En aquel tiempo, dijo Jesús a Nicodemo: «Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre.
Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna.
Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna.
Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él» (San Juan 3, 13-17).
COMENTARIO
Nicodemo era un miembro del Sanedrín en Jerusalén. Mediante el diálogo de Jesús con él, el evangelista Juan presenta una revelación clara de quién es el Señor, cuál es la salvación que nos trae a los hombres, y la condición para alcanzarla. Jesús le explica que para entenderle hace falta fe. Compara su futura crucifixión con la serpiente de bronce, alzada por Moisés en un mástil, como remedio indicado por Dios para curar a quienes eran mordidos por las serpientes venenosas del desierto. Así Jesús, exaltado en la cruz, es salvación para todos los que la miren con fe.
Podemos y debemos aplicar esta simbología en el modo como asistimos al sacrificio incruento de Jesús, la Santa Misa. El Vaticano II en Ad gentes, 8 señala que nadie se libera del pecado por sí mismo y por sus propias fuerzas ni se eleva sobre sí mismo; nadie se libera completamente de su debilidad o de su soledad o de su esclavitud. Todos necesitan a Cristo, modelo, maestro, libertador, salvador y vivificador.
Una vez más renovemos nuestra actitud este domingo y, si es posible, todos los días, al vivir la Eucaristía y de la Eucaristía.
