En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo: «Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo» (San Mateo 5, 1-12ª).
COMENTARIO
En este evangelio correspondiente a la festividad de todos los Santos llama la atención el hecho de que estas palabras no las dirige Jesús a una persona en particular, o a sus discípulos, ni siquiera a un grupo; predica desde lo alto del monte a una muchedumbre, es decir: ¡a todos!; y a través de estos, a todos nosotros.
Es uno de los textos más significativos para todos aquellos que queremos seguir a Jesús; es como “la carta magna” un testamento que nos ayuda en nuestro caminar hacia el reino de Dios. Es un contrato que Dios hace con nosotros como si se tratara de un contrato de esponsales.
La palabra de este día está llena de contrastes. Lo que vale en el mundo es el éxito, la riqueza, el poder, el disfrute de todo lo material, la comodidad… ¿Quién triunfa practicando la misericordia, defendiendo la justicia, trabajando por la paz, aceptando la persecución por Jesucristo? Y sin embargo a todos ellos se refiere Jesús como “bienaventurados”.
Con estas palabras, el Señor nos marca el camino hacia la verdadera felicidad, que no es otro que el desprendimiento de todo lo que nos ata y la atención a las necesidades de los demás, el trabajo por el evangelio. Pero esto no lo podemos lograr solos, en nuestras fuerzas, sino gracias a la ayuda del Espíritu Santo.
En el antiguo testamento, el pueblo de Israel se guiaba por los mandamientos que Dios entregó a Moisés en el Sinaí, la ley: las prohibiciones. Jesús concreta esta alianza en otro monte, el de las Bienaventuranzas y en positivo; con el amor con mayúsculas porque proviene de la unión con Dios.
En esta fiesta de todos los Santos conmemoramos a todos aquellos que vivieron esta fidelidad de las bienaventuranzas; ellos han vivido la fe, la esperanza y la caridad que se concretan en ellas, y por eso son un modelo para la Iglesia.
Este camino no está libre de dificultades, pero se nos anima a la humildad, la paciencia, a la compasión y al amor a los demás como dones que provienen del Espíritu Santo.
