En aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo: «Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños. Si, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (San Mateo 11, 25 – 27).
COMENTARIO
Vivimos en una sociedad científica, culta, postmoderna, que cree saberlo todo acerca del hombre: la medicina, la psicología, la sociología, el porqué de los conflictos humanos, sean interiores o interpersonales. Y, sin embargo, los intelectuales más sabios ignoran lo más importante de la persona: el origen y el destino del hombre, el sentido de aquellos acontecimientos que nos desbordan, como las catástrofes, las guerras, las pandemias; el misterio que acompaña a todo sufrimiento humano. Dicho misterio conecta necesariamente con aquel otro fundamental, que el hombre, en la cumbre de su orgullo, ha decidido ignorar: el misterio de Dios.
Este misterio ha sido revelado a la humanidad en la persona misma de Cristo. En Él descubrimos el sentido último de la vida y de la muerte, en Ël conocemos cuál es nuestro destino y podemos encontrar la respuesta a todas esas preguntas que el hombre, en sinceridad, se hace a sí mismo, y no sabe contestar. En Él sabemos que Dios nos ha creado para amarnos y vivir eternamente como hijos suyos.
Por todo ello, el pasaje del Evangelio de hoy tiene plena actualidad: es Dios Padre quien ha ocultado a los sabios e inteligentes de este siglo el sentido de todo aquello que limita al ser humano, y la hace palpable su insuficiencia radical. Sólo se lo ha revelado a los pobres y pequeños que siguen a Jesús. Y el hecho mismo de creer en El, de haberle reconocido como el mismo Dios, es también una revelación, un regalo del Padre, que ha elegido para Sí lo que el mundo desprecia, lo que considera sin valor, inútil y desechable.
Dicha elección la ve Jesús plasmada en aquellos pocos que han creído en El: gente pobre, inculta, ignorante, pecadores llenos de miserias. Y lejos de lamentarse de este aparente fracaso de su misión, El exulta de gozo por esta decisión del Padre, que coincide plenamente con sus propios deseos; así lo vemos relatado en el texto paralelo de Lucas.
El Padre ha iluminado el alma de los discípulos para que conozcan que Jesús es el Hijo único. Y El. a su vez, les descubre quién y cómo es el Padre. Todo mediante la acción del Espíritu Santo en lo profundo de su corazón. Por eso este texto nos presenta la obra de la Santa Trinidad actuando en el interior del hombre, cada uno a su modo, pero en perfecta armonía, para llevarle a la salvación.
Por todo lo anterior podemos entender que, para el ser humano, no existe otra redención que la que le llega por la fe en Jesús. Y no hablo sólo de la salvación eterna, que puede llegarle por caminos que solamente Dios conoce, sino también de la que significa una existencia iluminada, abierta a la esperanza, liberada de la esclavitud al mal y del miedo al sufrimiento y a la muerte.
Sin Cristo nunca hubiéramos conocido cómo y hasta qué punto nos ama el Padre, siendo como somos, pecadores. Podríamos conocer todas las ciencias y la filosofía humana, pero ignoraríamos lo principal: quiénes somos, de dónde venimos, para qué estamos en el mundo. Y nuestra vida, nuestra existencia quedaría vacía de sentido, nuestro sufrimiento sería una pasión inútil, como lo es el de todos aquellos que no conocen a Dios o viven de espaldas a Él.
Por tanto, si durante la vida nos vemos a menudo pobres, indigentes, pecadores, podemos alegrarnos de ello, en sintonía con Jesús. Porque el Padre ha permitido que seamos así para revelar en nuestro corazón la salvación que nos trae su Hijo. Pues en el cristianismo no se trata de ser perfectos, sabios ni coherentes, sino de recibir con agradecimiento y gozo la misericordia divina, que nos ha mostrado Cristo al elegirnos para ser discípulos suyos.
