En aquel tiempo, María dijo: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, “se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humildad de su esclava”.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: “su nombre es santo, y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación”.
Él hace proezas con su brazo: dispersa a los soberbios de corazón, “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia” —como lo había prometido a “nuestros padres”—
en favor de Abrahán y su descendencia por siempre». María se quedó con Isabel unos tres meses y volvió a su casa (San Lucas 1, 46-56).
COMENTARIO
Este texto es el canto de exultación que María, la nueva Eva, la madre de la creación restaurada. La Creación quedó herida por el pecado, después de la caída, al haber sido engañada la antigua Eva por Leviatán, el enemigo, la serpiente antigua y primordial. La humanidad, representada por esta Eva, pierde el paraíso de la cercanía de Dios, su padre y creador, y queda vagando sin rumbo por el desierto a la busca de un agua que calme su sed de felicidad.
Este canto de la nueva Eva centra en unos pocos versículos la experiencia de la salvación: Reconocimiento de la grandeza del Señor, frente a la pequeñez de la criatura.
Aceptación de la propia humildad, exaltada incluso hasta poder engendrar y materializar en nuestra carne a quien está por encima del tiempo, del espacio, del universo: al Eterno.
Experiencia de la justicia divina: “derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”. Debe ser entendida esta máxima no como un programa revolucionario de cambiar a un poderoso por otro poderoso, sino como la experiencia del Siervo de Yahveh, que canta Isaías. El que es depreciado, asco del pueblo, ante quien se vuelve el rostro, la imagen del daño que produce el pecado, este, el Cristo, es el que con su Resurrección ha restaurado la imagen del hombre y le ha abierto un camino para que pueda encontrarse con Dios.
Este es el auxilio que recibe Israel de parte de Dios, que no ha olvidado su antigua alianza, sino que la ha ampliado y la ha hecho universal, católica, albergando en esta nueva alianza a hombres de toda raza, pueblo y condición.
Con ello ha restaurado la suerte de Jacob.
Y eso se ha hecho gracias a una joven virgen de un pueblo olvidado de Galilea, que al recibir en su seno al Eterno no puede menos que cantar su alabanza.

1 comentario
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