En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles: «No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz, sino espada. He venido a enemistar al hombre con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; los enemigos de cada uno serán los de su propia casa.
El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará.
El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.
El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa».
Cuando Jesús acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí para enseñar y predicar en sus ciudades. (San Mateo 10, 34-11.1).
COMENTARIO
Aunque el calor nos ha introducido de lleno en el tiempo (o en el deseo) de las vacaciones, la Iglesia continúa con su labor de madre, dándonos una palabra que ilumine el verdadero significado del tiempo en el que vivimos. Durante toda la semana pasada hemos sido instruidos con el mismo discurso con el que el Señor instruyó a sus apóstoles para la misión que implicaba su elección, según nos narra el capítulo 10 del evangelista Mateo.
Es una palabra dura, pero no tan tajante como la que encontramos en los paralelos de Lucas, la cual es considerada la original, mientras que Mateo ha intentado hacerla más asequible para sus oyentes. Como es habitual en mi comentario, comenzaré aclarando ciertos matices que nos pueden ayudar a comprender mejor este texto tan directo y que muchas veces se intenta modificar para «domesticarlo» y hacerlo «digerible» de acuerdo a los parámetros que cada uno se ha fabricado de Dios, de su Hijo y de la misión de la Iglesia.
La elección que presenta el evangelista entre la familia y Jesús no era algo novedoso para aquellos que escuchaban; esta idea ya existía en el judaísmo; este consideraba que el amor a los padres debía quedar siempre en segundo lugar ante el amor a Dios, a la ley, y al maestro en el estudio de la ley. Del mismo modo, el mundo estoico enseñaba que la idea de «bien» —según el ideal moral de sus sabios— debía ser preferido a todo parentesco: «Ni mi mismo padre es algo para mí, sino el bien».
Otro detalle es el uso que el evangelista hace —de nuevo— del término «pequeños». Dice al respecto, Josef Schmid en El Evangelio según san Mateo: «El calificativo de «pequeños» lo reciben (como en 18,10.14) por ser gentes insignificantes, sin categoría ni poder, y que, por lo mismo, no son nada a los ojos del mundo. Pero su carácter de discípulos de Jesús les da, ante Dios, una dignidad especial (cf. 11, 11); por ello quien, aun sin dispendios de dinero ni especial esfuerzo, les preste el más pequeño servicio, recibirá «su» recompensa, esto es, probablemente, la recompensa propia de un discípulo». Asimismo, tanto los términos «profeta», como «justo» representan a «hombres de Dios» y su aceptación implica la aceptación del mismo Señor, así como su mensaje. La recompensa de acoger a estos personajes (no solamente en el ámbito de la hospitalidad) por el mero hecho de ser enviados de Dios sería la participación de los beneficios de sus carismas (profeta o justo).
Al profundizar en esta palabra yo me daba cuenta de que la dureza no está en lo que dice, sino en mi modo de ser oyente. ¿Qué quiero decir? Bien es verdad que si «yo» soy el que he elegido ser cristiano; si «yo» soy el que hago, el que celebro, el que moralmente intento cumplir una serie de normas que me permitan considerarme de alguna forma «cristiano», esta palabra me desborda; es incumplible.
Por esto, esta palabra no se puede sacar de contexto: el origen de la elección, de la llamada. Es Cristo el que llama, el que elige: «Ven y sígueme». Esta palabra va más allá de enseñarnos o advertirnos de lo que implica ser cristiano en las relaciones con la familia. Es una palabra que nos advierte de las consecuencias que conlleva aceptar la misión de ser apóstol, enviado, colaborador de Cristo en el anuncio de la buena noticia: «Si al dueño de la casa le han llamado Beelzebul, ¡cuánto más a sus domésticos!». Toda esta palabra nos habla del «dolor» humano que implica el seguir al Señor. Un dolor que va más allá de posponer el amor a los padres y a los hijos dado que coger la cruz y seguir a Jesús significa estar dispuesto a recibir el martirio por esta elección. En definitiva —como afirma Josef Schmid— el pensamiento central de esta palabra nos presenta «el dolor en sus formas más variadas, separación de los seres queridos, persecución y finalmente el martirio» como un distintivo propio del discípulo.
Pero esta palabra no tiene la finalidad de que nos vayamos tristes, como el joven rico, sino que nos anima en este mes de Julio caluroso a recordar que estamos hechos para el cielo. Es Jesús el que convoca, el que capacita a los incapacitados —como hizo con los primeros 12 elegidos—; es Jesús el que llama al martirio que aparece no como una gran «machada» cristiana, sino como una gracia especial. Todos los discursos presentados por los mártires ante sus acusadores no han sido una simple confesión de sus propias convicciones humanas, sino palabras pronunciadas por el Espíritu Santo a través del confesor de Jesucristo. Solo se puede ser cristiano estando unido a Cristo. De aquí la radicalidad en el comportamiento con los afectos, los ídolos y el mundo.
En definitiva, esta palabra viene a hacerme ver que mientras busco esa recompensa que satisfaga o dé sentido a mi existencia, en la oferta del mundo, estoy perdiendo la verdadera vida para la que he sido creado y a la que estoy llamado en Cristo. Sin embargo, confesando a Jesús, siguiéndole —sin coacción alguna— alcanzaré esa vida —la salvación anhelada— que no es de este mundo y que, este mundo, con sus grandes avances es incapaz de «clonar».

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