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BuenaNueva 26

El amor de Dios

By BuenaNueva5 de junio de 2012Actualizado:4 de noviembre de 2012No hay comentarios16 Mins de lectura
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¿Cómo ha de ser nuestro amor, Senor?, ¿cómo ha de ser, Dios mío?, si Tú nos lo requieres igual al tuyo, en el mandamiento nuevo que nos das: “…que os améis los unos a los otros como yo os he amado”. ¿Cómo Tú nos amas, Senor? ¿Y no es tu amor, infinito? ¿Apuesta tan grande, nos propones?

Pues, apenas repuestos del asombro gozoso de tus palabras, que nos incitan provocadoras a los amores del cielo, nos propones el modelo más sublime del amor que nos pides: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). Hablas de tu amor, sin duda, y es tu vida la que se da. Fue en la plenitud del tiempo nuevo, en la noche de tu Pascua, cuando estabas cerca de la cruz que los hombres levantaron para ti con sus pecados, en la sobremesa deliciosa de la primera eucaristía de tu cuerpo y de tu sangre, que lo manifestaste así a tus discípulos, con la angustia en tu corazón que ya presentía la cruel agonía de la carne, y para obedecer al Padre, que lo tenía dispuesto desde la eternidad.
Y para cumplir todas las profecías, saliste a orar al Monte de los Olivos, y después te entregaste voluntariamente a los enemigos que querían condenarte, y subiste al Calvario en compañía de los malhechores, y cargaste con la cruz que explicaba aquel amor tuyo mejor que mil discursos.
¡Jesús mío!, yo no tengo un amor como ése para darte. Yo no soy capaz de amar como Tú amas. Ni siquiera lo hago así con los que están más cerca de mi corazón, y soy egoísta e indiferente con los otros. ¡Oh Señor, cuántas ocasiones desperdiciadas para el amor!
¿Acaso será que aún vive en nosotros el hombre viejo?, ¿o que no hemos renacido en el “agua viva” de la palabra que salva?, ¿o que quizá no comprendimos tu mensaje más importante?, la buena noticia del amor para todos los hombres, la promesa de que nos amas con todas las consecuencias que ello comporta, incondicional y desinteresadamente, tal como somos cada uno de nosotros, y para siempre.

la ternura del Creador

Y es que ya desde el principio, la creación del mundo estuvo llena de ese amor, fue un puro acto de amor, y el Dios Padre se complació en todo lo que salió de sus manos providentes, y lo puso a disposición del hombre, su criatura más perfecta, la hechura de su imagen divina, semejante a Él en el espíritu, dotado de libertad y de todas las potencias que adornan su alma inmortal, y para quien plantó un jardín de delicias en Edén.
Pero después, el hombre desobedeció a su Creador, y con el primer pecado esa armonía se quebrantó. Adán y Eva fueron expulsados del Paraíso. Ángeles querubines custodiaron el árbol de la vida con espadas de fuego para que no lo hollara el hombre, y el género humano quedó sometido a la servidumbre del trabajo, del sufrimiento y de la muerte. Bajo el imperio del pecado, rota la alianza con Dios, la humanidad se corrompió, y el Señor, pesaroso de haberla creado, la diezmó con el diluvio, y en Babel confundió sus lenguas y la dispersó sobre la faz de la tierra. Un Dios celoso y temible, que promete a Abrahán una descendencia gloriosa y una Nueva Alianza, sujeta a los hombres a la ley del Sinaí, y los conduce con mano firme a través de los siglos.
¿Y el amor? El amor verdadero, el que nunca perece, el que nace de Dios, permanecía agazapado y expectante en el corazón de los justos, se atesoraba como una gema preciosa escondida en el alma de los que esperaban tu venida gloriosa. Pero entonces aún era el tiempo de las pruebas más duras, de la obediencia ciega y sumisa, del santo temor de Dios, que es un don del espíritu. Y el amor que quedaba para el hombre, se escribió por Moisés en la Torá como un mandato irrevocable, y era un clamor de esperanza que se elevaba desde la tierra: ”Amarás a Yahvé tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas” (Dt 6,5). Era el corazón del hombre el que lo impulsaba hacia lo alto, como una súplica dolorida del amor primero, como una oración que debía purificarse camino de los cielos, era en definitiva, el amor sumiso de la criatura a su Creador.
Y el pueblo de Dios, que esperaba anhelante una luz en la noche oscura de los tiempos, escuchó gozoso el mensaje de la Buena Nueva. Se anuncia la noticia de la ternura del Señor con el hombre, porque el amor coeterno del Padre y el Hijo, quiere bajar a la tierra en alas del Espíritu: “Como pastor pastorea su rebaño; recoge en brazos los corderitos, los lleva en su regazo…” (Jr 40,11) Es el Cristo que llega, el Hijo del hombre que baja entre las nubes del cielo, es Jesús, el Mesías, el Salvador, el hijo de María, la mujer de nuestra estirpe que aplastará la cabeza de la serpiente, y que nos entregará a un Dios niño que rebosa de amor en su seno virginal. Ya se alumbra la era que nos trae al “hombre nuevo”, al hombre amado por Dios que es capaz de merecer la gloria, al hombre que adquirirá para siempre la filiación divina, que es hijo y no siervo. Por eso el profeta entona los mejores versos y su canto resuena con alegría desbordante: “Que hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz…” (Is 52,7).

