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Evangelio

“Dame ahora, la cabeza de Juan el Bautista”

By Francisco Jiménez Ambel2 de agosto de 2025No hay comentarios5 Mins de lectura
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En aquel tempo, oyó el tetrarca Herodes lo que se contaba de Jesús y dijo a sus cortesanos: “Ese es Juan el Bautista, que ha resucitado de entre los muertos, y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él”.

Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado, por motivo de Herodías, mujer de su hermano Filipo; porque Juan le decía que no le era lícito vivir con ella. Quería mandarlo matar, pero tuvo miedo de la gente, que lo tenía por profeta.

El día del cumpleaños de Herodes, la hija de Herodías danzó delante de todos y le gustó tanto a Herodes, que juró darle lo que pidiera.

Ella, instigada por su madre, le dijo: “Dame ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista”

El rey lo sintió, pero, por el juramento y los invitados, ordenó que se la dieran, y mandó decapitar a Juan en la cárcel.

Trajeron la cabeza en una bandeja, se la entregaron a la joven y ella se la llevó a su madre.

Sus discípulos recogieron el cadáver, lo enterraron, y fueron a contárselo a Jesús (San Mateo 14, 1-12).

COMENTARIO

No pretendo glosar la figura de Juan el Bautista, ni los mucho menos agotar su significado. Sugiero traer a primer pano a sus discípulos, que también aparecen en otros pasajes, especialmente cuando vienen a interrogar directamente a Jesús acerca de sí mismo (Mt 11, 2 ss; Lc 7 18 ss ), cuando reciben la señalización de Jesús como el Cordero de la propiciación, y cuando atienden la llamada del Señor a seguirlo (Juan Y Andrés; vid. Jn 1, 35 ss); y mirar al propio Herodes, a quienes los judíos (también los actuales) tienen en elevadísimo concepto.

Vemos que el evangelista comienza con la “confusión mental” de Herodes, que no sabe a qué atenerse. Oye hablar de los prodigios de Jesús pero a él, mejor que a nadie, le consta que el último profeta, El Bautista, lo había decapitado él.

De alguna manera Herodes, hace  suo modo una singular profesión de fe; al menos cree en la resurrección de los muertos (en la que no creían los saduceos ni la élite del Templo), por cuanto atribuye  – necesariamente – a la resurrección de Juan, los milagros y prodigios, hechos por Jesús, de que tiene noticia. Resulta enigmática la expresión “fuerzas milagrosas” que a su entender se habrían de haber traspasado del Precursor hasta Jesús. Ello implica que su aprecio por El Bautista iba más lejos de reconocerle el arrojo de decirle a la cara la verdad de su vida adulterina. También sospecha, o se teme, que haber eliminado al mensajero no aplasta la verdad. Si la resurrección existe, la muerte no soluciona nada. Su ostentada violencia no le aprovecha. Esto es inquietante.

Herodes había aplicado una cierta gradualidad o proporcionalidad en la gestión de su asunto. Como resultaba ser un incordio, porque Juan siendo todo un profeta se enfrentaba al poder real, lo apresa y lo quita de en medio; en la cárcel estará callado, y lo dejará en paz.

Puede que así Herodes se aplacara, pero no Herodías. Esta no podía descansar mientras la denuncia de El Bautista flotara en el ambiente, y el pueblo lo supiera.

La hija de Herodías (no sabemos si sobrina de Herodes) cautivó al rey, hasta el extremo de arrancarle una promesa desmesurada, tan amplia y desconcertante que pidió consejo a su madre. Esta no dudó; en su cabeza no había mas que una obsesión, eliminar a su osado denunciante, aunque ahora estuviera aherrojado en una mazmorra.

La ejecución tiene propiedades especiales, es, por ello, comprensible la popular y multiforme iconografía de la cabeza ofrecida en bandeja.  1; No basta la cárcel. 2; Hay que ejecutarlo. 3; Tiene que ser “ahora” inmediatamente, en caliente, antes de que al rey le flaquee su compromiso. 4; Y tiene que ser exhibida, para que la publicidad anegue la denuncia. 5; La muerte no puede ser aparente; la decapitación será la evidencia irreversible.

Efectivamente la sagacidad de Herodías estaba justificada; el rey, a regañadientes, “por el juramento y los testigos” accedió, aunque estimaba a El Bautista.

Los discípulos de Juan, pre configurando a José de Arimatea, a quien citan los cuatro evangelistas (Lc 23, 50 ss; Mt 27, 57 ss; Mc 15, 42 ss; Jn 19, 38 ss), tuvieron la piedad de darle sepultura. ¡Que elocuente humanidad es enterrar a los muertos! Pero más importante fue, y es lo que querría subrayar ahora, es el hecho de que se fueron a decírselo a Jesús.

Esto significaba, para Jesús, que había llegado su hora, el relevo. Ya no hay mas profetas, y los mártires esperarán hasta su resurrección. Esa que “ensueña y teme” Herodes.

Juan había culminado su vida, entregada por defender la Ley y denunciar los pecados. Ahora es el tiempo del Cristo, del Hijo de Dios. De hecho algunos discípulos de Juan, serían después discípulos y apóstoles de Jesús. La trabazón es fortísima. No se dirigieron a la numerosa comunidad de sus seguidores, ni se aplicaron a organizar la venganza. Sabían muy bien a quien debían comunicarlo.“Fueron a contárselo a Jesús“ Es que ya no tenían que esperar a otro, respondiendo al interrogante cursado desde la cárcel por Juan, mediante sus discípulos, a Jesús. Por su parte Jesús ya había reconocido la señal en el Bautista. “¿Qué salisteis a ver en el desierto?” (Lc 7, 24).

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