En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Os echarán mano, os perseguirán, entregándoos a las sinagogas y a las cárceles, y haciéndoos comparecer ante reyes y gobernadores, por causa de mi nombre. Esto os servirá de ocasión para dar testimonio.
Por ello, meteos bien en la cabeza que no tenéis que preparar vuestra defensa, porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro.
Y hasta vuestros padres, y parientes, y hermanos, y amigos os entregarán, y matarán a algunos de vosotros, y todos os odiarán a causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza perecerá; con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas» (San Lucas 21, 12-19).
COMENTARIO
Comenzaré por el final: “Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas” dice Jesús. La perseverancia, es un conjunto de constancia, paciencia y fortaleza, sostenido por la fe, y asegurado por lo que el discernimiento eligió como mejor, lo justo, lo bueno, frente a las dudas y problemas. La palabra de Cristo da certeza intelectual y espiritual de estar en el camino de la verdad, pero son necesarias constancia y paciencia en la adversidad e incluso el martirio, con la absoluta esperanza de una Vida futura superior de felicidad impensable.
Santo Tomás de Aquino en la “Sunma,” Teresa de Jesús, tantas veces y en su famosa letrilla, y san Agustín en sus sermones, insisten en esta virtud de la paciencia: no renegar, no traicionar las propias creencias, permanecer “con serenidad y buen ánimo”. Al fin será la Fortaleza, prometida por el Espíritu Santo en sus dones, la que hace resistir y vencer.
El pasaje, que hoy nos presenta la liturgia, sigue al anuncio de la destrucción del templo y el posterior comienzo de las tribulaciones y persecuciones por causa del Evangelio. ¡Qué difícil momento!, cómo nos asusta antes de estar expuestos a ello.
No sabemos a qué momento de la Historia se refiere Jesús, porque toda ella está salpicada, en distintos momentos y naciones, de horribles persecuciones desde la de la propia Roma, tan cercana al tiempo en que se produce el vaticinio, hasta nuestros días. Estas situaciones parecen dispuestas por Dios, para que sus seguidores tengan ocasión de dar testimonio, ante una sociedad, que se presenta como enemiga del mensaje cristiano, ya que continúa describiendo generalizado este odio en las propias familias y amigos de los condenados.
“Y todos os odiarán a causa de mi nombre.” De momento considerémonos unos privilegiados. Tenemos una confortable tolerancia para nuestra fe y costumbres cristianas, que nos permiten elegir cómodamente, una demasiado relajada vida religiosa, olvidados de que existen martirios y persecución y por tanto mártires cristianos perseverantes, que están dando testimonio de su fe en otros países y culturas.
Es consolador el párrafo en que el Señor insiste –“meteos bien en la cabeza”- que el Espíritu Santo pondrá en boca de los perseguidos las palabras de la defensa; garantizando así, con el lenguaje de la Sabiduría, la mejor respuesta a la condena.
Quizá si, en los ataques y discusiones, evitase el creyente toda agresividad, quedar por encima, menospreciar al oponente, lucir la inteligencia en la agilidad de los argumentos, y se pidiera ayuda al Santo Espíritu, con humildad, dejándole actuar, Él estaría presente en las defensas de la fe ante los que hoy la atacan desde el ateísmo o el extendido agnosticismo tan de moda.
