En aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos: “No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que, de fruto bueno, por ello cada árbol se conoce por su fruto, porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de las espinas. El que es bueno de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo de la maldad saca el mal, porque lo que rebosa del corazón lo habla la boca. Por qué me llamáis “¿Señor, Señor?” y ¿no hacéis lo que digo? Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, os voy a decir a quien se parece: se parece a uno que edificó una casa; cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida. El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimientos; arremetió contra ella el río, y enseguida se desplomó derribándose, y fue grande la ruina de aquella casa” (San Lucas 6, 23-49).
COMENTARIO
Esta vez Jesús nos pide razonadamente que seamos consecuentes, es decir, que atemperemos nuestros pensamientos y deseos en materia de fe con nuestra actuación en la vida. Y esta vez se dirige a los que le siguen y escuchan su voz, y que luego, claman y le invocan “Señor, Señor”, implorando su misericordia, pero que frente a los demás, sacan el mal de su corazón, murmuran y son inmisericordes. El silogismo que nos propone Jesús es sencillo cuando nos pone en relación con la naturaleza que nos rodea, pues “no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos”, así nuestro corazón, pues de la bondad que atesoremos en él sacaremos toda clase de bienes para los demás, y si escuchamos a Jesús, que es la fuente más pura del amor, y ponemos en práctica sus palabras, seremos jornaleros fieles de la viña que el vino a plantar en nuestros corazones.
