Decía Jesús; “¿A qué es semejante el reino de Dios o a qué lo compararé? Es semejante a un grano de mostaza que un hombre toma y siembra en su huerto; creció, se hizo un árbol y los pájaros del cielo anidaron en sus ramas”. Y dijo de nuevo: “¿A qué compararé el reino de Dios? Es semejante a la levadura que una mujer tomó y metió en tres medidas de harina, hasta que fermentó”. (San Lucas 13, 18-21).
COMENTARIO
¿Pero qué es el reino de Dios? ¿Acaso es lo que os prometen los políticos o las ideologías? ¿Acaso es lo que nos ofrece el mundo? ¿Es dinero, éxito, salud, poder? No.
Jesús no compara el reino de Dios con el imperio romano, o con otro gran imperio de la antigüedad. Jesús dice que el reino de Dios es algo diminuto: es semejante a un grano de mostaza. Pero un grano que un hombre ha de sembrar en su huerto: en su corazón.
María sembró la palabra del ángel Gabriel en su corazón y concibió al Hijo de Dios, por obra y gracia del Espíritu Santo. María, la pequeña María, dijo sí a la palabra del ángel y sembró en su huerto, en su corazón la Palabra. María, la Iglesia, es esa mujer que con un poco de levadura va fermentando la masa de toda la humanidad.
Los apóstoles, no entendían, pero sí aceptaron la Palabra de Jesucristo, por obra y gracia del Espíritu Santo, y también los primeros cristianos. Así nacieron las primeras comunidades, y así se fue extendiendo el anuncio del evangelio por todo el orbe, en medio de las persecuciones del mundo, y bajo los consuelos del Espíritu Santo, la providencia del Padre y los méritos de Nuestro Señor Jesucristo.
Que también nosotros sembremos en el huerto de nuestro corazón esta Palabra.