palabras con sabor de eternidad

¿Y cómo es ese amor? Está ante nosotros y no podemos ignorarlo. La imagen del amor es el mismo Cristo crucificado. El que subió al Calvario en soledad, el que fue levantado en aquel páramo de ignominia y de dolor. Y cuando luego la tierra tembló, también se fueron de allí los que pasaban y lo miraban, los que le habían condenado en el Sanedrín de los judíos, los soldados de Pilato que lo clavaron en la cruz, y los fariseos que le hacían burla mientras agonizaba. Sólo quedaron junto a Jesús, María, su madre, Juan, el discípulo amado, y algunas mujeres. El que colgaba del madero era el Hijo de Dios, y los que permanecían con Él lo sabían. Murió perdonando a los que le crucificaron, cumplió todos los anuncios que realizó de parte del Padre y, en medio de su suplicio, nos explicó la forma de amar que acababa de proponer a los suyos.
Pero aquella misma cruz que era símbolo de condenación y de muerte, fue para todos  “un árbol de la vida”, un signo palpable del misterio de la ansiada inmortalidad del hombre redimido por Cristo, y del fruto de ese árbol, entonces prohibido para los que no habían de conocer la muerte en el paraíso terrenal, ya se puede comer en el banquete eucarístico. Por eso, los ángeles querubines que lo custodiaban en Edén para que no lo tocara el hombre, ya han envainado las espadas flamígeras que encendió la ira de Dios por el pecado de nuestros padres, y nos invitan a acercarnos a Él.
Así, lo que parecía el fin, fue el principio de todo. Cristo nos redimió del pecado que nos apartaba del amor de Dios, y reconstruyó los puentes entre el Creador y las criaturas. Nos hizo hermanos suyos e hijos del Padre, tal como se proclama en la oración que nos enseñó. Pero antes, fue necesario que la semilla muriera en la tierra para que diera fruto abundante. Y la muerte, el último enemigo que debía ser derrotado, también fue vencida. ¡Si Cristo no hubiera resucitado, sería vana nuestra esperanza!, nos grita el apóstol Pablo.
Ahora Jesús está junto a nosotros y nos indica el camino: “Si alguno me ama guardará mi palabra…” (Jn 14,23). Por ella se hizo el mundo y Jesús es el Verbo encarnado, la palabra hecha Vida que lo fecunda con la verdad y la esperanza. Palabras preciosas, de un valor infinito, que están escritas para siempre en el libro de la Sabiduría; palabras con sabor de eternidad: “Señor, ¿a quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68), le dijo Pedro, animado por el Espíritu. Y lo que dijo el apóstol por su boca, lo refrendó Jesús como sólo podía hacerlo el mismo Dios: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Lc 21,33). Así, las palabras de Jesús, son la llave que nos abre el portillo del Amor con mayúsculas, la única senda que nos conducirá en derechura al Reino de los Cielos, porque “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14.6), dice Jesús a Tomás, el discípulo incrédulo, para que ya nadie pueda equivocarse a la hora de elegirlo a Él como Pastor divino.

