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Evangelio

El que pierda su vida por mí, la encontrará

By BuenaNueva2 de julio de 2017Actualizado:2 de julio de 20174 comentarios5 Mins de lectura
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En aquel tiempo, dijo Jesús a sus apóstoles:

«El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí; y el que no carga con su cruz y me sigue no es digno de mí.

El que encuentre su vida la perderá, y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado; el que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá recompensa de profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá recompensa de justo.

El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no perderá su recompensa». (Mt 10, 37-42)

Para vivir este momento de oración meditando el Evangelio, podemos dividir el texto que nos ofrece hoy la Iglesia en dos partes. La primera, desde el comienzo hasta el versículo:

“El que encuentra su vida la perderá y el que pierda su vida por mí, la encontrará”.

En estas primeras frases el Señor nos invita a abrir nuestro corazón, nuestro espíritu a la inefable Luz de Dios. Llenos de esa Luz, huiremos de la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, en nuestra propia miseria, en la perspectiva de autorealizarnos en los horizontes de nuestra particular visión del mundo. Y, al abrirnos el corazón y la inteligencia, Jesucristo nos indica el camino para seguirle y encontrar la verdadera riqueza: el mismo Cristo, Nuestro Señor.

“El que no carga con su cruz y me sigue, no es digno de mí”

En la Cruz de Cristo descubrimos todo el amor que Dios nos tiene –“da su vida por nosotros”-; y mirando la Cruz, llevaremos con serenidad la cruz nuestra de cada día. Y al llevarla con serenidad, descubriremos el Amor que da sentido y vida a todos nuestros amores: Jesucristo, muerto y Resucitado.

No nos dice el Señor que no amemos a nuestros padres, que no amemos nuestras propias vidas. Nos recuerda que amemos de todo corazón a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque sin ese amor de Dios en nuestros corazones nunca amaremos verdaderamente a nuestros padres como Él mismo quiere que les amemos, y nunca descubriremos el Amor de Dios en los acontecimientos de nuestra vida.

Cristo, que con el Padre y el Espíritu Santo nos creó, quiere recordarnos con estas indicaciones que el horizonte real de nuestra vida es la vida eterna, es la vida para siempre con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, que ya comenzamos a vivir aquí en la tierra.

En la segunda parte del texto del Evangelio, el Señor nos abre otros horizontes.

“El que os recibe a vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe, recibe al que me ha enviado”.

Con estas palabras, Jesucristo Señor nos descubre el tesoro, la perla escondida, que el mismo Hijo de Dios nos regala cuando queremos amar a Dios sobre todas las cosas. Ese tesoro escondido es el poder amar con su corazón a todas las personas, y afrontar con su gracia todas las situaciones de nuestra vida. Y, de esa manera, ser “portadores de Cristo” en medio del mundo.

Portadores de Cristo. Llevamos a Cristo en nuestro corazón; y Él quiere que todos nuestros actos transluzcan ese amor suyo a todas las criaturas. Por este camino, el mundo se llenará de Luz, de Paz.

¿Cómo es posible que un amigo, un familiar, un conocido, un desconocido, reciba a Cristo, al recibirnos a nosotros?

“El que recibe a un justo, porque es justo, tendrá recompensa de justo”

Pero, ¿quién es justo sino sólo Dios?

Y aquí está el milagro de la Gracia; el milagro de la cooperación que el Señor nos pide para que demos testimonio de su Vida, de su Amor, con nuestra propia vida.

Buscando a Cristo, mirando y contemplando a Cristo, muerto y resucitado; amando a Cristo, pidiéndole perdón por nuestros pecados; nuestra vida ya no es reflejo de nosotros mismos: es reflejo de Quien vive en nosotros, es reflejo de la misma vida de Cristo.

“No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 20), escribe san Pablo.

“Abrazar la fe cristiana es comprometerse a continuar entre las criaturas la misión de Jesús. Hemos de ser, cada uno de nosotros, alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, el mismo Cristo. Sólo así podremos emprender esa empresa grande, inmensa, interminable: santificar desde dentro todas las estructuras temporales, llevando allí el fermento de la Redención” (san Josemaría Escrivá, “Es Cristo que pasa”, n. 183).

Dar ese testimonio de amor de Dios en medio del mundo, en tantas circunstancias en las que nos encontramos, supone en muchas ocasiones sacrificios, vencimientos costosos y difíciles de vivir. Es cierto. Tantas veces al manifestar y dar testimonio de nuestro Fe somos despreciados, mal considerados, por quienes nos rodean.

El Señor nos anima a perseverar, a seguirle, con la frase final del Evangelio de hoy: “El que dé a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños, solo porque es mi discípulo, en verdad os digo que no quedará sin recompensa”.

Santa María nos dará la gracia de ofrecer nuestro testimonio de Fe en tantos instantes de nuestra vida. Cuando acompañamos a familias amigas en sus alegrías y en sus penas. Cuando animamos a acudir al sacramento de la Reconciliación y pedir perdón de sus pecados; cuando vivimos con ellos las Primeras Comuniones, los Bautizos de sus hijos.

Y la recompensa es el Cielo; la Vida Eterna con, y en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.   

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