En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les habla indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (San Mateo 28, 16-20).
COMENTARIO
“Guardar la Palabra”, esa frase que tantas veces Jesús pronunció y que encontramos a lo largo del Evangelio:
Y él dijo: “Antes bienaventurados los que oyen la palabra de Dios, y la guardan” (Lucas 11:28) o, “Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:31)
Que culminan en la Palabra que habla de María, nuestra madre: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas en su corazón” (Lucas 2:19)
Esta, podríamos decir “obsesión” del Padre por mostrarnos el camino del discipulado entraña algunas reflexiones en las que podemos detenernos hoy para meditar este texto del Evangelio.
El verbo “guardar” implica varias actitudes que nos deben acompañar cuando nos aproximamos a la Palabra de Dios: en primer lugar, guardar, exige la voluntad de preservar, cuidar, proteger nuestro interior para que la Palabra permanezca allí, por lo tanto es necesario estar atentos, volver hacia ella y comprobar que no se ha ido.
En segundo lugar, guardar, no significa escudriñar, entender, analizar…”guardar” simplemente supone abrir nuestro corazón como lo hacen los niños, confiando y dejar pasar hacia dentro la Palabra que nos llega, como una brisa, sin oponer resistencia, permitiendo que descanse en nuestro interior y se abra a nuestra comprensión cuando Dios lo quiera.
