En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Habéis oído el mandamiento «no cometerás adulterio».
Pero yo os digo: Todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero “gehenna”.
Se dijo: «El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio» Pero yo os digo que si uno repudia a su mujer – no hablo de unión ilegítima – la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio» (San Mateo 5, 27-32).
COMENTARIO
No me parece esta la mejor tribuna para el tratamiento de un tema tan delicado y fundamental como todo lo referido a la estabilidad del matrimonio cristiano, que aquí se nos recuerda como un contrato indisoluble entre hombre y mujer, es decir, eterno, de por vida, para siempre. Pero un contrato divino, lleno de amor, de entrega mutua, para ser, hombre y mujer, “una sola carne”.
Y precisamente, quizá, por ese compromiso de unión tan estrecho, tan reservado, tan exclusivo, tan definitivo, tan excluyente frente a los demás en el plano afectivo, destinado a la procreación y educación de los hijos y a la satisfacción sexual mutua de los esposos, para los que está plenamente vigente el principio que dio lugar a la vida sobre la tierra con el mandato divino de “creced y multiplicaros”.
En este contexto parece oportuno acudir a las fuentes primigenias del Génesis para abundar en esta verdad cristiana de la unión indisoluble. Así en 2, 22-25: “Así el Señor Dios hizo caer un letargo sobre Adán, que se durmió, sacó una costilla, y le cerró el sitio con carne. Y el Señor Dios formó de la costilla que había sacado de Adán una mujer y se la presentó a Adán. Adán dijo: “Esta sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por eso abandonará el varón a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán una sola carne”.
La rigidez y universalidad de este mandato de unión entre el hombre y la mujer se corona con el mandato divino de “no cometer adulterio”, y a tal efecto, Jesús cierra todos los caminos legales para salvarlo, ya sea por el “acta de repudio” que entonces se justificaba en los casos de infidelidad de la pareja, o por cualquier otro modo de actuar.
La iglesia mantiene la santidad de este precepto con la admonición que corona la promesa matrimonial de “lo que Dios a unido, no lo separe el hombre”.
