Un día, estaba Jesús enseñando, y estaban sentados unos fariseos y maestros de la ley, venidos de todas las aldeas de Galilea, Judea y Jerusalén. Y el poder del Señor estaba con él para realizar curaciones.
En esto, llegaron unos hombres que traían en una camilla a un hombre paralítico y trataban de introducirlo y colocarlo delante de él. No encontrando por donde introducirlo a causa del gentío, subieron a la azotea, lo descolgaron con la camilla a través de las tejas, y lo pusieron en medio, delante de Jesús. Él, viendo la fe de ellos, dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados».
Entonces se pusieron a pensar los escribas y los fariseos: «¿Quién es éste que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino sólo Dios?».
Pero Jesús, conociendo sus pensamientos, respondió y les dijo: «¿Qué estáis pensando en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados —dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla y vete a tu casa”».
Y, al punto, levantándose a la vista de ellos, tomó la camilla donde había estado tendido y se marchó a su casa dando gloria a Dios.
El asombro se apoderó de todos y daban gloria a Dios. Y, llenos de temor, decían: «Hoy hemos visto maravillas» (San Lucas 5, 17-26).
COMENTARIO
Nos hallamos hoy ante una escena en casa de Pedro, en Cafarnaúm, durante el primer año de la vida pública de Jesús. Su fama se ha extendido ya por todo Israel, hasta Jerusalén, y de allá vienen escribas y fariseos, más que a escuchar su palabra, a controlar su enseñanza por ver si en ella encuentran algo sospechoso de heterodoxia. La casa está abarrotada de gentes, entre propios y extraños, pues la doctrina y milagros del maestro de Nazaret son la sensación de toda la ciudad.
Y entre los que buscan curaciones, aparece un paralítico llevado en camilla por dos familiares. Como no pueden llegar ni a la puerta a causa de la
multitud agolpada en ella, se les ocurre otra solución: subirle al terrado, quitar algunas losetas y descolgar la camilla por ahí. Así lo hacen, y al final consiguen poner al hombre delante de Jesús. Es evidente su inmensa confianza en El.
El Señor, a la vista de todo ello y sabiendo que para cualquier enfermo es más grave la dolencia del alma que la del cuerpo, va directo a curar lo más esencial, y antes que otra cosa le anuncia el perdón de sus pecados. Conoce que el sufrimiento de la persona proviene ante todo de su alejamiento de Dios. Para un paralítico la incapacidad y dependencia total de los demás, es algo muy duro; a este hombre le hace desconfiar del amor de Dios, y ése es el origen de su amargura.
Ante esta declaración de Jesús, inmediatamente los letrados y doctores de la Ley se escandalizan: ¡se está atribuyendo un poder divino! ¡este hombre blasfema! ¡pretende ser igual a Dios!. Pero se guardan sus severos juicios, y no abren la boca.
Jesús, que lee sus pensamientos aunque no los expresen, va a dejar claro que quien tiene el poder de curar, dado por Dios, también lo tiene para perdonar los pecados en su nombre. Y con una palabra, cura al paralítico. El hombre se levanta, toma su camilla y a la vista de todos, sale andando y alabando a Dios. No sólo está curado sino que ha reconocido que Dios le ama, lo cual le reconcilia con su vida. Y ha sido la fe de aquellos que le llevaron, la que ha obtenido este milagro de Jesús, pues El requiere de antemano la fe para curar a alguien.
Este pasaje llega hoy a nosotros para hacernos reflexionar sobre el origen de nuestras amarguras y tristezas. No son, como solemos pensar, los
reveses de la vida, los fracasos, las decepciones que recibimos de los demás o las enfermedades propias o cercanas. Es más bien la duda que se
nos crea en el corazón sobre el amor de Dios como consecuencia de todo ello. Esa duda nos oscurece la vida, nos apaga la fe y nos roba la alegría.
Sin embargo todas las situaciones adversas que podamos imaginar son permitidas por Dios para llevarnos al encuentro de Cristo, como le ocurre a
nuestro paralítico de hoy. Este hombre vive una experiencia de salvación integral que le arranca de su incredulidad, le devuelve la salud y le cambia
radicalmente la vida. Recupera la fe y con ella, la alegría de vivir. Porque se ha sentido perdonado por Jesús, a la vez que sanado.
Podríamos decir que su parálisis le ha llevado providencialmente a conocer a Cristo. Y a través de ese encuentro ha descubierto un amor de Dios que es más grande que todas sus miserias, sus quejas y su desesperación. Dios se ha valido de su enfermedad para darle a saborear la salvación, más allá de toda dolencia y precariedad humana. Por eso puede volver a casa alabando y bendiciendo al Altísimo por su misericordia.
Así pues, si las adversidades de la vida nos conducen a buscar y encontrar a Cristo, el único sanador que necesita nuestro espíritu, ¡benditas sean esas adversidades!. Pues finalmente, todo lo que el hombre busca y hambrea en la vida es sentirse conocido y comprendido en su situación, por dolorosa que ésta sea; sentirse aceptado y amado en sus contradicciones, para hallar en ello su razón de vivir. Y ese encuentro con Cristo se da ciertamente en la Iglesia, pues El habita en quienes creen en su Nombre.

5 comentarios
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