Después de que Jesús hubo saciado a cinco mil hombres, sus discípulos lo vieron caminando sobre el mar. Al día siguiente, la gente que se había quedado al otro lado del mar notó que allí no había habido más que una barca y que Jesús no había embarcado con sus discípulos, sino que sus discípulos se habían marchado solos.
Entretanto, unas barcas de Tiberíades llegaron cerca del sitio donde habían comido el pan después que el Señor había dado gracias. Cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús.
Al encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo has venido aquí?».
Jesús les contestó: «En verdad, en verdad os digo: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros. Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a este lo ha sellado el Padre, Dios».
Ellos le preguntaron: «Y, ¿qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?».
Respondió Jesús: «La obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado» (San Juan 6, 22-29).
COMENTARIO
Una vez más en estos encuentros pascuales, la palabra hace alusión a la Eucaristía a través de figuras como el maná, alimento mesiánico, el pan del cielo, el pan de Dios, o el pan de vida eterna, que viene a colmar el ansia insaciable del corazón humano. Se nos propone hoy el comienzo de esta catequesis eucarística del “Pan de vida”, que hace responder a Israel: “Señor, danos siempre de ese pan”, y a los gentiles por boca de la samaritana: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed.» Los gentiles, en efecto, deben primero ser bañados en el agua que salta hasta la vida eterna por el bautismo, para poder pasar después al banquete del Pan de la vida.
Dios sacia de pan en Egipto con José durante cuatrocientos años, después con Moisés, durante cuarenta años al pueblo en el desierto, y al profeta Elías durante cuarenta días, pero “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Todo pan nutre la vida del hombre por un tiempo y después perece; Dios les dio el maná a los israelitas, y murieron unos en el desierto y otros en la tierra prometida. Dios dio a Abrahán la promesa, y la ley a Israel, pero siguieron muriendo sin ver su pleno cumplimiento. Sólo en Cristo se alcanza un pan que no perece y un alimento que sacia.
Todo hombre es llamado a realizar una obra en esta vida, que trascendiendo la muerte le permita alcanzar la comunión con Dios. Esta obra es la fe en Jesucristo, a quien el Padre ha enviado como Pan sustancial que permanece para vida eterna; su carne para la vida del mundo. Es su cuerpo que se entrega para hacer la voluntad de Dios, que es salvarnos de la muerte. Comer el cuerpo de Cristo es unirnos a su entrega por la vida del mundo, y el sacramento de esta entrega es la Eucaristía: “Sacramento de nuestra fe”, por la que decimos amén, a la voluntad salvadora de Dios.

5 comentarios
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