gente a Jesús: «Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia».
Él le dijo: «Hombre, ¿quién me ha constituido juez o árbitro entre vosotros?»
Y les dijo: «Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues, aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes».
Y les propuso una parábola: «Las tierras de un hombre rico produjeron una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos, diciéndose: “¿Qué haré? No tengo donde almacenar la cosecha”. Y se dijo: “Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré otros más grandes, y almacenaré allí todo el trigo y mis bienes. Y entonces me diré a mí mismo: alma mía, tienes bienes almacenados para muchos años; descansa, come, bebe, banquetea alegremente”.
Pero Dios le dijo: “Necio, esta noche te van a reclamar el alma, y ¿de quién será lo que has preparado?”.
Así es el que atesora para sí y no es rico ante Dios» (San Lucas 12, 13-21).
COMENTARIO
El marco en el que está inscrito este evangelio es una concentración de miles y miles de personas, para escuchar al maestro.
Justamente el pasaje anterior al capítulo 12 de Lucas, Jesús denuncia la hipocresía de esta clase dominante, que cumple todas las prescripciones de la ley, hacen abluciones, purifican las copas, pero su corazón y su vida está lejos del culto que Jesús, dejan “de lado la justicia y el amor a Dios” (Lc 11, 37-54).
Inmediatamente después (Lc 12, 1), se narra que “en esto, habiéndose reunido miles y miles de personas, hasta pisarse unos a otros, se puso a decir: guardaos de la levadura de los fariseos, que es la hipocresía…”
De lo que se deduce que la gente le tiene por alguien que tiene autoridad moral, que su palabra es escuchada, que reconocen en él una figura profética, en un ambiente de cada vez mayor animadversión hacia él por parte de fariseos y escribas.
Y en esto, uno de la gente dice: “Di a mi hermano que reparta la herencia conmigo”.
En la Torá aparecen las normas de la repartición de la herencia (Dt 21, 17): el primogénito recibirá el doble de la herencia que el resto de sus hermanos, con quienes comparta la herencia. En caso de desacuerdo, como ahora, uno se llega a una instancia, a un juez, que establezca las condiciones de la herencia y que resuelva el desacuerdo.
A Jesús este hombre le reconoce esa autoridad, y le pide que intervenga; pero Jesús aprovecha el envite para enseñarnos, a nosotros y a ambos hermanos, al que reclama y al que no quiere dar: “mi misión no es mediar entre vosotros por vuestro dinero”: “¡Guardaos de la codicia!” Porque no podéis servir a Dios y al dinero, que es el ídolo por excelencia, es tratar de asegurarse uno la vida. La vida no está asegurada por los bienes que uno posee.
“¡Guardaos de la codicia!” es lo mismo que “Amarás al Señor tu Dios, con todo el corazón, todas tus fuerzas, toda la mente” (¡Shemá!, Dt 6, 4) y nace en el primer mandamiento de la Torá: “Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
La incompatibilidad del afán de dinero y el Reino de Dios radica en un hecho fundamental: ¿De quién te viene la vida?, ¿quién te ha dado el ser?, ¿cuál es tu destino?, y al final la última pregunta: ¿Dios existe?
En el encuentro personal con el Señor, con la perla escondida, con el tesoro oculto, dice san Pablo: “Más aún, juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por él perdí todas las cosas; incluso las tengo por basura con tal de ganar a Cristo” (Flp 3, 8).
Y ¿por qué aparecen tan explícitamente en el evangelio las referencias al dinero? (El pasaje que comentamos hoy, o el otro que se refiere a que no podéis servir a Dios y al dinero, etc.)
En definitiva, porque el acúmulo de bienes es el espejismo de que nos podemos asegurar el futuro, de que vamos a poder cubrir nuestras necesidades, que van a estar cubiertas nuestras expectativas, deseos y proyectos. Aparentemente quien tiene el dinero, tiene el poder, pero siempre es insatisfactorio, parcial y efímero, porque “¡necio!, ¡hoy te pedirán el alma!”
