En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: «¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?»
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo: «En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños» (San Mateo 18, 1-5. 10.12-14).
COMENTARIO
“Se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?”.
Los apóstoles están en camino acompañando al Señor en su ida a Jerusalén donde va a ser apresado, juzgado, condenado y crucificado. El Señor les ha anunciado ya su pasión, pero ellos siguen preocupados de cosas muy humanas y terrenas.
Jesús les quiere dar una lección que les ha de servir a lo largo de toda su vida en la tierra. Acercó a sí a un niño, y les dijo:
“En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como los niños, no entraréis en el Reino de los Cielos. Pues todo el que se humilla como este niño, ése es el mayor en el Reino de los Cielos y el que recibe a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe”.
El espíritu de los niños está abierto a recibir y a aprender del amor y de las enseñanzas de sus padres, que han de ser cauce para que sus hijos conozcan y amen a Cristo y vivan sus enseñanzas. Y para que sus palabras y sus acciones llenen el corazón de las criaturas de amor de Dios, han de ser conscientes de que sus hijos son suyos y son hijos de Dios:
“Guardaos de despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos están viendo siempre el rostro de mi Padre que está en los Cielos”.
Un recuerdo a los Ángeles Custodios, que tan bien cuidan del alma y del cuerpo de los niños, y de los mayores, y que quizá hemos aprendido de nuestros padres que nos han enseñado esta oración tan sencilla y cariñosa: “Ángel de mi Guarda, dulce compañía, no me dejes solo ni de noche ni de día, que me perdería”.
Quizá los olvidamos con frecuencia y no le pedimos que nos ayuden en los avatares de cada día, nos recuerden el amor que Dios nos tiene, y nos ayuden a abrir nuestro corazón para que amemos más y más cada día a Nuestro Señor Jesucristo. Con su amistad enseñaremos mejor a nuestros hijos a no abandonar sus oraciones al comenzar y al terminar cada día.
El Señor termina su enseñanza recordándonos otra lección de amor a nuestro prójimo.
“¿Qué os parece? Si un hombre que tiene cien ovejas pierde una de ellas, ¿no dejará las noventa y nueva en el monte y saldrá a buscar la que se había perdido? Y si la encuentra, os aseguro que se alegrará más por ella que por las noventa y nueve que no se habían perdido. Del mismo modo no es voluntad de vuestro Padre que está en los Cielos que se pierda ni uno solo de estos pequeños”.
Una lección de amor que nos transmite el Amor que Dios nos tiene a cada uno de nosotros, y que nosotros podemos comenzar a descubrir si nos hacemos niños en su presencia.
Y nos hacemos niños ante Él, y nos convertimos verdaderamente en hijos suyos, cuando le rezamos dándole las gracias por la vida; por su cercanía en los Sacramentos, especialmente en el de la Confesión y en la Eucaristía; cuando le tratamos como un verdadero Padre que envía a su Hijo, Jesucristo, para redimirnos de nuestros pecados; cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y de nuestras faltas y acudimos al sacramento de la Confesión; cuando perdonamos y pedimos perdón a los que conviven con nosotros sabiendo que ellos son también hijos de Dios.
“Madre, ahí tienes a tu hijo”. El Señor, clavado en la Cruz, nos dio a María como madre. Ella nos acogerá en su corazón materno y con nosotros llevará nuestra cruz de cada día, bien unidos a la Cruz de su Hijo, Jesucristo, ofreciéndola por la conversión de todos los pecadores. Que nos hagamos niños, pidamos perdón a Dios de nuestros pecados, y a los hombres, abandonemos la soberbia, el egoísmo, el odio, las impurezas, etc.
Y así nos uniremos a la gloria de María en su Asunción a los Cielos, y viviremos siempre unidos al Amor de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que quiere que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la Verdad” (cfr. 1 Tm 2, 4-6).
