Dijo Jesús a sus discípulos «Os echarán mano y os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y cárceles y llevándoos ante reyes y gobernadores por mi nombre; esto servirá de ocasión para dar testimonio. Proponed pues, en vuestro corazón no preparar la defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a la que no podrán resistir ni contradecir todos vuestros adversarios. Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre. Pero no perecerá ni un cabello de vuestra cabeza; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas (Lucas 21,12-19).
COMENTARIO
En ningún momento de su predicación dijo Jesús que seguirlo fuera un camino de rosas, aunque su yugo fuese suave y su carga ligera. Esperanza difícil la que propone. Ni fue un líder triunfalista, ni se rodeó de grandes protocolos.
Acababa de predecir el fin de los tiempos aludiendo a la destrucción del templo de Jerusalén, guerras, falsos profetas, cataclismos… Tras ese discurso de despedida comienza su Pasión. Pero “antes de todo” lo que ha predicho, anuncia a sus discípulos las vicisitudes y escollos que tendrán que esquivar si dan testimonio de su fe. Y les propone aguante, entereza, perseverancia para resistir las adversidades, aludiendo a la evidencia inquietante de que la vida humana tiene fecha de caducidad. No lo hace con pesimismo, sino que los anima a no temer, a no dejarse engañar ni seducir por promesas volátiles.
Que haya personas con tanta fe que no la oculten e incluso entreguen su propia vida, hace que me avergüence de la mía. Ante la posibilidad de muerte violenta, me vencería el miedo, no tendría ese aplomo y esa fidelidad. Incluso en cosas más pequeñas me descubro egoísta, comodón y tacaño, incapaz de entregar a cambio de nada mi tiempo y mi ayuda.
Muchas veces tendemos a esconder la fe y reducirla al ámbito personal. Ser cristiano no está de moda, es “un traje para usar en privado” en todo caso; ahora los dioses son el progreso y la modernidad. Y la disponibilidad del creyente, que para todos está, sin imponer nada a nadie, tampoco es moda.
Que los tiempos sean difíciles—ya lo escribió Dickens —, no implica desánimo, pasividad o derrotismo, aunque traigan pobreza, miedo, inseguridad, deshagan planes y arruinen familias. Es el momento de ser testigos vivientes y valientes de Jesús y convencer con el ejemplo, sin perder de vista el faro que nos ilumina y pacífica. Perseverar no es rechazar cambios, sino aprender a escuchar la voz de Dios en tono diferente en los nuevos tiempos, viviendo en incesante conversión. No se nombra la paciencia en este mundo de inmediatez y prisas… A nada le encontramos sentido durable y acabamos crispados o depresivos en medio de injusticias y contrariedades. Ser paciente no es estar inactivo o pasivo, sino ser capaz de concentrar la fuerza interior necesaria para permanecer sereno, en la seguridad de que un Dios compasivo sostiene y conduce con amor mi historia, aunque a veces yo la vea borrosa. El impaciente se vuelve intolerante. Protesta pero nada aporta – “la intolerancia es la angustia de no tener razón” (A.Sajarov ) -, critica pero no da alternativas. Está amargado, no irradia esperanza, no es buena compañía. El paciente combate cada día, ni se deprime ni se entristece, admira y ama la vida porque tiene sus raíces en Dios, que es pura Vida.
No es fácil ser cristiano, ni en tiempos revueltos, ni en los pacíficos. Vivir «a la buena de Dios», es tener siempre presente la muerte, la vida, el amor y el odio, o la plaga de la indiferencia hasta que Él venga. Porque aun siendo el Dios del amor, a veces se da a conocer por el odio de muchos a su Nombre y a su obra en nosotros. Y no es algo lejano, sino ocurrente en el entorno diario donde Él intenta entrar cada día. Abrirse y agarrarse a su Palabra, es nuestra arma de batalla, y el salvavidas para la tormenta. Mirando la Cruz es difícil entender lo que dice el Evangelio: que «no perecerá ni un cabello de nuestra cabeza» aunque «Seréis entregados por padres, hermanos, parientes y amigos, y matarán a algunos de vosotros, y seréis odiados de todos por causa de mi nombre». Son las dicotomías proféticas que requieren para su entendimiento una confianza total en los planes del Padre, y una gracia suya para aceptarlos. Aunque los enemigos de cada uno puedan estar en su propia casa, Jesús, como signo de contradicción, siempre está presente también haciendo en cada uno testimonio de su cruz, y piedra de toque definitiva para el amor. El camino del cristiano, antes de abrir como una rosa que adorne la mesa del Reino, tiene muchas espinas y solo abrirá su flor perseverando, conservando el tronco espinoso de la cruz, por donde circula la savia de Dios. La rosa, las espinas y el tronco, todo es rosal.
S. Lucas, el evangelista de la misericordia, hoy nos desconcierta no solo informando, sino profetizando el odio como una realidad del discípulo hasta en la propia familia, solo por creer en el Nombre de Jesús, que trajo amor en su Palabra irresistible para el que de verdad la escucha.

3 comentarios
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