En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Como sucedió en los días de Noé, así será también en los días del Hijo del hombre: comían, bebían y se casaban, hasta el día que Noé entró en el arca; entonces llegó el diluvio y acabó con todos. Lo mismo sucedió en tiempos de Lot: comían, bebían, compraban, vendían, sembraban, construían; pero el día que Lot salió de Sodoma, llovió fuego y azufre del cielo y acabó con todos. Así sucederá el día que se manifieste el Hijo del hombre. Aquel día, si uno está en la azotea y tiene sus cosas en casa, que no baje por ellas; si uno está en el campo, que no vuelva. Acordaos de la mujer de Lot. El que pretenda guardarse su vida la perderá; y el que la pierda la recobrará. Os digo esto: aquella noche estarán dos en una cama: a uno se lo llevarán y al otro lo dejarán; estarán dos moliendo juntas: a una se la llevarán y a la otra la dejarán.»
Ellos le preguntaron: «¿Dónde, Señor?»
Él contestó: «Donde se reúnen los buitres, allí está el cuerpo.»
Los pasajes evangélicos que adelantan acontecimientos escatológicos, son siempre oscuros, y difíciles de interpretar para nuestra mentalidad de hoy. Queda sin embargo suficientemente claro esa incapacidad nuestra para conocer el día y la hora de la segunda venida del Mesías, aquél día en que todos vivos y muertos serán juzgados. Nos dice Jesús que no nos movamos de nuestro sitio, con lo que parece predecir catástrofes, puesto que hace mención de la mujer de Lot en la destrucción de Sodoma.
Por primera vez en el Apocalipsis conocemos estas profecías sobre el final. Después, desde el siglo Xl, y probablemente las hubo antes, hasta nuestros días hay constancia escrita de cuarenta y tantas profecías comunicadas a monjas frailes e incluso papas; entre ellas figuran las recibidas por santos como san Juan Bosco, san Juan Bautista Vianey, san Vicente Ferrer , Lucía de Fátima y otros venerables y beatos. Todos vaticinan momentos horribles de la venganza de Dios ante una humanidad degradada y alejada de Él. Las descirpciones de alguna de ellas son verdaderamente terroríficas, pero no se trata de asustar sino de prevenir.
Es necesario lanzarse a comunicar a tiempo y a destiempo, que existe una campaña del mal que tiene sus tiempos medidos y con siniestras estrategias, se infiltra sinuosamente en todos los aspectos de la vida humana, tanto privada como social. Vimos los desastres del siglo XX con las ideologías nacionalistas totalitarias y ateas.
Entra en la sexualidad, en la familia, en la política, en el arte. Sé que cuando se expresa la existencia de esta fuerza del mal inteligente y bien programada, los oyentes lo consideran demencial, pesimista, exagerado , otros se asustan y confiesan no querer saber nada de estas “teorías”.
Antes de que sea demasiado tarde tenemos que actuar. No podemos quedarnos impávidos ante el claro intento de destruir la pareja humana con la siniestra ideología de género; la excesiva actividad de los grupos con anomalías sexuales; la presentación del aborto como un derecho; la pasiva aceptación de las roturas de los matrimonios; la presencia de algunas técnicas reproductivas; la eutanasia y la eugenesia ganando adeptos entre los cristianos; la peligrosa proliferación de sectas gnósticas y creencias como “la nueva era”, con sus melífluas esquirlas de espiritualidad, que admitimos blandamente.
Y siempre el dinero como fin único para conseguir el poder, el placer y el lujo máximos, que extiende sus ramas corrompiendo y prostituyendo la escala de valores. morales, sociales y políticos. Cuando llega la desgracia, la enfermedad, la muerte, encuentra a la persona sola y sin fortaleza para superarlo.
El evangelio de hoy nos advierte de que, puesto que “no conocemos el día ni la hora” debemos estar preparados, como las vírgenes prudentes, con nuestras lámparas encendidas, y el aceite necesario y previsor, dispuestas a iluminar nuestro camino y el de los demás.
Es una batalla contra el viejo y sabio señor de la mentira: el diablo, que conoce muy bien cómo hacerlo todo atractivo; lo impone con argumentos de tolerancia y respeto, lo recubre con una blanca capa de beneficio y bondad, lo adorna con lucecitas y colores, pero su fin último es destruir al hombre alejándolo de Dios, porque envidia la promesa, que Jesús nos ha hecho, de sosiego final y felicidad eterna en la contemplación del Amor. Lucas (17,26-37)

6 comentarios
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