el camino más excelente

Señor Jesús, mi oración quiere también hoy llenarse de esperanza. Dice Pablo que el amor edifica interiormente todo el amor, y que “si alguien ama a Dios, ese tal es conocido por él” (1Co 8,3), porque aunque Dios no necesita que le correspondamos para amarnos sin medida, se complace y se recrea en todas las manifestaciones del amor que damos a los demás, y nos identifica como amigos suyos.
Así el amor se manifiesta como la virtud teologal más excelsa y presupuesto de todas ellas, pues la fe y la esperanza serán ya inútiles en la presencia de Dios, cuando aquella, la fe, esté cumplida en la contemplación divina y se ofrezca a nuestros ojos del cielo lo que no se podía ver en la tierra; y, a su vez, ésta, la esperanza, ya será vana al estar realizados y cumplidos todos los anhelos del alma, que reposará feliz en los brazos amorosos del Padre. Pero la virtud del amor, cuando ya estén consumadas la fe y la esperanza, seguirá fluyendo inagotables en la felicidad eterna de la gloria, en la relación inefable del Dios Trino con las almas que blanquearon sus vestiduras en la sangre del Cordero.
De esta preeminencia del amor nos da cuenta el apóstol Pablo, que lo señala como “el camino más excelente” (1Co 12,31). Más que todas “las lenguas de los hombres y de los ángeles”, exclama convencido, superior al “don de profecía”, y al conocimiento de “todos los misterios y de toda la ciencia”, dice admirado, y la sobrepone a la misma sabiduría que imploró de Dios el rey Salomón. Ni la fe supera a la caridad del amor, sentencia Pablo, pues aunque se poseyera “una fe capaz de trasladar montañas”, o se fuera tan generoso como para “repartir todos los bienes” a los demás, e incluso, si llegara a “entregar el cuerpo a las llamas”, con ansias de la espiritualidad más acendrada, nada serías a pesar de todo, concluye el apóstol, nada te aprovecharía, si no tuvieras amor.
Y prosigue: “La caridad es paciente y bondadosa; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa ni orgullosa; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta” (1Co 13,1-7).
Así el amor que bajó del cielo, es entregado en el corazón del hombre como la virtud más excelsa, y sube de nuevo hasta Dios en alas de la caridad, que es el amor que se da a los otros mediante las obras de piedad y de misericordia. Y es así como podremos escuchar estas consoladoras palabras del Rey de la gloria: “Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era forastero y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, en la cárcel y acudisteis a mí” (Mt 25,34-36).
Y ya conocemos la respuesta del Señor a nuestra pregunta, de cuando hicimos todas esas cosas que tanto le complacen. Él nos dirá: “Os aseguro que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos más pequeños, a mí me lo hicisteis”.

