En aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano» (San Lucas 6, 39-42).
COMENTARIO
“Dijo Jesús a sus discípulos una parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.
El Señor está preparando a sus discípulos, y con ellos también a los apóstoles, para el momento en que Él deje la tierra y sean ellos los que tengan que transmitir a todos los hombres de todas las civilizaciones y tiempos, el mensaje que Cristo ha venido a traer a la tierra: que Dios se ha encarnado, se ha hecho hombre para morir por nosotros en la Cruz, y abrirnos así el camino de la felicidad eterna.
Para llevar a cabo esta misión y redimir el pecado, les ha dejado el testimonio vivo de su Vida, Pasión, Muerte y Resurrección; y el testimonio de sus palabras, de sus enseñanzas, para que podamos seguir sus pasos durante toda nuestra vida, y vivir con Él y en Él, la vida eterna.
Les está diciendo que han de abrir bien su inteligencia y su corazón para recibir sus enseñanzas, y poder después transmitirlas, siendo conscientes que las palabras del Señor son “Palabras de Vida Eterna”. Palabras que son y serán actuales en todos los tiempos y en todas las culturas y civilizaciones que el hombre pueda llegar a sembrar en la tierra.
“No está el discípulo por encima del maestro; todo aquel que esté bien instruido podrá ser como su maestro”.
De las palabras de Cristo, del mensaje de Cristo y de su propia vida, no caben interpretaciones personales alejadas de la enseñanza de la Iglesia, de la tradición de la Iglesia transmitida a lo largo de los siglos bajo la inspiración del Espíritu Santo.
La alegría de san Pedro, de san Juan, de san Pablo y de todos los apóstoles ha sido siempre hacerse eco de las enseñanzas de Jesús. Las palabras con las que transmiten las decisiones del primer concilio, el Concilio de Jerusalén, son una enseñanza que la Iglesia ha vivido desde entonces, y seguirá viviendo hasta el fin de los tiempos: “Porque hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros no imponeros más cargas que las necesarias: abstenerse de lo sacrificado a los ídolos, de la sangre, de los animales estrangulados y de la fornicación. Obraréis bien al guardaros de estas cosas”.
Para ayudarles a tomar decisiones bajo la inspiración del Espíritu Santo, Jesús les recomienda, y a nosotros con ellos:
“¿Por qué te fijas en la mota del ojo de tu hermano y no reparas en la viga que hay en tu propio ojo?”
Cuando alguien pretende cambiar las enseñanzas tradicionales de la Iglesia en la Fe, en la Moral, en las costumbres, queriendo acudir así a las “necesidades del siglo” y de hacer esas enseñanzas más conformes “al espíritu del siglo”, está cayendo en la trampa, en la tentación, de no ver “la viga” en su propio ojo. O, si la ven, no quieren arrancarla.
Las palabras que emplea el Señor para que se corrijan son muy claras:
“¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces veras claro para sacar la mota del ojo de tu hermano”.
¿Qué “viga” está en los ojos de muchos que quieren “reformar”, “modernizar”, “reinventar” la Iglesia? Y así, ¿transformarla en una organización que acoja a “todos, todos” sin invitarles a bautizarse y convertirse en hijos de Dios en Cristo Jesús?
La “viga” de la “falsa misericordia” que les lleva a no hablar nunca del pecado, ni del arrepentimiento, ni de la petición de perdón, ni del juicio, ni del cielo ni del infierno. La “viga” de la “falsa misericordia” que, al quitar sentido a la venida de Cristo, Dios y hombre verdadero, a la tierra para redimir del pecado, “hacerse pecado”, y dar su vida para que podamos ser “justicia ante Dios” (cfr. 2 Cor, 5, 21), lleva a considerar la Iglesia Una, Santa, católica y Apostólica, fundada por Cristo y sobre la roca que es el mismo Cristo, como una “religión” más.
La Virgen Santísima, en su ser Madre de la Iglesia, llenará nuestro corazón de un amor sincero a la única Iglesia de Cristo, y nos invitará a lanzarnos a convertir el mundo, como hicieron los primeros cristianos, con el testimonio de nuestras palabras, enseñando las verdades de la Fe y la Moral que se han vivido siempre en la Iglesia; y dando testimonio con nuestra vida de que está al alcance de todos vivir con Cristo todos los Mandamientos, las Bienaventuranzas, los Mandamientos de la Iglesia, que nos abren el camino para la Vida Eterna.