En realidad esta concepción «bastante popular» está no poco lejos de la verdad. Por supuesto que, si hablamos de mística y de los místicos, hay que hacer referencia a lo esencial, que es la unión del hombre con Dios, el encuentro de una existencia con el Existente. Precisamente porque la contemplación de su Misterio es don, tenemos que, en primer lugar, apuntar al Dador con muchísima más propiedad que a los esfuerzos de la persona.
En este sentido aclaro que para Dios todo creyente es un místico por el hecho de tejer una fidelidad en su alma. Con esto quiero decir que los creyentes en Dios son hombres y mujeres que confían tanto en su Voz, en su Palabra, que han aprendido a descansar en Él. Son personas para quienes su intimidad con Él significa saborearlo; sí, así como suena: saborear su Palabra, saciarse de su Rostro, haciendo suya la esperanza del salmista (ver Sal 17,15).
La primera condición para llegar a saborear el Misterio consiste en plantar nuestra tienda junto a Él. Para ello cada cual ha de buscar con constancia y sin desmayo hasta encontrar su lugar de arraigo en Dios. Es lo que se llama vivir a su lado, ante la Presencia. Es un lugar que no tiene que ser inventado, ni siquiera proyectado, tan solo descubierto, pues de hecho ya lo tenemos preparado y dispuesto.
Este nuestro lugar junto a Dios es, por una parte, el espacio, el hábitat natural de todo creyente, el recinto sagrado en cuyo interior nace y crece la mística en estado puro, tal como es, en su simplicidad; lo que quiere decir, desprovista de todo accesorio o invención que obstaculiza el contacto con el Absoluto. Este espacio es también figura del definitivo lugar junto a Dios que nos ha preparado nuestro Señor Jesucristo como fruto de su muerte y resurrección (ver Jn 14,2-3).
Todo aquel que tiene el oído tendido hacia la Voz es un buscador de Dios; y mucho sabe de esto la esposa del Cantar de los Cantares. Ha saboreado a Dios, a su Amado. Este su querer la lleva a marcar la diferencia con respecto a otros amores y a otras voces, que en la espiritualidad bíblica vienen a ser lo mismo. De ahí su súplica, todo un grito, un gemido, que le sale del alma: ¡Déjame oír tu voz! (ver Ct 8,13b). Ha buscado con tanto afán al Amado de su alma —llegando incluso a atravesar las murallas de la ciudad (ver Ct 5,6-7)— que podríamos traducir así estas sus súplicas: ¡Déjame oír tu Voz, necesito extender sobre ella todo el peso de mi alma!
¡No me abandones en esta soledad de muerte! En realidad, la voz de su Esposo la ha dejado tan herida de amor que, desde el límite de sus fuerzas, da a luz sus anhelos más profundos: ¡Déjame verte! ¡Quiero saber de ti! ¡Dame de tu fuego…, habítame! Esta mi alma es tu casa, tu heredad, como bien te lo hizo saber mi padre Moisés (ver Ex 34,9). ¡Toma posesión de ella, habítala, habítame! ¡Ven a mí, Dios mío!
Dios desciende, se encarna y se ofrece a habitar, junto con el Padre, en todo aquel que acoge su voz. También es cierto que sólo el que considera fiable la Voz, la acoge, y sobre ella se recoge como cobijándose. A éstos que así aman su voz, Jesús les concede lo que nuestros místicos llamarán más tarde «la inhabitación de Dios en el alma». Jesús lo formuló así y como promesa: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra —mi Voz—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él» (Jn 14,23).
Padres y madres en la fe
Este ser habitado por Dios tal y como Él mismo lo expresa y promete es la mística en su dimensión real y total. A la luz de todo esto, podemos entender que algunos fenómenos que acompañan a los místicos, como éxtasis, voces internas, levitaciones, etc., pueden verdaderamente venir de Dios, mas no por ello definen la mística ni son esenciales a ella.
Los místicos son seres humanos que, por la Voz-Palabra a quien han dado hospedaje, Dios les ha hecho confidentes de sus secretos, les ha abierto su intimidad. Es una relación de amantes o, si se prefiere, de amigos, como nos dice la Escritura con respecto a Moisés: «Yahvéh hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo» (Ex 33,11). Es la amistad que alcanza su plenitud con Jesucristo, quien llama amigos a sus discípulos porque los hace partícipes de la Voz que Él mismo oye del Padre: «No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer» (Jn 15,15).
Partícipes, por el Hijo, de la voz del Padre, los discípulos extienden por el mundo  las semillas que ponen al hombre en contacto con Dios. Dicho esto, lanzamos la pregunta: ¿Hay mayor mística que esta de vivir abrazando en el alma la Palabra, acariciando el Misterio?
Todo aquel que vive en esta tensión tan fascinante como liberadora por acariciar su cercanía con Dios, quien a su vez se ha hecho Emmanuel —Dios con nosotros, con él—, se sabe siempre en camino. Sin embargo, al tiempo que es consciente de que no ha llegado al final, también lo es de que está en la fase de crecimiento, a la que le ha llevado su fidelidad a Dios que es quien le impulsa a continuar su andadura, como nos dice Pablo (ver Flp 3,12-15). En cada etapa se sabe vencedor, acreedor de la corona de la vida (ver 2Tm 4,8), que no es otra que la explosión cósmica de su existencia en Dios.
Explosión que viene precedida por lo que podríamos llamar una antífona de entrada, robada —la comunión de los santos nos lo permite— del corazón místico del salmista: «¡Señor Dios mío, cuánto amo la belleza de tu Casa!» (Sal 26,8a).
Es necesario hacer referencia a los místicos del pueblo santo de Dios, a los numerosos hombres y mujeres israelitas que nos han enriquecido a lo largo de los tiempos con la insondable riqueza que Dios sembró en sus almas. Todos ellos y ellas son una gran e inapreciable bendición de Dios para el mundo entero. No fueron hombres y mujeres especiales, no llevaron un patrón de vida diferente al de su pueblo. Unos fueron reyes, otros pastores; unos ancianos, otros apenas unos muchachos. Hombres y mujeres de distinto rango y formación. Todos tuvieron, no obstante, algo en común: dejaron que Dios excavara en lo íntimo de su ser hasta hacer brotar su propio y personal pozo de aguas vivas, con las que saciaron la sed de eternidad de su pueblo y de los pueblos todos (ver Si 23,34).

buenanueva26 Jesús-Horacio-Vázquez
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